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El chavismo, las oposiciones y EEUU negocian: ¿de verdad se puede lograr algo?

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¿de verdad se puede lograr algo?
Negociación en Venezuela


Desde las cuestionadas presidenciales de 2018 la cosa se ha vuelto un garabato cada vez más ilegible. Urge tomar medidas que destraben la real politik. En este orden de ideas, Juan Guaidó ha propuesto un Plan de Salvación Nacional que genera no pocas interrogantes. Y además, otros actores proponen caminos distintos desde oposiciones distintas. En esta entrevista, el politólogo John Magdaleno nos ayuda a entender dónde estamos y desgrana las distintas aristas posibles para salir del inmovilismo

lgo se agita en la discusión política tras un periodo en el que todos parecían ajustados y afianzados en sus papeles. En el inmovilismo, hay que decirlo. ¿Avanzamos hacia algo? ¿Se avizora una transición? Es temprano todavía, pero tratemos de entender dónde estamos.

John Magdaleno es politólogo egresado de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Tiene una maestría en Ciencia Política por la Universidad Simón Bolívar (USB). También una especialización en Análisis de Datos por la UCV y tiene su propia firma consultora, Polity. Su hablar sereno y calmado encaja perfectamente con la naturaleza de sus análisis: Magdaleno siempre evita los extremos, las posiciones radicales per se. Por eso conversamos con él para evaluar el momento.


-El régimen de Nicolás Maduro está sostenido por un feroz aparato represivo. Acá entran diversos actores, desde la FANB, hasta las mega bandas, pasando por la presencia en el país de factores extremistas como el ELN, el G2 cubano, la disidencia de las FARC, Hezbollah, Hamás, los sindicatos del Arco Minero, el pranato de las cárceles y los grupos policiales acusados por Bachelet como FAES. ¿Cómo sentarse a dialogar con un actor de esta naturaleza?


-La preocupación subyacente a la pregunta es que existe un entramado de violencia integrado por organizaciones criminales, nacionales e internacionales, directamente vinculado a la institucionalidad estatal. Pero ¡cuidado! Distingamos dos cosas, porque analizar equivale a descomponer. Claro que hay organizaciones criminales en Venezuela que ponen en jaque la vida cotidiana de los venezolanos en la actualidad y representan una amenaza para el futuro, incluso en el escenario de una redemocratización. Entre otras cosas porque socavan la soberanía territorial y el monopolio del uso de la fuerza, una función que el sociólogo alemán Max Weber reservaba para el Estado moderno. Pero difícilmente puede sostenerse que todas las fuerzas irregulares, las organizaciones terroristas y las bandas criminales que operan en Venezuela están directamente asociadas al Estado, sin mayor explicación.


Para empezar, ni el régimen político ni el Estado constituyen una entidad monolítica. Ningún tipo de régimen político opera como un solo actor. Las organizaciones criminales, por su parte, tampoco constituyen un solo actor. Mucho menos puede admitirse la idea de que el Estado y esas organizaciones criminales constituyen un mismo actor.


Para poner algunos ejemplos: ¿realmente puede afirmarse que la “banda del Coqui” actúa en coordinación con actores del alto gobierno o de los cuerpos policiales?, si lo que viene ocurriendo desde hace meses es que esa banda desafía abiertamente a los cuerpos de seguridad del Estado; ¿realmente se cree que a toda la coalición dominante le conviene ser acusada de vínculos con el narcotráfico?, ¿o es que acaso se cree que todos se lucran de esa actividad, en todos los niveles de la institucionalidad estatal, sin excepción?; ¿crees que a un gobierno que está buscando al menos una flexibilización de las sanciones internacionales le interesa simultáneamente mantener el vínculo con organizaciones terroristas? Por lo demás, ¿cuán estrecho y orgánico, si pudiera afirmarse tal cosa, es ese vínculo con algunas figuras?; ¿qué puede decirse de la noticia del reciente fallecimiento de Jesús Santrich, al parecer en medio de una confrontación entre fuerzas irregulares y mercenarios, que aun se investiga?


Que la oposición no haya radiografiado nítidamente a los diversos grupos de poder y las facciones que habitan en la coalición dominante, sus relaciones y dinámicas es otra cosa. Que no se haya logrado determinar, más allá de la información que otros países han suministrado, vínculos adicionales entre ciertos actores (institucionales o individuales) del régimen político y ciertas organizaciones criminales, es otro asunto. Las acusaciones que se conocen provienen fundamentalmente de la administración norteamericana. Pero sería interesante profundizar.


