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Bolívar y la moral pública por ISAÍAS A. MÁRQUEZ DÍAZ

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Bolívar y la moral pública por ISAÍAS A. MÁRQUEZ DÍAZ


Para estudiar y poder interpretar el pensamiento universal de nuestro Libertador es preciso analizar aquel concepto al cual recurre el filósofo italiano Giambattista Vico (1668-1744) para concretar al hombre: no es este una sucesión de líneas rígidas, tal y como erróneamente lo observaron los espartanos; tampoco, una simbiosis curvilínea, según la vaguedad renacentista. El hombre es una espiral que al desplazarse sobre si misma, nunca muere, y se eterniza en el tiempo y en el espacio. Es esta la diacronía que podríamos asociar al intentar un estudio de la filosofía bolivariana. Particularmente, lo referente a los asuntos del Estado y, con énfasis, al de la moralidad pública. Desde su infancia, no exenta de pequeños conflictos e incluso de perturbaciones de conducta, se observa cómo el futuro Libertador habría de ser hombre de criterios definidos, tendentes a una cierta uniformidad del ethos con el pathos. Tanto Blanco Fombona como la mayoría de sus biógrafos y exégetas conceptualizan a Bolívar como un individuo que estaría entre lo apolíneo y dionisíaco; es decir, en la línea nedia de lo divino y lo humano, desde el ángulo del cumplimiento de los deberes (en particular los vinculados a los altos valores de la eticidad); Bolívar fue harto obsesivo, el culto que le rendía a Baco actuó como balanza a fin de que se le pudiese aplicar aquello con lo cual Miguel de Unamuno definió a uno de sus personajes: “Un hombre de verdad”.

La obra (ensayo) “Bolívar en diez vertientes” (Torrealba Lossi, 1982) exalta el genio poliédrico del Libertador, cuyas aristas rebasan, tanto por el número, como por la fuerza y fluidez ideológicas, a las de otras grandes figuras de su tiempo. Por ejemplo, Washington quien más allá de la independencia de Norteamérica, hecho que para él resultó un fenómeno simplista, de mero pragmatismo y fatalismo histórico, se retira al disfrute una vida de muelle, entre el humo de la pipa, los poemas de Pope y las tertulias de los vecinos. Personalidades más relevantes fueron, quizá, Jefferson y Jackson.

Pero, existen, irrefutablemente, dos vertientes ideológicas y éticas que no solo integraron el pensamiento político y social del Libertador, sino que se mantendrían como una constante reforzada con el tiempo y matizada con rasgos dramáticos desde el 25/9/1828. Bolívar admiró a la Grecia antigua debido a los aportes que la patria de Pericles hizo al arte y a la filosofía, aunque no por ser él modelo del homo aestheticus (base del intelectual puro), siempre vio en Roma el mejor ejemplo para cualquier concepción de un proyecto republicano auténtico.

El genio jamás se aprende; la honestidad y la rectitud sí son valores a los cuales se llega por vía del ejercicio continuo y a seguir.

Tras una primera década de guerras, cambios y conmociones, surgía un desarrollo brusco del mal. En su discurso de Angostura hace una exhortación a las virtudes sin las cuales no hay república ni orden social justo, pues ha visto cundir el espíritu excluyente de las intrigas y ha visto derrotada a la moral. El pueblo necesita del poder y del saber, además de la virtud. Bolívar clama por “hombres de luces y honrados”.

Y, es cuando concibe, ante la medida del daño, la idea ineludible de crear dentro del Estado las normas de un Poder Moral sentado sobre una moral republicana genuina y perceptible.

Isaimar@gmail.com





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