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HOMILÍA DEL SR. CARDENAL BALTAZAR ENRIQUE PORRAS CARDOZO EN LA EUCARISTÍA DE TOMA DE POSESIÓN COMO XVI ARZOBISPO DE CARACAS.

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EN LA EUCARISTÍA DE TOMA DE POSESIÓN COMO XVI ARZOBISPO DE CARACAS.
HOMILÍA DEL SR. CARDENAL BALTAZAR ENRIQUE PORRAS CARDOZO


Catedral Metropolitana de Caracas, sábado 28 de enero 2023.

 

Muy queridos hermanos:

 

La carta a los Hebreos que acabamos de escuchar nos recuerda que “la fe es la forma de poseer, ya desde ahora, lo que se espera, y de conocer las realidades que no se ven”. La sucesión apostólica “confiada por Cristo a los Apóstoles ha de durar hasta el fin del mundo (cf. Mt 28,20), puesto que el Evangelio que ellos deben propagar es en todo tiempo el principio de toda la vida para la Iglesia. Por esto los Apóstoles cuidaron de establecer sucesores en esta sociedad jerárquicamente organizada…Los Obispos, pues, recibieron el ministerio de la comunidad con sus colaboradores, los presbíteros y diáconos, presidiendo en nombre de Dios la grey, de la que son pastores, como maestros de doctrina, sacerdotes del culto sagrado y ministros de gobierno” (Lumen Gentium- 20).

 

La Eucaristía de hoy es, de manera especial, un himno a la fe como garantía de esperanza y fuente de testimonio que, en los textos bíblicos proclamados son un canto a la vida, vencedora de la muerte por la resurrección; superadora del miedo, como Abraham ante el llamado de Dios, fortaleza para el riesgo ante lo desconocido, en la seguridad y serenidad, obediente al llamado de Dios, sin saber a dónde iba. Esta Palabra nos muestra el plan de Dios como bendición y capacitación para una renovación y renacimiento desde lo profundo del espíritu, expresado como acción de gracias a Dios, y compromiso de servicio justo, solidario y reconciliador con los hermanos.

 

Participamos, pues, no en un acto protocolar o ritual, sino eclesial, comunitario, en el que la fe se desvela como la realidad misteriosa pero real, de la presencia de la gracia en medio del pueblo creyente que ora y trabaja con Espíritu, con una espiritualidad que transforma el corazón (cfr. EG 262). Compartimos, en comunión de afectos, la bendición de bienes espirituales y celestiales para que seamos santos e irreprochables a los ojos de Jesús, a quien le pedimos nos conceda espíritu de sabiduría y de reflexión para conocerlo y trasmitirlo mejor al mundo entero (cfr. Ef. 1), prestando una continua atención para intentar expresar las verdades de siempre en un lenguaje que permita advertir su permanente novedad (cfr. EG 41): la voluntad del Señor y la promoción del bien común de personas y sociedad.

 

Expreso mi más profundo agradecimiento al Papa Francisco por designarme XVI arzobispo de la Iglesia caraqueña, sintiéndome, como el apóstol Pablo, el menor de todos los que pertenecen al pueblo santo, pidiendo al Padre que se digne fortificarnos por medio de su Espíritu, para que crezca en cada uno de nosotros el hombre interior (cfr. Ef. 3, 8 y 14). “Porque no podemos hacer nada contra la verdad, sino solamente a favor de la verdad. Por eso nos alegramos cuando somos débiles, con tal de que ustedes sean fuertes, y seguiremos orando para que lleguen a ser perfectos”, como en otro pasaje el propio Pablo le escribe a los Corintios (2ª.Cor.13, 8-9).

 

Después de estos últimos años al frente de esta Iglesia, no me queda sino dar gracias por la acogida y disponibilidad recibidas, por el trabajo conjunto, en alegría y sacrificio, buscando dar razón de la esperanza a todos los que vivimos en este valle, sin distingos ni privilegios, poniendo la mano en el arado para servir más y mejor a los más pequeños, a los de la periferia, a los excluidos, a los que no cuentan, pero que son los predilectos del Señor Jesús.