Las organizaciones criminales presentes en Venezuela no han sido, en mi opinión, el obstáculo decisivo para que los procesos de negociación llevados a cabo hasta la fecha no hayan resultado en acuerdos, como tampoco son el bloqueador definitivo de una eventual transición a la democracia. Con todos los problemas que estas organizaciones representan para el país, que no son menores, hay otros factores que en mi opinión son mucho más importantes a la hora de intentar estimular una redemocratización. En ciertos círculos venezolanos hay cierta tendencia a sobredimensionar el impacto de los “factores estructurales” y a subestimar el efecto de las “variables de agencia”, es decir, el rol de determinados actores (institucionales e individuales).


Pero resulta que desde los 80 la literatura sobre transiciones a la democracia viene enfatizando el rol que ejercen las “variables de agencia” para promover cambios de regímenes en lugares y circunstancias que, conforme a los “estructuralistas”, resultaban “imposibles”. Muchos “estructuralistas venezolanos” no tienen ni idea de cómo tuvieron lugar las transiciones a la democracia en muchas latitudes. Es una materia que realmente ignoran.


En Venezuela no estamos en una circunstancia en la que, como sí ocurre en algunos países africanos, diversos grupos pelean por el control de la institucionalidad estatal al punto que no hay una sola autoridad que tome decisiones colectivamente vinculantes sino múltiples centros de poder en disputa (es decir, no hay un Estado en el sentido moderno de la expresión).


En Venezuela no hay un conflicto armado (una guerra civil, por ejemplo). No estamos en una situación en la cual la criminalidad haya tomado control de casi toda la sociedad. No. Por ello, creo que Venezuela es más un caso de “Estado frágil” que propiamente un “Estado fallido”. Al menos hasta la fecha. Revísese el “Índice de Estados Frágiles” del Fund for Peace.


-James Story ha dicho que Estados Unidos “evaluará el levantamiento de sanciones si hay una ruta de elecciones libres”. Guaidó está pidiendo presidenciales. Sin embargo, Story a la vez dice que Estados Unidos no tiene nada que ver en el Plan de Salvación Nacional que propone Guaidó. Entonces, siendo que lo que se plantea es una tríada: gobierno-oposición-comunidad internacional, y Guaidó está básicamente respaldado por Biden, ¿cómo queda Estados Unidos acá?


-Hasta donde puedo saber, desde finales de 2017 hay coordinación entre sectores de la oposición y la administración norteamericana. Eso no es un secreto para nadie. La “Propuesta de Salvación Nacional” cuenta con el respaldo del gobierno norteamericano. El rol de Estados Unidos es el del actor que mantiene las presiones y amenazas externas para estimular un cambio de conducta por parte del régimen autoritario. No digo que la Unión Europea no presione, pues en efecto también lo hace, sino que el rol de Estados Unidos es el del actor que más ostensiblemente presiona, en parte porque tiene voluntad (hasta un determinado límite) y ese parece haber sido su compromiso. En el caso de la Unión Europea, una dificultad es poner de acuerdo a sus 27 Estados-miembros.


Ahora, en la pregunta hay un tema crucial relacionado con las negociaciones.


Estados Unidos le plantea los siguientes términos al régimen de Maduro: “restituye garantías al punto de permitir que se celebren elecciones verdaderamente libres y competitivas, y evaluamos el levantamiento o la eventual flexibilización de las sanciones”. Esos son los términos públicos de la negociación y en torno a ellos se han estado produciendo señales de parte del autoritarismo: una mejora relativa de garantías y condiciones electorales. Se podrá tener el juicio que sea en torno tales mejoras relativas, pero el hecho fáctico es que constituyen señales que se dan en el contexto de una negociación propuesta por Estados Unidos. La restitución de cualquier garantía es importante cuando se desea promover una redemocratización. Claro que, a medida que estas empiezan a producirse, son insuficientes. Pero ayudan a la causa de la redemocratización.


