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LA APERTURA DE LA FRONTERA por Luis Loaiza Rincón

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LA APERTURA DE LA FRONTERA por Luis Loaiza Rincón


Muy atrás quedó el tiempo en el que la producción agrícola del Táchira tenía que pasar antes por Colombia para llegar al lago de Maracaibo y, desde su principal puerto, conectarse al mercado mundial. Eran los tiempos de la economía del café y la región andina constituía un espacio geo-económico vital para el resto del país.

Antes de 1884, cuando se conectó San Cristóbal con Colón y Encontrados por tren, los diarios de viajeros reseñaban que la navegación por el río Catatumbo, del Lago de Maracaibo a Puerto Villamizar, pasando por Encontrados, tardaba 16 días. De Puerto Villamizar a Cúcuta eran 2 días más y de Cúcuta a San Cristóbal, 2 adicionales a lomo de mula.

Algo se simplificaron las cosas con el desarrollo del ferrocarril, pero la conectividad siguió siendo muy compleja. Según el historiador Eduardo Arcila Farías, para 1946, cuando ya estaba cerrado el ciclo agro-exportador cafetalero, “el Ferrocarril del Táchira contaba con 13 locomotoras movidas con petróleo, 2 locomotoras Diesel, 11 coches y 3 autovías para pasajeros, 41 vagones cerrados para carga y 17 para ganado, 51 plataformas abiertas para transporte de vehículos y 4 vagones tanque”.

En Orope, todavía se aprecia un viejo vagón de tren que conectaba la frontera y pasaba por las poblaciones de Boca de Grita, del lado venezolano, y Puerto Santander, del colombiano. Esa ruta, hoy habilitada para automóviles, ciento cincuenta años después, es un poco más ancha que una antigua locomotora. Por los pequeños puentes sólo pasa un vehículo a la vez y lo único que abunda, en ese corto trayecto de 7 kilómetros, son las innumerables alcabalas, literalmente una al lado de la otra, de policía, guardia, ejército y particulares, que martillan a todo el que pasa.

En medio de ese abandono, la apertura del “Puente Internacional Atanasio Girardot”, que cruza el río Táchira, constituye un avance como para repensar el desarrollo de la región, dejando atrás las trochas y los obstáculos geográficos que dificultan la movilidad. Aun así, queda mucho por hacer.

La apertura de la frontera constituye un paso enorme en beneficio de los dos pueblos hermanos y demuestra que hay demasiadas cosas importantes en común, como para que los dos estados le dejen el control de la zona a los criminales.

Los poderes fácticos de todo tipo que han surgido en estos años no renunciarán fácilmente al control de la región. Sin embargo, dado que la integración es fundamentalmente un hecho cultural y ciudadano, no debemos permitir que esos poderes se impongan en desmedro de la gente. De allí la importancia de reactivar y empoderar las instituciones cívicas que hacen vida en la zona, que están dispuestas a desarrollar relaciones simbióticas y que respetan la ley.

 Se deben superar los recelos acumulados en ambos lados de la frontera, enfrentar la pobreza, la informalidad económica, la existencia de grupos irregulares y del crimen organizado.

 Hoy, resulta asombroso que no se haya concluido la autopista La Fría-San Cristóbal, después de casi 40 años de iniciada; que se esté cayendo a pedazos la vieja carretera de Colón a Ureña por “El Vallado” y que, en general, no haya un gramo de asfalto en el país para arreglar ninguna vía.

 Así que la apertura del paso binacional por “Tienditas” es sólo un primer paso de un largo trayecto en el que lo “normal”, ha sido el abandono, el abuso y la criminalidad.





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