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Una línea indecisa por Ricardo Gil Otaiza

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Una línea indecisa por Ricardo Gil Otaiza


El título de la columna se corresponde con el de mi segunda novela, publicada por Monte Ávila Editores Latinoamericana y la ULA en 1999. De este libro guardo muchas anécdotas, que no se circunscriben solo al período de escritura, sino que llegan al día de hoy. Siendo un adolecente, el profesor de Castellano y Literatura de cuarto año de bachillerato, nos puso como exigencia aprendernos de memoria un poema para recitarlo en la clase. Me quedé de una sola pieza, ya que era muy tímido y me horrorizaba el tener que pararme frente a mis compañeros y recitar. Ese fin de semana fue terrible puesto que el profesor nos advirtió, que a partir de la semana siguiente fuéramos a la clase preparados porque seleccionaría al azar. En mi casa no había una gran biblioteca, pero sí varios anaqueles con algunos libros fundamentales y uno que otro clásico universal. Tomé uno de los libros y hallé el poema Vuelta a la Patria del poeta lírico venezolano Juan Antonio Pérez Bonalde, y lo hojeé. Guau, me atemorizó su extensión y decidí “resumirlo” (jajaja, una locura, pero no tenía otra opción. Como agregado leí una breve biografía sobre el poeta, que me dejó impactado). Mi madre, que era maestra, me asesoró cómo debía hacerlo y me dio las claves para su “puesta en escena”.

Llegó el temido lunes y la dichosa clase. Efectivamente, cumpliendo con su palabra, el profesor abrió la carpeta de la lista y sin mirar puso el dedo en uno de los nombres. ¡Bingo! “Gil Otaiza, Ricardo” -dijo el profesor. Me temblaban las piernas. Pasé al pódium y comencé a recitar. Por consejo de mi madre no miraba a mis compañeros, sino que mis ojos se perdían más allá de las paredes del aula. En un instante, regresé de mi hechizo y miré al profesor. Mi sorpresa fue mayúscula al percatarme de que lloraba y el silencio en el aula era estremecedor. Recuerdo que mis compañeros me aplaudieron a rabiar y el profesor me dio un abrazo. Pues, bien, ese hecho me marcó y en una ráfaga de inaudita premonición, me juré a mí mismo que algún escribiría sobre el poeta: me atrajo su tragedia, su vida signada por la tristeza. A partir de entonces quedé prendado de los personajes “perdedores”, de los vapuleados por la vida; de los que teniendo todo para ser felices, se hunden en una extraña y perversa melancolía.

Diecinueve años después siendo ya, y desde hacía largo rato, profesor universitario, y con dos libros en ciernes para publicar, recordé mi juramento de la infancia y me reproché no haberlo honrado. Así que armé un plan de revisión bibliográfica exhaustivo sobre el personaje, y me di a la tarea de asistir cada tarde a la sede de la Sala Febres Cordero de la Biblioteca Nacional para investigar sobre Pérez Bonalde. Recuerdo haber llenado una libreta. Cuando agoté todo lo que hallé en la espléndida sala, bullía en mi mente cómo abordaría el proceso. De entrada descarté escribir una biografía y tomé la firme decisión de novelar. Para ello dibujé con un marcador negro sobre una lámina de papel bond un mapa conceptual, en el que articulé la trama, los personajes, las interrelaciones, las ciudades y el contexto histórico. Esa misma noche se lo presenté a mi esposa (quien ha sido mi mayor y mejor crítico), y me puse a escribir.

Tardé un año en preparar el libro y me di a la tarea de tocar puertas para su publicación. Quería una gran editorial, y envié varios sobres con la propuesta. Dos meses después recibí la llamada de Wilfredo Machado, para entonces Gerente Editorial de Monte Ávila Editores Latinoamericana. Me anunció que la habían aprobado con dos condiciones: que cambiara el título (inicialmente: La tristeza de la Lira) y bajarle la edad a Elodia Carolina, hermana de Juan Antonio Pérez Bonalde, a quien él le dedicó Vuelta a la Patria. Les parecía inaudito que una protagonista tuviera noventa y cuatro años. Accedí con lo del título, no así con la edad de ella, ya que sería desnaturalizar la trama porque escribí el personaje pensando en mi abuela que para entonces tenía esa edad. Después de varias conversaciones y alegatos, aceptaron la longevidad de Elodia Carolina, y la novela fue hermosamente editada a finales del 99. La presentación se realizó en las Terrazas del Teatro Teresa Carreño de Caracas y la hizo el gran lingüista Alexis Márquez Rodríguez. Sus palabras fueron elogiosas, y al final expresó: “Solo una cuestión quiero objetarle al libro (yo me aterré), que sea tan breve y no seguir disfrutando de sus páginas”. Al día siguiente fui al Panteón Nacional y sobre la tumba del gran poeta dejé un ejemplar de la novela: “¡Promesa cumplida, Juan Antonio!” -dije conmovido.

Muchos años después, metí el título de la novela en Google y para mi asombro hallé un extenso y elogioso ensayo a cargo de la hispanista Carmen Ruiz Barrionuevo, de la Universidad de Salamanca. Más asombrado quedé al leer que, efectivamente, Elodia Carolina Pérez Bonalde vivió noventa y cuatro años. Créanme, no salía de mi asombro. Otra vez los hilos sutiles (metafísicos, los llamo) haciendo de las suyas. Han pasado veintitrés años de su publicación y la novela sigue siendo estudiada, y aún me llegan comentarios de los lectores. Así comienza: “Yo, Elodia Carolina, solterona empedernida, la menuda, la vivaracha de los Pérez Bonalde, soy a quien le ha correspondido por los designios de Dios, o como se llame, cerrarle los ojos a toda mi parentela”.

rigilo99@gmail.com





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