Y, por supuesto, hay dos preguntas cruciales que formular y responder: la primera, ¿hasta dónde están dispuestos a llegar los principales decisores del autoritarismo venezolano?. Esto es, ¿cuáles garantías sí estarían dispuestos a restituir y cuáles no? La implicación de esto no es menor porque, para simplificar, de la respuesta podrían derivarse cuatro escenarios:


a) que el régimen no esté dispuesto a restituir garantías esenciales -libertades civiles y derechos políticos, por ejemplo- y prefiera mantenerse donde está: en un autoritarismo hegemónico con ciertos rasgos totalitarios y sultanísticos, la caracterización que me parece más ajustada al caso venezolano después de estudiar a muchos autores;


b) que se decida retroceder al tipo de régimen político que, en mi opinión, tuvo el país hasta las parlamentarias de 2015: un autoritarismo competitivo;


c) que se decida iniciar una liberalización política parcial o limitada pensando en que, de ese modo, se podría reducir la presión externa y estabilizar al régimen: una autocracia parcialmente liberalizada o, como dirían O’Donnell y Schmitter, una “dictablanda”;


d) permitir una redemocratización, una opción poco probable en un autoritarismo hegemónico.


oposición

Para Magdaleno es fundamental que los líderes opositores busquen conocer procesos de transición hacia la democracia ocurridos en otros países (Foto: EFE/ Rayner Peña)


La segunda pregunta es esta: ¿podría ocurrir que, en algún momento, algunos factores que integran la coalición dominante sí estén dispuestos a fijar una ruta que conduzca propiamente a una redemocratización? Porque, en el fondo, eso es lo que están planteando tanto la oposición venezolana como Estados Unidos.


La cuestión clave sería saber si esta propuesta contribuye a que se produzcan desacuerdos, tomas de distancia, tensiones, fisuras y hasta eventuales fracturas en el seno de la coalición dominante o no. Pues la experiencia internacional es muy elocuente en materia de transiciones a la democracia: de 102 casos que hemos analizado, 83 tuvieron lugar gracias a algún tipo de fractura de la coalición dominante y en no menos de 61 hubo algún tipo de negociación que facilitó el proceso.


Así que, en efecto, guste o no guste, la negociación es un medio necesario para explorar qué tipo de incentivos, además de las presiones y amenazas, podrían estimular una restitución de garantías violadas o una eventual fractura de la coalición dominante.


Y aquí se requiere hacer una precisión: en Venezuela, cuando se habla de negociaciones, se tienen en mente una sola imagen: conversaciones gobierno-oposición. Pero esa es, en verdad, una imagen muy simplista. Las negociaciones suelen efectuarse en múltiples niveles y entre diferentes interlocutores, no solo entre gobierno y oposición.


En muchos casos de transiciones a la democracia las negociaciones se produjeron entre actores distintos a los representantes del alto gobierno y de la oposición. Por ejemplo, se conocen casos en que las conversaciones se dieron entre ciertos políticos y militares vinculados a la coalición dominante -una subcoalición en la que no estaban todos los decisores del régimen- y sectores de la oposición. En otros casos se dieron entre una subcoalición más amplia integrada por políticos, militares y empresarios vinculados a la coalición dominante y a los sectores opositores. En otros casos adicionales participaron militares, opositores y actores internacionales. En fin, el tema da para una larga conversación en la que podríamos examinar caso por caso.


– Lo que está planteando Juan Guaidó es un Plan de Salvación Nacional en el cual los tres actores sean la comunidad internacional, su team y el régimen. ¿Cómo ve a la oposición, que está tan dividida y fragmentada?


-Esta es, en mi opinión, la variable que sí se puede intervenir más directamente por razones obvias. Pero ella demanda, por un lado, madurez y altura de miras por parte del liderazgo opositor, y por otro, del desarrollo de una visión estratégica capaz de estimular un consenso mayoritario. Respecto de este último asunto perduran, me temo, resistencias nada fáciles de vencer. Y por ello a estas alturas tengo claro que no es factible lograr el respaldo unánime de toda la oposición a una sola visión, cualquiera que ella sea.


En los contactos que personalmente he tenido con varios líderes opositores durante los últimos cinco años me he conseguido con un fenómeno llamativo: a algunos les parece que la investigación sobre transiciones a la democracia es de mucha utilidad, mientras que a otros les parece irrelevante.


Ya este “parteaguas” comunica un mensaje muy elocuente. ¿Cómo es posible que a un líder político le parezca irrelevante conocer cómo tuvieron lugar 102 casos de transiciones a la democracia en el mundo? Es algo inaudito, por decir lo menos. No solo ocurre que algunos líderes políticos desconocen la materia, sino que, por si fuera poco, no sienten interés en aprender sobre el particular.


