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¿Carnavales vs Cuaresma? por Padre Edduar Molina Escalona

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¿Carnavales vs Cuaresma? por Padre Edduar Molina Escalona


El Carnaval, del latín: carnilevamen, carnem vale (adiós a la carne), surge en la Italia del Renacimiento y hasta bien entrado el siglo XVII, son fiestas que se caracterizaban por el uso de disfraces y máscaras, lo cual servía para que los hombres y mujeres pudiesen alegrarse y desbordarse con mayor libertad. En la antigua Roma el Carnaval ya se festejaba, era la fiesta dedicada a Martius (Marte), padre de Rómulo y Remo.

Se cuenta que para 146 el Papa Pablo II hace trasladar esta fiesta a la conocida Vía Lata, lugar de carreras a caballo en las que el Papa permite que todos pudieran hacer fiestas disfrazados, pero sin máscaras, “preservando la tranquilidad pública del Estado de la Santa Sede, y manteniendo el buen orden y la decencia en todos los sentidos”.

Frente a la falsa concepción de algunos que ven en el ayuno, la limosna, la penitencia y el arrepentimiento como algo tedioso, triste, tradicionalista y de poco valor para “los progre”, los carnavales, durante mucho tiempo de la historia de la Iglesia, fueron la manera de resaltar la alegría y buena disposición con la que se debe entrar al tiempo de Cuaresma, lamentablemente la sociedad de consumo ha hecho que estas celebraciones pierdan el trasfondo católico, convirtiéndolas en una fiesta de excesos.

La Cuaresma nos lleva a una fuerte vivencia de sacrificio y ascesis, despojarse del hombre viejo para vivir la novedad del hombre nuevo en Cristo muerto y resucitado (Ef.  4-20-24). Por lo que los carnavales venían a ser el recuerdo que el sufrimiento, cuando lo vivimos fuera de Dios es insoportable, es un infierno en vida; pero cuando nos agarramos de Jesús, las distintas dificultades, las enfermedades, los tropiezos, las derrotas, las malas noticias, incluso los actos de penitencia, toman un sentido diferente, están acompañados por la alegría y la esperanza de un Dios que nunca defrauda ni abandona a su pueblo. (Rom 10,11).

De allí que celebrar los carnavales comportaba resaltar la alegría del compartir juntos como una sola familia, también desde la concepción misma de la palabra latina “carne-levare”, que significa “abandonar la carne”, es decir al exceso, al despilfarro de los bienes materiales y al apego de las personas y de las cosas, el carnaval debería ser un tiempo en el que los cristianos aprendiéramos a disfrutar de los bienes de la tierra sin dejar de mirar y buscar los bienes del cielo (2 Cor 4,18).

Los carnavales, por tanto, pueden ser una ocasión propicia para ir acercando el corazón y el alma al miércoles de ceniza, reconociendo nuestras máscaras o disfraces del alma que no nos permiten vivir en libertad, obrar en caridad y tomar conciencia de nuestra condición de hijos de amados de Dios Padre (1Jn 3,2).

Diferentes carnavales muestran también la creatividad artística y el patrimonio cultural y humano de nuestros pueblos, en nuestros andes venezolanos son conocidas las ferias internacionales del sol en Mérida, con iniciativas como las exposiciones agropecuarias, de orquídeas, gastronómicas y de emprendimiento, entre otras tantas actividades que hacen de nuestra ciudad una vitrina de lo mejor del andino y sus costumbres.

Lamentablemente la falta de arraigo cultural de los carnavales, va dejando a un lado lo propio, nuestras fiestas de calle, el jolgorio y el encuentro popular con las tradiciones que sustentan nuestra identidad, por poner mayor acento a culturas foráneas y sin ninguna relación con el sentimiento merideño. Vale la pena repensar en unos carnavales que recobren los valores artísticos y culturales de los pueblos y se ponga de manifiesto el cuidar y preservar las fiestas que nos ponen en relación a Dios, pues nos llevan al encuentro del hermano.             

Quiera Dios que estos días de Carnaval reine la fraternidad entre los vecinos, sea ocasión propicia para el compartir de los hijos con los padres, dedicar espacios para el sano ocio y diversión, descubrir y contemplar la belleza de nuestros espacios verdes y dar paso a la alegría que brota de un corazón en el que habita la alegría del Señor Jesús.

Mérida, 19 de febrero de 2023





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