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El jardín de los frailes por Ricardo Gil Otaiza

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RICARDO GIL OTAIZA


Traigo a ustedes la reseña de un magnífico texto literario titulado El jardín de los frailes (Drácena Ediciones, S.L., 2021), del autor español Manuel Azaña (Alcalá de Henares-España 1880, Montauban-Francia, 1940), con Prólogo de Ángel Luis Prieto de Paula y en esmerada edición al cuidado de Lidia Rodríguez Miguel. Es importante indicar que Azaña forma parte de la historia no tan lejana de su país, ya que fue el primer presidente provisional de la II República, presidió luego el Consejo de Ministros (1931-1933) y posteriormente alcanzó de nuevo la presidencia de España en el período 1936-1939, en plena Guerra Civil.


Los doce capítulos iniciales de El jardín de los frailes fueron publicados por entregas entre 1921 y 1922 en la revista La Pluma, creada y dirigida por el propio Azaña. El libro al que hoy tenemos acceso, gracias a la extraordinaria labor cultural y literaria de Drácena, es la edición completa y definitiva preparada por el autor y publicada en 1927, que consta de diecinueve capítulos y de un breve Prólogo del Autor, además del ya citado texto de Prieto de Paula, que va más allá de los linderos de la mera antesala, para erigirse en un indispensable estudio preliminar, que nos abre los caminos a quienes nos acercamos a estas impecables páginas.

La obra en cuestión es difícil de encasillar en un solo género, ya que si bien es catalogada por la crítica como una novela, y que en su tiempo tuvo buena recepción, en ella se insertan de manera ejemplar otros géneros: ensayo, autoficción, diarismo, pero siempre desde lo confesional y la evocación, que hacen del libro un fresco muy versátil, aunque erudito, que se lee sin mayores dificultades. En estos textos nos cuenta el autor situaciones y vivencias atesoradas a su paso por el colegio y universidad en El Escorial, de los padres agustinos, en donde se formara entre sus quince y veinte años.
 
Es importante señalar que El jardín de los frailes es una obra en la que el autor contrasta las remembranzas del joven díscolo que fue, aunque lleno de sueños e ilusiones, y la visión del hombre maduro que se sienta a escribir con una importante experiencia personal sobre sus hombros. Es decir, su mirada es retrospectiva, razón por la cual considera al libro como a una novela (ergo, ficción), ya que lo enriquece con innumerables citas de la mitología griega y romana, clásicos latinos y españoles, y establece entre sus personajes y sus recuerdos un paralelismo con episodios del clásico de los clásicos: El Quijote.

El Azaña ducho, que ha trajinado los duros caminos del ejercicio profesional del Derecho y de las letras (en ambos reconocido), y que pronto llegaría a convertirse en un controvertido personaje y protagonista de la II República y de la Guerra Civil española, revisa sus recuerdos y los plasma. No obstante, lejos de toda nostalgia hallamos expresiones duras y libres de sentimentalismos, para erigirse en un acérrimo crítico de los religiosos que forjaron su educación, de su entorno académico y de sus propios compañeros.
 
No da tregua el autor a su rica prosa, a su incisivo sentido de la memoria, y con ellas documenta un período crucial en su vida, en su educación sentimental, y sin condescendencia alguna consigo mismo, ni para con los demás, llega a terribles y desconcertantes conclusiones: “Salí del colegio sin adquisición alguna; nada tenía que abandonar ni qué perder”.
 
Cada fraile es analizado desde su psicología y actuación, sin conmiseración ni requiebres; cada episodio y personaje son documentados y enriquecidos por los constantes referentes a lo mítico y a los clásicos, y todo ello constituye un denso magma que en sí mismo es un eslabón más en la comprensión de un país aletargado, hundido en el oscurantismo, que muy pronto entrará en una de las más cruentas etapas de su historia contemporánea.
 
Como lo expresa el prologuista, no encontramos piedad en los juicios de quien rememora. Nada escapa a su escrutadora e incisiva mirada. Si bien hay uno que otro fraile que arranca al narrador pesarosos recuerdos y hasta contadas simpatías, todo fluye hacia un determinismo profano, deslastrado de cualquier hálito de espiritualidad y de agradecimiento.
 
Antológico resulta el diálogo entre el joven Azaña y el padre Mariano (con el que finaliza la novela), a quien atisba tiempo después, cuando ya se había marchado de El Escorial, y regresa para reencontrarse con el pasado. Leamos un fragmento: “¿Tienes paz?”, le pregunta el padre, a lo que el joven responde: “Casi siempre”. “Peor es eso”, refuta el otro. Azaña replica: “No estoy muerto, padre Mariano. La paz proviene de aquietarme en la experiencia. ¿Qué más sé yo?”. “Es obligatorio rebasar la experiencia. El combate con el ángel te salvaría.”, ironizó el padre Mariano. “Desde el nacer, me acompaña un personaje, que no debe ser un ángel, rezongando de continuo, descontento de mí, como si yo pudiese darle mejor vida, sin acabar de decirme quién es ni qué pretende. Estoy, al cabo, aburrido de él. Matarlo sería un placer y no puedo. (…) Es un monstruo. Solo se me alcanza ponerlo en ridículo.”, expresó el joven. “Dios haga que escuches al monstruo y seas un día nuestro hijo pródigo.”, dijo el padre antes de marcharse.
 
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