 

Me siento unido a esta iglesia caraqueña por nacimiento y primera formación escolar y seminarística desde mis años en el Interdiocesano de Caracas. Gracias a mis primeros formadores: el hogar, el Colegio Fray Luis de León, la parroquia Santa Teresa, a los pies del Nazareno de San Pablo. Fueron muchos los buenos ejemplos que superaron a los malos testimonios, con los que aprendí a cultivar las virtudes humanas de la convivencia fraterna, el amor a la verdad, la honestidad y la belleza a través del deporte y el arte, en la Caracas de mediados del siglo pasado, menos bulliciosa y compleja, más acogedora para todo lo bueno.

 

Me inculcaron el sentido de la historia como maestra de la vida, y a ver en el pasado el amor agradecido a la herencia de quienes nos precedieron; la identidad cultural con el sello indeleble de las luces y sombras de nuestra realidad de pueblo más bien pobre; pero que supo sobreponerse a los avatares adversos, y distante de la percepción actual de haber sido siempre un país rico. Es de rigor meditar que “Somos culturalmente nuevos y vulnerables a la seducción de culturas extranjeras, porque nos falta valoración de las raíces profundas que marcan nuestro ser y devenir culturales”, como nos dice el Concilio Plenario (cfr. CPV, Evangelización de la cultura en Venezuela, 15).

 

El sustrato católico venezolano, en efecto, se fraguó en el largo período anterior al boom petrolero. La religiosidad popular, con sus múltiples facetas según regiones y lugares, hizo tienda en la capital, que la amalgamó y expresó bellamente en las fiestas, tradiciones y costumbres, unidas a las celebraciones del Señor, de la Virgen y de los santos (cfr. Ibidem, 20). Este entorno fue terreno abonado para que surgiera en mí la vocación al sacerdocio, que ha sido y es el centro de mi vida, enriquecida por la ya larga experiencia de más de medio siglo de ministerio ordenado, en el llano guariqueño, la capital y los Andes, dándome una dimensión más integral, amplia, y abonada con el rico intercambio pastoral en los países del subcontinente, gracias a responsabilidades en el CELAM, y la pertenencia como miembro de varias instancias vaticanas.

 

Mi afición por la historia patria y eclesiástica me ha llevado de la mano a palpar la riqueza de la acción evangelizadora, signada siempre por la fragilidad y escasez de medios, en los que están presentes no sólo la acción de la jerarquía, los misioneros y sacerdotes, sino también la constancia de la permanencia y cultivo de la fe, a través de tantos religiosos, religiosas, catequistas anónimos, educadores, y tantos miembros de cofradías y sociedades, del puñado de intelectuales y hombres públicos que han sido y son pilares insignes de nuestra identidad católica y del servicio al Bien Común.

 

Permítanme hacer una memoria agradecida. Si existe una página digna de estudio y reflexión, espejo de una realidad mayor, la nacional, es la historia de la Iglesia caraqueña. Hitos importantes que dejaron huella: la presencia de obispos como Fray Mauro de Tovar o Antonio González de Acuña en el siglo XVII; Juan José de Escalona y Calatayud, Diego Antonio Díez Madroñero o Mariano Martí en el siglo XVIII. De este último estamos conmemorando los 250 años de su visita pastoral a casi todo el territorio nacional. Todavía hoy, la sombra de las actuaciones de estos prelados está presente en obras de bien que perduran en la memoria viva de quienes aquí vivimos y son reto para seguir sus huellas y dar mayor fruto abundante.

 

Me detengo a describir, someramente, el período de los quince arzobispos que me han precedido. Buena parte de ellos, sobre todo los del siglo XIX, sufrieron persecuciones y destierros en la convulsionada vida de asonadas, guerras y golpes de estado. El siglo XX en su primera parte, nos legó la acción titánica de Mons. Juan Bautista Castro en la reconstrucción del tejido eclesial; y el episodio final de Mons. Felipe Rincón González en el que el fervor antigomecista y la complicidad de envidias y calumnias, oscurecieron sus últimos años de vida, convirtiéndolo en un mártir de la calumnia, vivida en el silencio, con fe profunda y entrega total, que hicieron exclamar al Cardenal José Humberto Quintero que la mitra arzobispal caraqueña carga consigo numerosas espinas sobre el báculo y la cruz pectoral.

