Mérida, Abril Martes 28, 2026, 09:32 pm
Eliud Kipchoge ya
tiene un lugar privilegiado en la historia. El keniano se ha convertido
en el primer hombre en bajar de la mítica barrera de las dos horas en
el maratón tras un ejercicio extraordinario de esfuerzo físico y
concentración en el Prater de Viena completado en 1 horas, 59 minutos y
40 segundos. El keniata tuvo a su disposición todas las ventajas humanas
y tecnológicas posibles y un descomunal aliento de varios miles de
personas. Nada puede restar un ápice a su gesta. Tal y como estaba previsto, a las 8:15 horas de la mañana, con más frío y humedad de lo previsto, comenzaba Kipchoge su reto. En su primer intento, en Monza, hace ahora dos años, Kipchoge se
quedó a 26 segundos del reto. Para esta ocasión el keniano había
ajustado todo aquello que no le convenció en esa ocasión. Así, le
acompañaban en la salida siete libres, dispuestas las cinco primeras en
forma de flecha invertida, más otras dos a la zaga del recordman
mundial. Esas siete liebres, encargadas de proteger y marcar el ritmo
del keniano, iban cambiando cada cuatro kilómetros. Hasta 41 atletas
acompañaron a Kipchoge en su gran día y le convirtieron en invisible.
Apenas podía verse al protagonista, tan rodeado como estaba por gente
tan prestigiosa como el subcampeón del mundo de 5.000 metros Selemon Barega, el antiguo campeón mundial de 1.500 y 5.000 metros Bernard Lagat o los hermanos noruegos Henrik, Filip y Jakob Ingebrigtsen. Para
lograr bajar de las dos horas era necesario cumplir cada kilómetro en
un ritmo brutal de 2 minutos 50 segundos. La cadencia fue casi perfecta.
El grupo apenas se permitió una variación de dos segundos arriba, dos
segundos abajo en cada control. Si un kilómetro reducían el ritmo de
forma mínima, en el siguiente se hacía un esfuerzo para compensarlo. Por
delante, un coche rodaba exactamente a 22,1 kilómetros por hora, el
registro con el que se garantizaba superar la marca. El coche portaba un
foco en el techo que lanzaba un haz de luz verde. Ese era el camino a
seguir para que Kipchoge alcanzara su particular reino de Oz. Jamás se
separó de él. Al keniano, sereno y con la mirada fija durante toda la prueba, no se le vio flaquear en ningún instante.
Solo un tropezón con una de las liebres le alteró minimamente. El
avituallamiento se lo servían desde una de las bicicletas que iban
siguiendo al grupo. Pasó por el kilómetro 5 en 14:10. Al paso por el kilómetro 10 el cronómetro marcaba 28:20. Impecable. Kipchoge bajó
el ritmo de forma casi imperceptible en los siguientes diez kilómetros:
42:34 al paso por el kilómetro 15 y 56:47 por el km. 20. En el 21, a la
mitad del camino, Kipchoge cruzó en 59:35, por debajo de la hora. Todo
marchaba según lo previsto. Varios operarios barrían el asfalto del Prater en
espera del paso de Kipchoge, que logró su impresionante registro en un
circuito preparado para la ocasión compuesto por una larga recta de 4,3
kilómetros y dos rotondas a cada lado al que dio cuatro vueltas. Al llegar al kilómetro 30 Kipchoge ya
había estabilizado su ritmo en ese 2:50 necesario. Si alguien temía una
hecatombe es que no conocía al keniano, ganador de 11 de sus 12
maratones y poseedor del récord oficial de la prueba (2h01:39). Esta
carrera no logrará ese honor por las especiales características en que
se ha conseguido. Los cinco kilómetros que van del 30 al 35
Kipchoge los hizo en 13:53, mejor incluso que todos los anteriores. El
keniano no solo no flaqueaba, sino que metía una marcha más. A
falta de un kilómetro se apartó el coche. Poco después se retiraron las
últimas liebres. Al fin se pudo ver a Kipchoge en todo su esplendor. El
atleta completó los últimos metros con una sonrisa e incluso
esprintando. Tras pasar la meta se abrazó con su mujer, Grace, se
envolvió en la bandera keniana y fue elevado al cielo por sus liebres y
su entrenador, Patrick Sang. Después, Kipchoge se vio con fuerzas y
decidió correr un poco más saludando a la gente que se concentraba en la
meta. Más allá de la marca, el atleta quería ser una inspiración
para la gente, demostrar que nadie puede poner límites a las personas.
Sin duda lo consiguió. A él, en todo caso, le espera un premio de un
millón de dólares por la gesta, que tampoco está mal. ABC