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¿Quién dijo miedo? por Ricardo Gil Otaiza

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¿Quién dijo miedo? por Ricardo Gil Otaiza


Estamos sometidos a una incertidumbre como jamás la vivió el ser humano. Cada circunstancia nuestra quiebra las estructuras del ayer, como si un fuerte torbellino nos impulsara a más y más derroteros, sin posibilidad alguna de oponer nuestra voluntad. Hemos roto con el pasado de una manera drástica, y nos aprestamos a otear a cada instante nuevos horizontes sin mirar atrás.


Alguna vez leí en un libro del gran escritor y periodista israelí Amos Oz, que nuestros antepasados tenían muy claro en dónde habían nacido, en qué lugar vivirían siempre, qué trabajo desempeñarían, y hasta en dónde morirían. Se quejaba del desconcierto de las nuevas generaciones ante el futuro, y hacía un llamado a recomponer las piezas de nuestra existencia. Su pensamiento me dejó inquieto, y me impulsó a un sinnúmero de reflexiones. Constato, no sin asombro, que todo ello era el signo de los nuevos tiempos.

En el año 2000 el sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman formuló una interesante teoría, que denominó la Modernidad líquida, en la que analiza con pasmosa ironía a la sociedad contemporánea, y la contrapone con el pasado, para llegar a la conclusión de que hemos dicho adiós a la modernidad sólida, es decir, la que conocíamos, la que sustentaba nuestras vidas (familia, escuela, trabajo y sociedad); la que nos permitía marchar con certeza en la conquista de nuestro destino. Nada es predecible, todo es objeto de profundos cambios, que se dan de manera vertiginosa sin que apenas los notemos, y esos cambios nos arrastran a insospechados caminos.

Groso modo, como lo expresaban Oz y Bauman, la vida de nuestros antepasados seguía ciertos patrones, tales como casarse antes de cierta edad, trabajar en tal empresa o casa de empleos, hallar el acomodo existencial en un contexto determinado; seguir los derroteros de su familia y de su generación. Esto hoy ya no es posible, ya que fuerzas ajenas a nuestros anhelos y deseos, nos empujan a reinventarnos constantemente, a ver en el horizonte signos de interrogación que nos causan estrés y desasosiego.

Muchos llaman a esa Modernidad líquida como posmodernidad, lo que conlleva, necesariamente, un rompimiento con los viejos esquemas, una deconstrucción del gran edificio de la vida moderna, un enfrentarse a cada instante con el fantasma del miedo al futuro, que nos atosiga y enferma. Hoy, según esa lógica, todo es líquido: el amor, el trabajo, la familia, los amigos, y hasta nuestros propios sueños y metas personales.
 
En contraposición con la “solidez” del pasado, que nos mostraba un rostro familiar y aparentemente seguro, nuestro día a día es, sin más, un mero tránsito hacia lo desconocido, hacia una nada que vamos articulando según se nos vayan presentando las circunstancias. Esa liquidez, por llamarla de alguna manera, fluidifica el existir, lo lleva como un río que se pierde en ignotos parajes. Nada es lo que pensamos, todo está sujeto a la duda, y esa vorágine vital hace de nuestros pensamientos y de nuestras acciones, un vórtice enloquecedor, que nos empuja a insertarnos en la corriente sin prever las posibles consecuencias.

La globalización ha sido un factor determinante de toda esta situación. La interconexión de todas las variables que mueven al mundo, ha hecho posible el giro inaudito (¿dramático?) de los derroteros humanos y civilizatorios. Esa errancia en la que se ha convertido la existencia, trastoca de alguna manera que las personas podamos echar raíces, sentirnos parte de un contexto (de una ciudad y hasta de una familia), el tener un sentido de pertenencia a “algo” o a alguien. Nuestra clave hoy, es sin duda, el estar y no estar, el ser de acá pero de todas partes, el tener una vida que apunta hacia una diversidad impensable para nuestros ancestros.

La sociedad líquida, la cultura líquida y el tiempo líquido son, qué duda cabe, signos evidentes de un cambio profundo, que ha escindido el devenir humano y planetario. No somos los de antes. Nuestra existencia está marcada por la mácula de la transitoriedad en todo, pero, paradójicamente, nunca antes el ser humano había tenido una mayor expectativa de vida como hoy. Nos mecemos por tanto entre el ser y el no ser, entre irnos o quedarnos, entre cumplir nuestros planes (líquidos también), o dejar que nos arrastren los hechos como les pasa a las hojas caídas con el paso del viento.

Sin embargo, la incertidumbre de hoy es también un aliciente para estar preparados para lo que vendrá. Salir de la burbuja que nos envuelve, es abrirnos al mundo y a sus ingentes desafíos. Tal vez esta liquidez de la vida que nos hablan Oz y Bauman, sea una enorme oportunidad para hacernos más flexibles, para articularnos con la pluridimensionalidad de la vida, para echar a volar sin límites nuestros más arraigados anhelos; para desterrar de nuestros genes el peso de lo inevitable y predecible.
 
Todo este cambio paradigmático y de visión lo que nos dice, es que podemos construir nuestra existencia, que no estamos condenados a derroteros inamovibles y certeros, como les acaecía a nuestros antepasados. Si todo es incertidumbre y duda, pues estamos obligados a desvelar las sombras, para poder avanzar sin entrar en el abismo y en la nada. Si rompimos con los patrones del pasado, es posible seguir sin errar el camino. Caeremos mil veces rodillas en tierra, pero nos levantaremos mil veces más. ¿Quién dijo miedo?

rigilo99@gmail.com




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