 

Tuve la dicha de haber conocido personalmente a mis cinco últimos antecesores. El anciano y santo Mons. Lucas Guillermo Castillo Hernández me recibió en el Seminario; era costumbre entonces que el arzobispo se hiciera presente el día de comienzo de curso para saludar a los seminaristas del Menor y del Mayor. A los pocos días falleció y fuimos llevados a participar en sus exequias. De Mons. Rafael Arias Blanco, guardo en mi corazón de adolescente, el mejor de los aprecios. De él recibí las aguas bautismales y el crisma de la confirmación. En su última fiesta del Arcángel San Rafael, el 24 de octubre de 1958, nos impuso la sotana a un pequeño grupo de estudiantes del tercer año de bachillerato. Tenía la costumbre de visitar el seminario casi todos los domingos a mediodía. Nos saludaba y conversaba con todos, nos ponía al tanto de las vicisitudes del país y de la Iglesia; nos acompañaba en el almuerzo; y promovió en nosotros tanto el deporte como el cultivo de la música. Gozaba de una prodigiosa memoria y a muchos nos llamaba por el nombre. Nos sentíamos queridos por el prelado. Las otras facetas de su ministerio pastoral, tanto en lo eclesiástico como en lo cívico son bien conocidas por la sociedad venezolana.

 

Le sucedió el primer cardenal venezolano, José Humberto Quintero, elevado a esa distinción por el Papa San Juan XXIII a los pocos meses de su toma de posesión de la mitra caraqueña. Le tocó regir la arquidiócesis en los primeros años de la era democrática, en medio de la presencia de la guerrilla urbana, la ardua tarea de la superación del anacrónico patronato eclesiástico, y la firma del Convenio de Venezuela con la Santa Sede, vigente todavía. Fino escritor, nos dejó fecunda obra literaria, histórica y religiosa. Artista del pincel, de amena y enjundiosa capacidad para la conversación, en la que hacía gala de brillante memoria para describir personas, lugares y hechos históricos difíciles. Fui su caudatario o familiar, como se llamaba entonces, en mis años seminarísticos. Heredé de él su colección personal de boletines eclesiásticos venezolanos, y su pectoral y anillo de uso diario, que me impuso al conocer mi nombramiento como obispo auxiliar de su tierra merideña. Las dificultades de manejar los años posteriores a Medellín, lo llevaron a solicitar el relevo de sus obligaciones episcopales.

 

El décimo tercer arzobispo, fue Mons. José Alí Lebrún Moratinos, segundo cardenal venezolano. Su sencillez, cercanía, y su habilidad para manejar asuntos complicados, le permitieron devolver la paz a la fragmentada vida arquidiocesana, y acoger la diversidad de pensamiento y acción propias del tiempo postconciliar. Me confió la dirección del Seminario San José de El Hatillo. Gocé de su amistad y confianza. Parte de sus escritos los publicamos en ocasión de sus bodas de plata episcopales. A él debo el ejemplo de su vida, y muchos y sanos consejos para conducir la formación de los futuros sacerdotes. De él recibí la ordenación episcopal y está en proceso la promoción de su causa diocesana de beatificación.

 

Mons. Antonio Ignacio Velasco García, salesiano, ocupó la sede caraqueña desde 1995 hasta su muerte en julio de 2003. Fue el cuarto cardenal venezolano. El sello de su procedencia llanera y el carisma de Don Bosco configuraron su bondadosa personalidad de pastor en medio de la convulsionada vida del país. Los dos años siguientes contaron con la administración apostólica de Mons. Nicolás Bermúdez, eudista, obispo auxiliar.

 

El segundo metropolitano nativo de Caracas, décimo quinto arzobispo y quinto cardenal venezolano, fue Mons. Jorge Urosa Savino. Fuimos compañeros estrictos de curso en el Seminario Interdiocesano durante el trienio de filosofía; compartimos años más tarde la dirección de los dos seminarios de Caracas. Nos correspondió, también, promover la elevación del Interdiocesano a la categoría de instituto universitario de carácter civil. Obispo auxiliar de la capital, arzobispo de Valencia y desde 2005 hasta julio de 2018 rigió los destinos de la sede primada. Víctima del Covid pasó a la casa del Padre el 23 de septiembre de 2021. Sus restos reposan en el Panteón de los Arzobispos en esta Catedral. Los testimonios recogidos dan fe de su preocupación por inculcar la centralidad de la vida en Jesucristo, y de su entrega y servicio a la Iglesia en Venezuela.

