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¿POLÍTICAS DE BIENESTAR O DE ABANDONO? por Luis Loaiza Rincón

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LUIS LOAIZA RINCÓN


Hay reglas inexcusables cuando se ejerce el gobierno. Sobre este tema se reflexiona y se escribe sistemáticamente desde hace siglos y hay muy pocas novedades. De manera que no entender ni respetar esas reglas es una barbaridad que solo produce retroceso y destrucción. No se tiene tampoco que ser un genio, quien haya pasado por la administración pública sabe, por lo menos, que:

 

1.     En los regímenes democráticos lo normal es que la complejidad de intereses, valores y expectativas sociales se integren y articulen en estrategias de acción colectiva por medio de políticas públicas. Por tanto, las políticas públicas, más allá del hecho concreto, expresan el espíritu y funcionamiento de los fundamentos y mecanismos que animan al sistema democrático. En otras palabras, una política pública de naturaleza democrática se funda en mecanismos democráticos e institucionalizados.

 

2.     En democracia el peso de la opinión pública es fundamental para que un tema entre en agenda y termine atendido a través de una política pública.

 

3.     Hay situaciones en las que, independientemente de la opinión pública, se producen graves desencuentros entre los principales actores del proceso de definición, elaboración y puesta en marcha de las políticas públicas. Se trata de las diferencias que surgen entre política y administración.

 

4.     En situaciones de desencuentro entre la política y la administración, los funcionarios no tienen apoyo de sus superiores o de los ciudadanos. También ocurre lo contrario: los ciudadanos demandan algún tipo de política pública y no encuentra respuestas en ninguno de los niveles del gobierno. Cuando esto ocurre los ciudadanos hablan, generalmente, de “desgobierno”.

 

5.     Mantener al gobierno en el poder depende de su capacidad de concretar políticas públicas generadoras de legitimidad. El gobierno tiene la obligación de saber qué decidir, quién está habilitado para tomar las decisiones y cómo hacerlas efectivas. No gobernar, aunque también es una opción, no produce legitimidad.

 

6.     Toda acción de gobierno demanda responsabilidad pública, tanto si se actúa como si se deja de hacerlo. Pero sin legitimidad, el gobierno se erosiona y su poder termina compartido o en manos de actores distintos.

 

7.     El mandato soberano que tradicionalmente se recoge en la Constitución, aprobada democráticamente, está ligado a la construcción de bienestar, no de abandono. Es absurdo tener un gobierno que no gobierne.





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