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“El Adviento, tiempo de esperanza” por Padre Edduar Molina Escalona

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“El Adviento, tiempo de esperanza” por Padre Edduar Molina Escalona


Uno de los grandes personajes del Adviento es el profeta Isaías, nos habla del Dios que ya está cerca, el Dios-con-nosotros, por tanto, la primera palabra es “cercanía”, es el Padre que viene a nosotros para darnos el regalo de su Hijo, y como lo dice el mismo Profeta: “Nunca se oyó que otro Dios fuera de ti actuara así a favor de quien espera en él” (63,16). O también como nos lo recuerda Deuteronomio: “¿Quién está tan cerca como lo está el Señor Dios de nosotros, siempre que lo invocamos?” (4,7).

 

El Adviento es por tanto tiempo para hacer memoria de la cercanía de Dios, que ha descendido hasta nosotros. Con el salmista oramos: “Vuelve, visítanos, ven a salvarnos” (Sal 79,15.3). “Dios mío, ven en mi auxilio” es muchas veces el comienzo de nuestra oración, un primer paso de la fe que nos mueve a decirle al Señor que lo necesitamos, que necesitamos de su cercanía.

 

Acerquémonos a Dios con la actitud del publicano en el templo (Lc 18,9-14), lleno de humildad, pequeñez, reconociendo su culpa, pero confiado plenamente en la misericordia del Señor.

 

San Agustín “Tengo miedo de que Jesús pase y no me dé cuenta”. Atraídos por nuestros intereses, distraídos por tantas vanidades, embriagados de tanto mundo, tenemos el riesgo corremos el riesgo de perder lo esencial. Por eso hoy el Señor nos repite: ¡estén vigilantes! (Mc 13,37).

 

El Adviento nos invita a mirar nuestras noches oscuras de dolor y angustia, con la serenidad y la paz de Dios que ya viene, es la esperanza que no defrauda y nos da la seguridad que después de la noche viene la luz de un nuevo día, Cristo Jesús en medio de nosotros.

 

El Adviento nos mueve a mantenernos despiertos, ante la tentación de quedarnos dormidos en el placer, el deseo del éxito, la avaricia del tener, en el sueño peligroso de la mediocridad. En aquellos momentos que todo se convierte en rutina y cansancio, en una vida instalada sin dejar paso al riesgo de la novedad y el esfuerzo.

 

Dice el Papa Francisco: la fe no es agua que apaga, sino fuego que arde; no es un calmante para los que están estresados, sino una historia de amor para los que están enamorados. Por eso Jesús odia la tibieza más que cualquier otra cosa (Ap. 3,16) …Y entonces, ¿Cómo podemos despertarnos del sueño de la mediocridad? Con la vigilancia de la oración. Rezar es encender una luz en la noche. La oración nos despierta de la tibieza de una vida horizontal, eleva nuestra mirada hacia lo alto, nos sintoniza con el Señor.

 

Contemplar la Corona de Adviento nos ayuda a poner tiempos a nuestra existencia, a mirar con perspectiva y a situar lo que se va terminando y lo que empieza a nacer. Porque empezar un nuevo año litúrgico es una invitación a respirar el aire fresco de la Palabra, siempre nueva; a volvernos al Dios que nos visita en lo pequeño; a prestar oído a nuestro corazón que nos empuja a comenzar una vez más.

 

A medida que transcurren las cuatro semanas de la anhelada espera del Señor, se va construyendo, adornado, dando luz y vida a la corona de adviento, símbolo de lo que debe suceder en cada uno de nosotros, a medida que pasan los años deberíamos ir adornado más nuestras almas en la virtud, en santidad y en la gracia del Espíritu. Que en cada familia se pueda ir construyendo el valor del dialogo, de la escucha atenta, la solidaridad y el encuentro fraterno.

 

Que María la madre que supo escuchar y guardar en el corazón nos de la gracia de encontrarnos vigilantes y atentos cuando llegue el Señor para invitarnos a su morada eterna.

 

Mérida, 04 de diciembre de 2022





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