 

No venimos de la nada ni todo han sido luces. Ha habido sombras, por responsabilidad propia y ajena, pero la memoria como categoría antropológica y teológica, da la pátina y solera de una Iglesia que ha asumido el crecimiento poblacional, configurando una urbe con las características particulares de las megápolis latinoamericanas. El rostro de la Caracas del siglo XXI reclama crecer como discípulos misioneros. El mundo, la realidad circundante han cambiado. La Iglesia también tiene que cambiar en fidelidad y esperanza, pues la exigencia de la realidad se convierte en un signo de los tiempos que pide la conversión del corazón, para que las nuevas actitudes y estructuras pastorales que hay que concebir con creatividad, imaginación, coraje y fe, respondan a la sed de las multitudes que anhelan el Evangelio de Jesucristo (cfr. Aparecida, 173; EG 121).

 

La cálida acogida de la que he sido objeto de parte de la feligresía y de la sociedad en general se convierte en un reto para la acción pastoral que privilegia la opción por los pobres, entendida como la lucha de su fe religiosa, que cree en una vida digna, en un intento incesante de pasar de la muerte a la vida, en virtud del Espíritu. El llamado urgente del Papa Francisco es vivir la opción fundamental del Evangelio en clave de “Iglesia en salida”, en actitud misionera, misericordiosa y samaritana. Y en clave sinodal, de caminar juntos, de vivir la comunión en la diversidad que se enriquece dejando de lado viejos esquemas, abriéndonos a experiencias desconocidas en la que la participación de todos nos convierta en protagonistas y actores de nuestra realidad, al servicio de todos hechos prójimos. Para ello hay que superar el miedo que no permite que abracemos la realidad, debilitando la confianza. El cambio empieza cuando amamos como profecía la debilidad, asumiendo que la fuerza está en la centralidad de Jesús, encarnado, hecho uno de nosotros menos en el pecado.

 

En un día como hoy, bien sea en la mañana o al atardecer, Jesús nos invita a ir a la otra orilla del lago. A recogernos en el silencio interior de nuestro ser, pero abiertos a los vaivenes de la cotidianidad, en la que se desatan fuertes vientos y olas que parecen sobrepasar la capacidad de nuestras pequeñas naves. Es la realidad que vivimos, cambiante y retadora, sin las muletas y seguridades de otros tiempos (cfr. Mc. 4, 35-41). No nos podemos quedar anclados en la nostalgia de costumbres y estructuras que ya no son cauces de vida en el mundo actual. Los desafíos están para ser superados, con alegría, audacia y entrega esperanzada (cfr. EG 108-109). Aunque parezca que nos hundimos y que Jesús está dormido, Él vela y nos insta más bien a que superemos el miedo y aumentemos la fe.

 

A la luz del Maestro que nos impulsa a alegrarnos y regocijarnos, su palabra y su testimonio no son poesía vana, sino un llamado a ir contracorriente, a superar lo que es costumbre o lo que hace la sociedad. ¿Dónde colocamos la seguridad de nuestras vidas?; en el mensaje de las Bienaventuranzas. Las notas distintivas de este camino de fidelidad creadora, de santidad, pasan por la vigilia, paciencia y mansedumbre, junto a Dios que nos ama y sostiene. Con alegría y sentido del humor, sin espíritu apocado y melancolías, producto de las incomprensiones y ataques que no faltan. Apartando de nuestro corazón la tristeza, porque el gozo del Señor es nuestra fuerza. Con audacia y fervor, con estusiasmo y libertad de una existencia abierta, que se encuentra disponible para Dios y para los demás. En comunidad y no en solitario, para descubrir los pequeños detalles cotidianos de la vida fraterna, sea en la familia, en la parroquia o en cualquier otra vivencia, en las que se manifiesta la belleza de la comunión trinitaria. Por último, abiertos a la trascendencia, que se expresa en la oración y en la adoración, en la esperanza escatológica, procurando andar siempre en la presencia de Dios, en medio de las actividades que estemos realizando (cfr. Gaudete et exultate, Cap. 4, nº 112-157).