Quizás por ello sean inevitables las comparaciones entre esta generación de políticos y las anteriores. Uno recuerda a Betancourt, a Caldera y a Villalba, y al margen de las diferencias que se hayan podido tener, hay un rasgo común: eran individuos con genuina inquietud intelectual, con sed de conocimiento. Para mi propia sorpresa, ciertos líderes opositores se sienten confortables en su limitado “mundo cognoscitivo”. Y resulta que la calidad del liderazgo, en cualquier dimensión de la vida social, está asociada al menos en parte a la amplitud y profundidad de lo que sabe, así como a la destrezas y habilidades que se desarrollan a lo largo de la vida. Ciertamente, no puedo generalizar y no deseo que se me malinterprete: hay líderes opositores inteligentes, estudiosos e ingeniosos. Pero no puedo decir que esos rasgos caracterizan a todo el liderazgo opositor.


En mi opinión, hay cuatro oposiciones con distintas visiones estratégicas: 1) los factores de la llamada “Mesa de Diálogo Nacional” (conocida con el mote de “La Mesita”); 2) el sector que dirigen Guaidó y López, al que llamo “la oposición oficial”, por ser el que ha dirigido la estrategia opositora hasta la fecha, por constituir el que es reconocido por más de 50 países y porque aun tiene interlocución permanente con esos y otros actores internacionales; 3) un sector emergente, que proviene del mismo seno de la coalición de partidos dirigida por Guaidó y López, que lidera Henrique Capriles Radonski, que está ganando terreno en el seno de la oposición, y; 4) el sector que representa María Corina Machado. Lo que algunos llaman como “los alacranes” no serían, en mi opinión, propiamente opositores, aunque bien valdría la pena que algún día se hiciera una distinción rigurosa entre quienes realmente han sido cooptados por el régimen autoritario y quienes no.


Me luce bastante claro que el sector capitaneado por Guaidó y López viene perdiendo capacidad de influencia, no solo por lo que registran varios estudios de opinión o porque ya no son los únicos interlocutores con los que hablan actores de la comunidad internacional. El problema que está detrás de esa pérdida de influencia es la estrategia que se promovió, defendió y desarrolló durante no menos de 3 años y medio. Una estrategia maximalista, en la que se procuró una salida de fuerza rápida, esencialmente apalancada en el respaldo internacional. Una estrategia que erró en el abordaje de ciertos factores de la coalición dominante, particularmente de los militares.


Pues bien, esa estrategia ha venido experimentando, particularmente desde el año pasado, una mutación, pero cabe preguntarse, así como lo analizamos respecto del gobierno: ¿en qué está dispuesto a ceder ese sector, en primer lugar, en el seno mismo de la oposición y, en segundo lugar, frente al gobierno?; ¿están a tiempo para instrumentar una rectificación?; ¿en ausencia de una fuente de presión interna, precisamente el flanco que se descuidó desde finales de 2017, cuán presionado está el régimen autoritario para restituir garantías?


El gobierno parece dispuesto hoy a restituir algunas garantías esencialmente por el impacto de las sanciones internacionales sobre los ingresos del Estado, el efecto que han tenido los últimos dos informes de la Oficina de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos de la ONU y la trayectoria de las acusaciones contra altos funcionarios públicos del Estado venezolano en la Corte Penal Internacional.


La emergencia de la corriente de Capriles con una visión estratégica alternativa podría llegar a provocar reacomodos en el seno de la oposición, que dependerán, por un lado, de cuánto se logre avanzar en las negociaciones, y por otro, de los incentivos políticos que tal sector le proponga al resto. Si lo que plantea esta corriente es una sustitución, sin más, del liderazgo político, eso va a generar mayores resistencias y tensiones. Pero si lo que plantea es la conformación de una dirección política colegiada, en donde no se excluya a ningún actor relevante, entonces el resultado pudiera ser otro. Me parece que lo que está sobre la mesa es una discusión seria sobre la estrategia.


Estoy persuadido de que con el objeto de crear un marco estratégico común para la reflexión colectiva del liderazgo opositor, valdría la pena que todos, sin excepción, tanto los que han mostrado interés como los que no, se informaran un poco más sobre cómo han ocurrido las transiciones a la democracia en el mundo. Creo que de ese modo los debates pueden pasar de un plano normativo o deontológico, donde les gusta a ciertos líderes ubicarlo, a un plano más realista y práctico. Estudiar y discutir casos de transiciones a la democracia pude ayudar a forjar un consenso mayoritario, a sabiendas, claro está, de que no hay una receta universal, de que cada proceso tiene sus peculiaridades histórico-sociales y, sobre todo, de que cada uno ofrece aprendizajes de interés.


