Mérida, Abril Martes 28, 2026, 10:28 am
Cuando el mundo se enteraba de la muerte de Kobe Bryant, empezaba el partido en Valladolid. A veces ocurre. Suceden cosas conmocionantes a la hora en que juega el Madrid, que adopta entonces la forma de la continuidad forzosa de la vida. Era natural que la atención de todos se desviara un instante hacia Kobe, incluso el partido pareció guardar un luto sorprendido, convertido en un lapso respetuoso en el que nada pasaba.
Aunque tampoco es exactamente así. Un aficionado del Valladolid señalaría que su equipo estuvo bien ahí. El equipo de Sergio González presionó con eficacia y fue ambicioso en su planteamiento. Zidane había
salido con cuatro medios. La concentración es variable: tres, cuatro o
hasta cinco. El Madrid no sufría en defensa, en su línea reciente de
seguridad, pero tampoco atacaba. Era un fútbol que se ha visto estas
últimas semanas entre relámpagos de brillantez: un centrocampismo denso,
forcejeante. La única ocasión era un remate a balón parado de Casemiro
que acabó en gol revisado por el VAR. No hubo más, luego un chut
lejanísimo suyo superada la media hora del partido. Al Madrid le faltaba velocidad,
el desborde interior de Valverde, y el desborde exterior. Sin Vinicius,
los laterales eran Mendy y Nacho. Después de minutos de congestión, el
Madrid quiso apretar un poco antes del descanso y se notó, precisamente,
en la mayor velocidad alcanzada por la pelota. Fueron apenas dos o tres
minutos que anunciaban otro ritmo posible.
Había sido el Madrid rumiante y avejentado de los primeros meses de
temporada y subió algo la intensidad tras el descanso. El arrastre de
Casemiro, gran baza ofensiva por simple fuerza y verticalidad, permitió
ya una buena ocasión de Rodrygo.
Era la media, absolutamente previsible hasta entonces, la que debía
asumir el empuje de otros días. Y Kroos y Modric elevaron su nivel,
aunque seguía faltando la profundidad y dinamismo de Valverde, el que da
al mediocampo blanco la dimensión nueva. Pero ese Madrid mejorado de la
segunda parte ya llegaba, ya parecía suficiente. Benzema pudo marcar en
la disyuntiva entre el deber de remate y la invención del pase.
Llegado el minuto 60, el de las decisiones, el Madrid había mejorado
lo suficiente para que Zidane se lo pensara. La salida ya era fluida, y
la posesión continua. Se iba imponiendo su nuevo autoritarismo
defensivo, la mejor defensa del campeonato y una de las mejores de
Europa. El Valladolid, así era, no hacía ni cosquillas. En esa línea hay
que interpretar también la cesión de Odrizola; en su lugar, Nacho da
otro tono al equipo.
El Valladolid ya se iba inclinando obediente «como el paciente
anestesiado sobre la mesa» de operaciones, pero al Madrid le faltaba el
bisturí. Zidane, más Zizou que nunca, lo que vio en el partido fue la
necesidad de Lucas Vázquez.
La mayor presión del Madrid se iba convirtiendo en una forma
reconocible de juego: cuando los medios van subiendo hasta el minarete
de Benzema, que a la vez baja también a su encuentro. Al juntarse, en un
lugar del borde del área, se concitaban todas las posibilidades de
pared, enhebramiento y chisporroteo. Esa zona, que había quedado sin
pisar en la primera parte, era ahora la sala de baile de Benzema.
Los centros iban mejorando, cogían otro vuelo, y Kroos calculó desde
la derecha uno de esos pases que mejoran incluso los de Míchel (aceptar
esto es un dolor generacional). Nacho remató ese pase
que surgía como segunda jugada tras un córner. Era un gol derivado del
balón parado y marcado por un central. No son los primeros puntos fuera
de casa que debe el Madrid a sus defensas. Es el gol solidario, el gol
coral, el gol cooperativo del Madrid que quiere ganar la Liga
reeditando, por la vía distinta del toque ma non troppo zidanesco,
aspectos de las inolvidables ligas de Capello y Mourinho. Una fértil
racanería, el gol por goteo, una fraternidad olvidada. El factor baraka
estaba ahí de nuevo: apostó por Nacho, gol de Nacho.
El Valladolid, cumplidor, reaccionó y Plano tuvo la primera ocasión
real de su equipo. El partido se animó, el público hizo ruido, pero el
Madrid actual resulta un equipo difícil de sacar del campo. Sus
centrales y medios parecen ahora el inicio de una megaestructura.
Aunque marcar le cuesta al Madrid. Debe hacer carburar un motor algo
viejo en la media, en primer lugar, y encontrar luego al delantero
centro, pero no como alivio o resolución, sino como apoyo y habilitación
del resto. El gol es una gran obra colectiva de acercamiento. Este
Madrid es un Madrid llegador al que Benzema, con dotes de director, pone
en situación de marcar, le va atrayendo al área para que se extienda
allí como hace el clavillo de un abanico.
Lo intentó el Valladolid, pero el Madrid salió airoso con oficio y
aún pudo Rodrygo obtener un penalti que De Burgos, de reojo
recalcitrante, no quiso ver. El Madrid vuelve a ser líder, pero ahora
convertido en un equipo fiable y reconocible. ABC