 

Siguiendo las huellas del Papa Francisco, queridos hermanos y amigos, los invito a que juntos soñemos la Iglesia caraqueña que debemos construir juntos. Los cimientos están puestos por quienes nos han precedido y de quienes heredamos, y por quienes están con la mano en el arado. No enterremos esos talentos, al contrario, pongámoslos a producir fruto abundante para que entreguemos cuentas claras de nuestro paso por la existencia camino al cielo definitivo.

 

Sueño, no como ilusión ni fuga delante de un presente inmóvil o desesperanzado, sino como apertura de posibles insospechados y creadores, a partir del compromiso en el hoy. Sueño, sí, con una comunidad de fieles creyentes laicos, hombres y mujeres bautizados en la muerte y resurrección del Señor Jesús, conscientes de haber sido creados por el amor de un Dios Padre bueno; redimidos del mal, y para obrar responsablemente el bien en la verdad, generando auténtica comunidad familiar, eclesial, patria y de humanidad. Y así, esperar con fe absoluta y agradecida, la plenitud de la vida eterna en el amor.

 

Sueño que juntos, como iglesia caraqueña, con alegría misionera, volvamos siempre a lo esencial de la fe cristiana, asumiendo las cambiantes circunstancias de los tiempos. “En salida”, más allá de nuestras propias comodidades, atreviéndonos a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio (cfr. EG 20-23).

 

Sueño con una iglesia caraqueña en la que sus comunidades, parroquias, centros de evangelización, sus escuelas, colegios, universidades, ancianatos o centros de salud o capacitación, sean semilleros de esperanza en los que se cultiven los mejores valores y virtudes que den frutos de fraternidad, y progreso material y espiritual; en la que su misión samaritana de hacerse prójima de todos, en particular de los hijos pródigos, de los marginados y excluidos, de todos los pobres en espíritu y verdad, esté siempre presente. Sueño con que dichas instancias, estén mejor dotadas como testimonio subsidiario pero real y efectivo, porque la calidad de vida de nuestros vecinos es prioridad real y sincera.

 

Sueño con una iglesia caraqueña constructora de auténticas familias, promotora de vocaciones para el matrimonio, la vida sacerdotal y consagrada, para el liderazgo en el mundo de la cultura, del arte, de la economía, de la política, donde se experimenten y vivan las expectativas más profundas de la persona humana. Sin este núcleo fundamental, sólido y permanente, nuestra sociedad no crecerá en fraternidad y respeto, en solidaridad y acompañamiento, en la que la ternura del auténtico amor nos capacite para sanar heridas, iluminar las crisis, angustias y dificultades, y superarlas con el bálsamo del cariño, la comprensión y el amor fecundo. La sociedad no será más justa y equitativa, si no cultiva la paz social, trabajadora, artesanal, generando procesos que construyan un pueblo que sabe asumir las diferencias como riqueza y oportunidad.

 

Sueño con una iglesia caraqueña en la que los niños, adolescentes y jóvenes sean el centro de nuestras preocupaciones y trabajos, para que ellos sean, de verdad, la esperanza y el futuro de nuestra patria, forjando hombres y mujeres útiles, sin egoísmos, con la ilusión de ser centro y fin del mundo mejor que anhelamos.

 

Sueño con una iglesia caraqueña amante de lo bello y hermoso de nuestro patrimonio cultural, arquitectónico, artístico, musical, religioso, con tradiciones antiguas y nuevas propuestas, que nos hagan cultivar, amar y desarrollar más y mejor nuestra identidad, en la que lo bello alegre el corazón de todos.

 

Sueño con una iglesia caraqueña que custodie la hermosura natural de nuestras montañas, del altivo cerro del Ávila, de las quebradas y torrenteras, de las abras de Catia y de Petare, que nos traen las aguas de lluvia y las neblinas mañaneras. Que nos enseñemos cada día más en la limpieza de nuestras plazas, calles, avenidas y casas de habitación, en las que la basura no sea la veta donde los marginados hurguen buscando sustento. Que la austeridad nos lleve a compartir más lo que tenemos, para que reinen la equidad y la igualdad.

