Mérida, Septiembre Martes 21, 2021, 10:58 pm

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El enorme peso de las palabras por Ricardo Gil Otaiza

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RICARDO GIL OTAIZA


Nos expresamos de muchas maneras, pero la forma más efectiva es mediante el uso de las palabras; ellas expresan, connotan, inquieren, afirman, interrogan, se acotan, cantan, se admiran y se esconden entre líneas. Recuerdo que de niño las palabras tenían una fuerza arrolladora, y un “no” dado por mis padres (sobre todo, por papá) era tan contundente y determinante, que jamás osé pensar o creer que fuera otra cosa. El “sí” era asimismo de tal fuerza, que solo el escucharlo de parte de quienes ostentaban la autoridad, era motivo de profunda alegría, y ya podíamos los niños quedarnos tranquilos, incluso irnos a la cama, porque esa respuesta tenía tal fuerza y peso, que no nos defraudaba jamás. Crecí con la absoluta certeza de que la palabra dada (o empeñada, como solemos decir) tenía una fuerza de norma, lo que me permitía en mi entorno familiar y escolar desenvolverme sin tantas trabas, porque cuando se prometía algo, eso era incontrovertible y absoluto, y nada en este mundo podía hacer cambiar su designio. Cuando nos adentrábamos en el sutil terreno de lo religioso, la fuerza de la palabra recibía tal poder, que el solo hecho de saber que el Verbo (Logos o Palabra) equivalía al Hijo de Dios (Jesús es el Verbo, dicen los textos sagrados), era más de lo que mi mente infantil podía comprender. Ver cómo en mis clases de catecismo el mayor hincapié era puesto en “no jurar el nombre de Dios en vano”, adquiría otra connotación (o dimensión), porque al jurar nos hacíamos poseedores de una contundencia rayana en lo divino (y también en lo ético); mientras que contravenirlo nos hacía caer en el pecado y quedar como unos auténticos facinerosos.


Crecí pensando que el uso de las palabras era para expresar la verdad; o por lo menos la intención de fondo debía llevar anclado el deseo de no mentir. Veía a los adultos y entre ellos las palabras eran importantes, al punto de romperse una relación con el mal uso de un vocablo (que producía enojo o insulto). Fui testigo de cómo muchas veces quienes utilizaban expresiones altisonantes tenían luego el detalle de presentar disculpas, y fue así que observé maravillado cómo la palabra podía romper el orden establecido, o reponerlo también. Ni más ni menos, un verdadero portento. Tal vez esa extraña fascinación me empujó al campo de las letras, y en mi afán perfeccionista (toda una quimera, por cierto) me he preocupado por darle a cada palabra el peso que le corresponde; he fallado muchas veces, transijo, pero pronto he rectificado. Cuando de niño escuchaba por la radio o la televisión a un gobernante o a un político expresar sus ideas, cada palabra proferida era para mí la expresión genuina de su sentir y de su pensamiento, y yo les creía. Es más, sin tener edad para militar en organizaciones políticas (o de tenerla no me interesaba entrar en ellas), seguía con interés los discursos de varios de los más importantes líderes de la nación (Raúl Leoni, Rómulo Betancourt, Rafael Caldera, Jóvito Villalba, Carlos Andrés Pérez, Luis Herrera, etc.) y sentía admiración por ellos, anhelaba algún día poder alcanzar su discurso e inteligencia, y hasta llegué a decir con cara de descubrir el mundo que quería ser presidente. 


 
Pasó el tiempo, y el país en el que nací y crecí se hizo otro, igual sucedió con el uso de las palabras. Los líderes comenzaron recitar sus discursos para el engaño y el mero proselitismo, y al poco tiempo esas mentiras eran mostradas ante un país atónito, que poco a poco fue perdiendo la inocencia. Sin pretenderlo, los discursos se agotaron, porque las palabras se hicieron huecas, vacías; sin peso ni verdad. Ya no importaba cómo las combinaran, o si los discursos fueran bienintencionados o no, porque las palabras perdieron su esencia, su valor, su contundencia, y nos hartamos de escucharlas. Las palabras hieren como armas, pueden ser letales y mortíferas, y su uso despiadado surte el efecto de dañar desde las raíces, y un ejemplo de esto ha sido el uso dado a las palabras en las dos últimas décadas. En lo personal, nunca creí que llegaría a hartarme de escuchar palabras sin alma, es decir, carentes de sentido de la verdad, pero así ocurrió y me ha enfermado. Hoy, cuando las escucho en la radio o en la televisión, o cuando las leo en las redes sociales, muy pronto paso de largo para no contaminarme. Cuando las palabras se utilizan como formulismo, como slogans, o para ideologizar y hacernos creer realidades sobrevenidas, se convierten en lugares comunes y pierden su efecto y su poder. 




Considero la urgente necesidad de resemantizar el discurso, de llenarlo de contenido, que cuando expresemos algo lo hagamos con la convicción de estar construyendo mundos, de estar abriendo caminos. Hablar por hablar carece de sentido y empobrece el contexto al que van dirigidas las palabras, lo que ocasiona un profundo daño social al herir su tejido al extremo de la perplejidad y el desencanto. Nuestra sociedad está enferma de verborragia y de escepticismo, y se requerirá de un gran esfuerzo para devolverle la alegría que yo sentía de niño, cuando mis padres me daban un sí, y yo dormía gustoso y feliz a la espera de lo que vendría.


 
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