-Viéndolo en su conjunto, ¿qué tan factible es un Plan de Salvación Nacional en el cual ni Maduro quiere soltar la presidencia, ni Juan Guaidó quiere dejar sus ambiciones de ser Presidente y la comunidad internacional no pasa de los comunicados? Haga la vinculación con el CNE, que es la raíz el asunto, ¿cuál es la factibilidad de esto?


-La respuesta a esta pregunta demanda algo de contexto. Venezuela requiere con urgencia una transición integral, esto es: a) atender a la brevedad una compleja crisis humanitaria; b) iniciar un proceso de redemocratización; c) una recuperación de la economía, y; d) una reconstitución del tejido social, para resaltar sólo cuatro dimensiones vitales.


Entendámoslo: el proceso es complejo y no depende solo de la voluntad y determinación de la oposición sino de muchos factores más.


En el caso específico de la oposición, más allá de las consignas y posturas con pretensiones épicas, es clave dar con una estrategia realista y factible. Y si se desea elevar la probabilidad de que los cursos de acción en estas cuatro direcciones tengan el resultado esperado y sean perdurables a largo plazo, es claro que se requiere un cambio de régimen político, es decir, el inicio de una transición a la democracia. Sin esto, es difícil que se produzcan mejoras significativas y perdurables en las cuatro dimensiones.


La investigación de Przeworski, Álvarez, Cheibub y Limongi del año 2000 (Democracy and Development) demostró, para poner un ejemplo, que la democracia, allí donde ha sido establecida, es más perdurable en el tiempo en sociedades prósperas. Esa misma investigación refuta la hipotética relación causal conforme a la cual el desarrollo económico conduce inevitablemente a la democracia. Mírese el caso chino. A lo que sí puede contribuir una mejora económica es a facilitar una mejor organización social y política, pero ello también depende de las capacidades y habilidades que logre desarrollar la oposición. En estos temas es muy difícil encontrar “causalidades lineales”.


A mi modo de ver, el problema fundamental del “Plan de Salvación Nacional” presentado por Guaidó es el siguiente: ¿existen suficientes incentivos como para que algunos factores de poder de la coalición dominante abandonen la trayectoria estratégica que han tenido desde 2016?


Y mi respuesta es esta: algunos sectores oficialistas pudieran tener incentivos para que se produzca una distensión política, pero vista como una jugada táctica destinada a aflojar la presión externa que imponen las sanciones internacionales. Creo que difícilmente estarían dispuestos a iniciar una transición a la democracia que suponga su salida del poder y un futuro de persecución política, familiar y personal. Los sectores de oposición que proponen esto último no tienen conciencia de cuánto dificultan la transición al repetirlo. Por ello, hasta que no se trabaje de forma suficientemente exhaustiva en el cuadro de garantías e incentivos que podría precipitar una negociación exitosa o una fractura de la coalición dominante, no estaremos cerca de una redemocratización.


El mayor avance que el liderazgo político opositor podría dar, en este momento, es mejorar su comprensión sobre este tipo de procesos. Es complejo, ciertamente, pero es que los errores cometidos son gruesos.


En Venezuela se requiere con urgencia una fuente de presión interna que le eleve los costos al régimen autoritario por las continuas violaciones de garantías constitucionales. Y eso solo puede lograrse organizando y movilizando a una poderosa fuerza social y política para presionar por la restitución de tales garantías.


¿Cuál es la principal fuente de poder potencial de la oposición? Los venezolanos, el malestar de nosotros los venezolanos. Pero ese malestar es como una energía cinética. Está dormida. Hay que activarla. Por tanto, se requiere reclutar, articular, organizar, adiestrar y movilizar a un importante número de cuadros sociales y políticos que estén dispuestos a dar una contribución por la redemocratización del país. He llamado a ese poderoso movimiento nacional, por darle un nombre que ilustre lo que quiero decir, una “Red Nacional de Activistas por el Cambio”.


Y solo hay dos vías para canalizar a esa poderosa fuerza social: protestas no-violentas y elecciones. Hasta que no se entienda que es preciso organizar, entrenar y movilizar a esa fuente de presión interna, cualquier propuesta, cualquier iniciativa, va a adolecer de una seria falla estratégica. Es la combinación de presiones y amenazas internas y externas, junto a incentivos y garantías que se le ofrecen a sectores de la coalición dominante, lo que puede facilitar el inicio de una transición. Las amenazas y presiones externas, por sí solas, no están en capacidad de garantizarlo. En esos mismos 83 casos de transiciones a la democracia de los que hablamos antes, los factores verdaderamente decisivos fueron domésticos.






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