Supo, con gran tino y precisión, hacer del texto breve un paradigma nada desdeñable frente al portento (comercial, sobre todo) que significa una obra de mediana o de gran extensión (la novela como arquetipo)...
Sigo la pista de Augusto Monterroso (escritor guatemalteco nacido en
Tegucigalpa en 1921 y fallecido en México en el 2003, país en el que
estaba exiliado desde 1944), a partir de la publicación de su libro de
memorias Los buscadores de oro (Anagrama, 1993). Es decir, casi treinta
años. La concisión de la obra, así como la dura honestidad de aquellas
breves páginas, me ganaron para siempre. Confieso que llegué tarde a
Monterroso, aunque aquello no me impidió que me hiciera de sus libros
anteriores y que lo acompañara en su aventura creadora hasta su libro
póstumo Literatura y vida (Alfaguara, 2004). Debió salir algún otro
libro luego (u otros), qué sé yo: la compilación de textos sueltos,
pequeños ensayos, fragmentos, relatos, artículos, reseñas, frases, solo
que la crisis nacional desatada pronto, impidió que llegaran a nuestras
librerías las novedades literarias.
El próximo año se conmemoran
veinte años de la muerte física de Monterroso, pero no la de su memoria
literaria, ya que para beneplácito de sus admiradores su obra y su
figura continúan siendo objeto de atención por parte de estudiosos,
críticos y de los lectores, lo que ha impedido que su legado se pierda
con el tiempo. Y creo que no se perderá (aunque nadie debería contar con
la etérea posteridad, porque es traicionera), ya que quienes nos
acercamos a su obra (escasa para nuestros deseos) terminamos convencidos
de sus grandes aportes a las letras latinoamericanas y universales.
En
Monterroso se conjugan significativas cualidades artísticas. Supo, con
gran tino y precisión, hacer del texto breve un paradigma nada
desdeñable frente al portento (comercial, sobre todo) que significa una
obra de mediana o de gran extensión (la novela como arquetipo).
Admirador como lo fue de Jorge Luis Borges, así como de los clásicos
latinos, griegos y españoles, conjugó en una prosa casi perfecta
hondura, humor, belleza e ironía, lo que se tradujo en textos que
impactan a los lectores, que los dejan boquiabiertos, que los sumergen
con elegancia y astucia en inauditos mundos.
Nadie se
queda neutral frente a la obra de Monterroso, porque en todos los
géneros que trabajó con perfección, dejó una huella imposible de obviar.
La fábula la rescató del olvido y la trajo a la contemporaneidad sin
que se viera afectada en su esencia, pero sí revestida de nuevos
matices. Aquello que comenzó como un juego divertido para él, se
transformó con el tiempo en una de sus cartas favoritas de presentación:
La oveja negra y demás fábulas, publicadas por primera vez en 1969 y
con decenas de ediciones en distintos países de habla española, y de
otras culturas. De esta pequeña obra expresó Gabriel García Márquez: “Este
libro hay que leerlo manos arriba: su peligrosidad se funda en la
sabiduría solapada y la belleza mortífera de la falta de seriedad.” Isaac Asimov no se quedó atrás, y nos dejó esta impresión: “Los pequeños textos de La Oveja negra y demás fábulas
de Augusto Monterroso, en apariencia inofensivos, muerden si uno se
acerca a ellos sin la debida cautela y dejan cicatrices, y precisamente
por eso son provechosos. Después de leer “El Mono que quería ser escritor satírico”, jamás volveré a ser el mismo.”
Monterroso
revolucionó el cuento y se hizo maestro del género. Su concisión, su
manejo perfecto de la palabra y de la anécdota, así como su sentido de
la ironía y de la provocación, hicieron del cuento latinoamericano
centro de interés de todo el orbe. Su primer libro, Obras completas
(y otros cuentos), publicado inicialmente en 1959, y con el que se dio a
conocer en vastos escenarios de la lengua española, es una obra maestra
del género. En este libro se halla su celebérrimo cuento El dinosaurio,
considerado el más breve del mundo (una línea), incluido en decenas de
antologías y recitado de memoria por celebridades de las letras y de
otras artes: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.
Su libro de memorias ya citado al inicio (Los buscadores oro)
es una obra maestra del género, y revela, en escasamente 110 páginas,
todo su mundo de la infancia y la adolescencia, así como la génesis de
su actividad literaria. Sin caer en el patetismo propio de las obras
memorialistas, desvela su interioridad, su mirada conmovida a un pasado
que lo marcó y que lo lanzó, sin miramientos de ninguna especie, por los
densos territorios de la palabra escrita.
Sus fragmentos de diarios, La letra e, así como sus ensayos y artículos, compilados en varios tomos (La vaca, Movimiento perpetuo, La palabra mágica y Literatura y vida,
entre otros) dejan al descubierto a un pensador agudo, incisivo,
irónico, mordaz y, sobre todo, poseedor de un fino humor llevado a los
extremos de la genialidad. En sus textos no queda nada por decir, es
Monterroso al desnudo, mirando y contando el mundo desde la óptica de
quien se siente abrazado por la corriente de la vida, pero al mismo
tiempo nadando a contracorriente.
Su única novela, Lo demás es silencio,
no es novela. Es en sí misma su antítesis, que se erige en cantera para
redescubrir nuevos derroteros en el género moderno inventado por
Cervantes.
Las entrevistas monterrosianas, agrupadas en Viaje al centro de la fábula
(1999), muestran un pensamiento incisivo y vivaz, y redefinen a la
entrevista como a un nuevo género, para hacer de él territorio de
grandes hallazgos y posibilidades estéticas.