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Ser escritor por Ricardo Gil Otaiza

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Ricardo Gil Otaiza


El que piense que escribir literatura es tarea simple, se equivoca. El trabajo creador con la palabra es de lo más complejo del mundo. Ser escritor responde, qué duda cabe, a una pulsión interior asociada al talento natural; pero hay más. Suele preguntarse si el escritor nace o se hace: yo diría que ambas cuestiones tienen que ver, y se complementan. Se puede nacer con el talento, pero si no se desarrolla mediante la lectura, la escritura constante y la férrea disciplina, termina por perderse. El talento vendría a ser una suerte de piedra preciosa sin pulir, que adquirirá su brillo y sus matices solo con el oficio sistemático y serio que demanda del autor un gran esfuerzo, un inmenso esfuerzo, muchas veces lindando lo sobrehumano. Hay quienes escriben “obras” por mero esnobismo, sin que se halle en su interior ese talento, y eso se nota a las primeras de cambio. En otras palabras: cualquiera puede escribir “literatura”, pero si no hay talento, por más esfuerzo que se haga todo quedará en mero intento y su resultado será siempre un texto mediocre, sin el hálito ni el brillo que le confiere el antiguo arte de la escritura. Igual pasa con todas las demás artes: se tiene o no el talento, y muy a pesar de las academias, de los talleres y de los estudios formales, si no hay ese “toque” de origen, esa “locura”, pues los resultados nunca serán considerados auténticas obras de arte.

Estar formado en literatura no hace un escritor. Casos hay a montón de personas que habiendo adquirido títulos en Letras, sencillamente no alcanzaron la altura del texto literario. Ahora bien: Javier Marías era licenciado en Filosofía y Letras por la Complutense de Madrid, y llegó a convertirse en uno de los más importantes autores españoles de los últimos cincuenta años, pero lo alcanzó no precisamente por su licenciatura (que sin duda amplió su cultura), sino por el talento que lo desbordaba, aunado a un infatigable trabajo que mermó su salud y lo llevó a la muerte. Mario Vargas Llosa estudió literatura en la Universidad de San Marcos, y se doctoró por la Complutense en Filología Románica, pero su obra responde, sin duda alguna, a su descollante vena literaria, a su permanente y sólido esfuerzo de lectura y frente a la página en blanco. La famosa Joanne K. Rowling, autora de la saga Harry Potter, es graduada en Lenguas y Literatura francesas, pero su éxito, no nos confundamos, se debe a su inmenso talento, a su olfato personal, y al enorme esfuerzo por llevar adelante su obra a pesar de los desencuentros con el denominado canon literario de su país.

En la literatura universal hay figuras protagónicas que tuvieron carrera universitaria, pero no en Letras, sino en otras áreas, y sus improntas son imborrables, daré algunos nombres. Robin Cook, Arthur Conan Doyle y Antón Chéjov tenían en su haber la carrera de medicina. El hoy reconocido Franz Kafka se graduó de doctor en Derecho. El celebérrimo Nobel español Camilo José Cela fue doctor en Ciencias. El argentino Ernesto Sabato era doctor en Física. El mexicano Carlos Fuentes se tituló en Derecho. El venezolano Mariano Picón Salas se graduó en la Universidad de Chile en Historia y Filosofía. Don Tulio Febres Cordero obtuvo un título en Derecho y años más tarde se doctoró en ese campo. El novelista Francisco Herrera Luque era Médico con especialidad en Psiquiatría. El muy famoso y controvertido autor francés Michel Houellebecq, eterno candidato al Nobel, es Agrónomo de profesión.

Casos hay también de grandes luminarias que ni siquiera tuvieron carrera universitaria y dejaron huella perenne en las Letras. William Shakespeare no terminó la escuela secundaria. De Cervantes no hay certeza de que haya estudiado en una universidad. William Faulkner abandonó sus estudios universitarios. Don Rómulo Gallegos empezó a estudiar Derecho en la Universidad Central de Venezuela, pero al año los abandonó. Jorge Luis Borges, si bien se hizo de una amplia cultura y erudición, y dominó varias lenguas, no tuvo estudios universitarios. Gabriel García Márquez comenzó a estudiar Derecho sin muchas ganas, y a la final abandonó la carrera para dedicarse al periodismo y a la literatura. Charles Dickens no tuvo estudios universitarios. Tobías Wolff no terminó el bachillerato. Samuel Langhorne Clemens (mejor conocido como Mark Twain) dejó sus estudios a la temprana edad de los doce años. La gran Agatha Christie recibió educación privada en diversos institutos, aunque no alcanzó la universidad, pero su descomunal talento, y toda una vida dedicada a su extensa obra, la llevaron a la cúspide de la denominada novela policial. El guatemalteco nacido en Tegucigalpa Augusto Monterroso, fue en esencia un autodidacta y si bien es cierto que con el correr del tiempo se hizo de una formación filológica, su talento y su trabajo permanente lo llevaron a ser considerado un genio del relato corto.

Ser escritor no es una improvisación en nuestro camino; ni siquiera es un hobby. Es dar cauce a un anhelo y a una propensión internos de mirar el mundo desde la palabra escrita, de contar la vida desde sus más pequeñas aristas, pero sobre todo de crear dimensiones que complementen nuestra existencia y de quienes se acercan a los libros. Ser escritor es dejar la piel en cada página y con ella erigir nuevas realidades y derroteros humanos. Por eso es arte; por eso requiere talento y esfuerzo. 





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