 

Sueño que nuestra Iglesia caraqueña luche por los derechos de los más pobres, de los que habitan en los barrios y en los suburbios, en las riberas del Guaire o debajo de un puente. De los que quedan solos porque sus seres queridos han emigrado, o están encarcelados injustamente, o en la soledad de los marginados o el aislamiento de los alienados, que necesitan del acompañamiento fraterno y samaritano. Nuestro compromiso va, debe ir, más allá de los programas sociales, de la entrega abnegada de los médicos y educadores, o de lo mucho que hace Caritas.

 

Sueño con una iglesia caraqueña, orante y contemplativa. “Nos une la fe en Dios, el Padre que nos da la vida y nos ama tanto. Nos une la fe en Jesucristo, el único Redentor, que nos liberó con su sangre bendita y su resurrección gloriosa. Nos une el deseo de su Palabra, que guía nuestros pasos. Nos une el fuego del Espíritu Santo, que nos invita a la misión. Nos une el nuevo mandamiento que Jesús nos dejó, la búsqueda de una civilización del amor, la pasión por el Reino que el Señor nos llama a construir con Él. Nos une, también, la lucha en aras de la paz y la justicia con la convicción de que no todo se termina en esta vida, sino que estamos llamados a la fiesta celestial donde Dios enjugará todas las lágrimas y recogerá lo que hemos hecho por los que sufren” (Papa Francisco. Te deseo la sonrisa. Plaza Janés 2022, p. 148).

 

Sueño que seamos pueblo que camina juntos, compartiendo responsabilidades, sin privilegios hirientes que llevan a la división y al enfrentamiento. Sueño con comunidades cristianas capaces de entregarse y de encarnarse en lo mejor de nuestra cultura, en la que sacerdotes y laicos, discípulos misioneros, anhelen ser formados permanentemente y al mismo tiempo con el afán de formar a otros.

 

Sueño con un pueblo caraqueño que, en la estela del himno patrio, pueda señalar fraternalmente al conjunto nacional, “seguid el ejemplo que Caracas dio”, atendiendo, sencilla y humildemente, pero con la verdad que proviene del compromiso responsable como pueblo organizado y no masa indiferente o desesperanzada, el llamado convergente de la Palabra de Dios: ”no tengan miedo”, “levántate y anda”. Pueblo consciente y movilizado para el servicio humanizador, liberador y reconciliador, de la defensa y promoción de los derechos de las personas y de las comunidades, de la convivencia pacífica en democracia real y un Estado de derecho constitucionalmente efectivo. Así como de una identidad nacional según las costumbres, principios, valores y normas heredados de nuestras mejores tradiciones humanistas y cristianas, constitutivas de nuestro ser espiritual y moral como comunidad histórica, y en diálogo creador con los mejores logros y promesas científicos y éticos de la civilización contemporánea.

 

Sueño, por último, pero no menos importante, con una Iglesia caraqueña promotora y defensora de la vida desde la concepción hasta su desenlace natural, en una Patria en la que los Derechos Humanos sean respetados y defendidos, en la que desaparezcan todo abuso o tortura, y la justicia sea realmente pronta e imparcial. Y con una comunidad nacional como pueblo de mujeres y hombres libres, reconocidos y promovidos en su dignidad personal intangible, irrenunciable, indelegable, fuente de ciudadanía responsable, justa, solidaria, reconciliada, fraterna. Y así, agente garante y beneficiario del bien común, objetivo y guía de un destino común de humanidad, legitimador último de toda verdadera “auctoritas” y todo ejercicio del poder público como servicio. Servicio al conjunto nacional patrio y a la solidaridad e integración regional y mundial a favor de la paz en la justicia y la libertad, en un medio ambiente crecientemente saneado y promisorio para las nuevas generaciones.

 

En manos del Nazareno de San Pablo, de la Virgen María bajo todas las hermosas advocaciones caraqueñas, del Beato José Gregorio Hernández, con nuestras beatas y candidatos a la canonización, pongo esta andadura de la Iglesia caraqueña para que sea luz y sal, faro de alegría y esperanzas en medio las circunstancias que vivimos. Cuento con ustedes, cuenten también conmigo. Que la plegaria eucarística que celebramos nos una y anime a renovar la unión con Dios y a volcarnos con la fuerza del amor a una intensa y eficaz acción transformadora de la sociedad toda. Que así sea.





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