Mérida, Enero Domingo 29, 2023, 11:05 am

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La noción de los clásicos por Ricardo Gil Otaiza

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RICARDO GIL OTAIZA


Recuerdo que hace ya muchos años me encontraba defendiendo una de mis tesis doctorales, y cuando se abrió el tiempo para las preguntas por parte de los miembros del jurado, una de las doctoras, a quien no nombraré, pero que quiero y respeto mucho, me indicó que tenía una objeción qué hacerme. Como se comprenderá, a esas alturas de la defensa la descarga adrenérgica era inmensa y por dentro deseaba el cese de la tortura porque la presión era indescriptible. Por más que uno esté preparado para hacerle frente a un jurado, nunca se sabe por dónde llegarán los tiros, y he sido testigo de casos en los cuales al examinado se le han enredado los cables, y ha confundido la noche con el día, echando así por la borda todo lo alcanzado.

La doctora se puso los anteojos, hojeó rápidamente el empastado de la tesis y se fue hasta la bibliografía, revisó con calma los referentes, tomó pausa, y me dijo: “veo que hay varias referencias bibliográficas viejas, obsoletas, y en una tesis doctoral se supone que las obras trabajadas no deberán sobrepasar ciertos límites de tiempo en su edición”. Debo aceptar que el comentario me golpeó al instante, pero, tal como lo hizo ella, tomé aire y la respuesta llegó como salida de las profundidades de mi ser. “Es cierto, hay normas establecidas en algunas instituciones que señalan que los referentes bibliográficos no deberán sobrepasar tantos años. Sin embargo, ¿cómo dejar de lado los clásicos universales; cómo obviar obras que son únicas en su área; cómo dejar de lado a autores que a pesar del tiempo transcurrido siguen vigentes y cuya impronta y legado son imposibles de no señalar sin caer en la ignorancia? La doctora me miró con una espléndida sonrisa y me dijo satisfecha: “Esta es la respuesta que esperaba, lo felicito, es así como lo expresa. No tengo nada más qué señalar”.


No obstante, y como se ha de suponer, la pregunta de la doctora no era inocente e iba cargada con dinamita, y también era una suerte de dardo impregnado con curare, porque las ciencias y las humanidades tienen en su haber autores y obras insoslayables, que el paso del tiempo no ha logrado borrar de la memoria de la humanidad, y sin cuya presencia no se podría comprender el devenir y el pensamiento. Es más, los grandes hallazgos de la ciencia solo han sido posibles gracias a quienes antecedieron con sus trabajos, y que con su impronta pusieron los peldaños para alcanzar las más elevadas metas filosóficas y epistémicas. Un Albert Einstein y sus teorías fueron posibles gracias a anteriores genios como Galileo Galilei, Isaac Newton, Mach, Planck, Maxwell y Lorentz.

En las artes esto también es completamente válido, ya que los clásicos son los referentes que nos permiten avizorar nuevos derroteros. Los más renombrados novelistas y consagrados contemporáneos, han sido posibles gracias a Miguel Cervantes y su Don Quijote de La Mancha, precursor de la novela moderna. Un Gabriel García Márquez es inexplicable sin un William Faulkner, por ejemplo, que marcó su derrotero narrativo. Igual para Mario Vargas Llosa, aunándose las obras de autores como Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti, Gustave Flaubert, Edgar Allan Poe y Ernest Hemingway, entre otros.

Mucho se ha discutido desde el ángulo de la filosofía el porqué de los clásicos, y las visiones no dejan lugar a dudas: un clásico es una obra que “no envejece” porque sigue hablándole a las sucesivas generaciones, se arraiga tan profundamente en todos, que continúa siendo medular a pesar de los estragos del paso del tiempo. El clásico deja huella, queda tatuado en nosotros, se hace compañero de camino y prosigue su trasiego sin mayores inconvenientes, a pesar de los cambios “epocales” y de las nuevas visiones del mundo. Si bien puede ser superado, y es lógico que así sea, queda como sedimento sobre el cual se erigen otras propuestas y nociones del mundo.

El castellano de El Quijote es barroco, dista del que nosotros hablamos y nos cuesta comprender muchos de sus pasajes. No obstante, la esencialidad de la obra permanece y sigue interpelándonos como humanos, independientemente de nuestra cultura e intereses civilizatorios. Precisamente aquí es en donde radica la universalidad de una obra clásica: que tenga que ver con la pluridimensionalidad del ser, que no se quede en lo tribal y, si lo hace, que luego se proyecte para alcanzar diferentes cimas.

El Macondo de Cien años de soledad es una aldea perdida en el ardor de la Colombia profunda (la Aracataca natal del autor). Empero, se hace universal cuando quienes leemos desde distintos contextos, nos vemos en sus calles, sentimos su calor, nos asombran los “portentos” que reciben sus pobladores, con la ingenuidad de quienes reinventan su propio mundo de relaciones (la inocencia primigenia que se halla en cada uno de nosotros). En otras palabras: nos miramos en su espejo y nos identificamos con ello.

Considero que tenemos que volver a los clásicos, porque solo así podremos ampliar nuestra mirada y los horizontes. Desdeñarlos, amén de ser una enorme torpeza, nos hunde sin rubor en la medianía de quienes consideran que inventan el mundo desde sus acciones, desdeñando con ignorancia que estamos montados sobre los hombros de los gigantes del pasado, y que son ellos quienes con su legado nos hacen abrir los ojos frente a los permanentes milagros que nos entrega la vida.

rigilo99@gmail.com 





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