Mérida, Octubre Lunes 14, 2024, 02:04 am
Pareciera que el mundo despierta ante la figura del hoy extinto papa
emérito Benedicto XVI. El haber traspasado los linderos de la oscura
puerta de la muerte, ha llevado a muchos a reflexionar e intentar poner
los puntos sobre la íes en torno de su figura y de su obra. Hace ya más
de veinte años, cuando leí el libro Las cartas secretas de Benedicto XVI
(2012), del periodista italiano Gianluigi Nuzzi, que muestra el
bochornoso caso ya para entonces conocido como Vatileaks, y que fuera
posible gracias a la traición de Paolo Gabriele, mayordomo personal del
Papa, quien sustrajera de su escritorio documentos confidenciales (que, a
decir del editor, “revelan la precariedad de la Iglesia católica”) y
los filtrara a los medios para el estupor del mundo, me dije, no sin
razón: “esta es la gota que derramará el vaso; esto no lo soportará
Benedicto”. Y así fue.
Muchos no lo saben, y no me canso de
repetirlo, pero en su primera homilía como Benedicto XVI el tímido
hombre de Baviera, el connotado teólogo (quien fuera joven asesor en el
Concilio Vaticano II del cardenal Joseph Frings de Colonia), el eximio
profesor de las universidades alemanas de Münster, Tubinga y Ratisbona, y
Vicerrector de la última, el otrora arzobispo de Múnich y Freising y
Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe durante veintitrés
años, el mundialmente conocido cardenal Joseph Ratzinger, el mano
derecha del papa Juan Pablo II, ya investido como Obispo de Roma, pidió a
los fieles católicos reunidos en la Plaza de San Pedro aquel domingo 24
de abril de 2005: “Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los
lobos.” Días antes, en pleno cónclave, cuando presentía que la votación
lo favorecería por amplia mayoría, en su fuero más íntimo le rogó a
Dios: “Por favor, no me hagas esto…”
El 11 de febrero de 2013,
para asombro del catolicismo, el papa Benedicto XVI hace saber de su
renuncia luego de siete años y diez meses de pontificado. En lengua
latina, la lengua de la iglesia y de la ciencia, escribe y lee el
documento, y lo hace con voz suave y pausada, como era su estilo, pero
por dentro, lo sabemos, lo supera todo un aluvión de sentimientos y de
emociones. Habían sido meses de reflexión y de oración, de ruegos de
señales al Altísimo, de largos silencios y de luchas interiores, pero
llegado el momento toma la decisión y nada ni nadie lo hacen retroceder;
ni siquiera su fiel secretario, el arzobispo Georg Gänswein, quien
turbado intenta disuadirlo. Daba así un enorme mentís a la vulgata
repetida una y otra vez durante su longeva existencia, de ser un
“ultraconservador”. Rompía con una larga tradición de más de seiscientos
años, referida a que el pontífice muere en el trono.
Lógicamente,
su estrecha cercanía con Juan Pablo II, el ser testigo de su dolorosa
enfermedad y de su inamovible decisión de no bajar de la cruz como el
propio Jesús, seguramente incidió para que, al verse incapaz y sin
fuerzas físicas y espirituales para continuar con la dura labor de
Pontífice, tomara tan drástica decisión. En sus propias palabras fue una
elección difícil pero consciente, de la que no se arrepintió en sus
casi diez años como Papa Emérito. Mucho se ha dicho al respecto, y se
han formulado diversas teorías conspiratorias, pero, creo yo, sería una
ofensa a la integridad moral de Benedicto no creer su versión.
Obviamente, todo lo que se conoce acerca de los escándalos sexuales del vaticano (el llamado lobby gay),
la pederastia, así como la poca transparencia en las finanzas del
Estado, el ya citado Vatileaks y la infiltración de la masonería
(incluso en jerarcas de la Iglesia), fueron un peso demasiado grande
para los débiles hombros del Papa bávaro, quien tuvo a lo largo de su
existencia graves problemas de salud y siempre fuera reacio a gobernar,
dado, como era por definición, un trabajador del intelecto, y que
descolló entre los grandes de su tiempo. No obstante, fue el mal llamado
“ultraconservador” quien abrió a la Iglesia como nunca se había hecho, a
deslastrarla de indeseables, a depurarla de sus máculas, a limpiar su
rostro y a dejar que entrara en ella la luz.
Esos movimientos
estratégicos por parte del Papa alemán, pusieron en guardia y en alerta a
los enemigos internos y externos de la Iglesia, que los hay a montón
(quizás más de los primeros), y desataron toda una campaña de agresión y
desprestigio en su contra desde los medios, y fueron despiadados y
crueles, hasta el punto de la calumnia, que aún hoy prosigue a pesar de
su muerte. Sufrió mucho Benedicto XVI, y esto hay que decirlo. Su
renuncia fue en esencia un acto valeroso y de amor a la Iglesia, pero
también de suma humildad y desprendimiento, así como un descanso a su
fatigado espíritu.
Su legado es, en esencia, haber conjugado, con sabiduría, fe y razón (ciencia): ambas no se anulan sino se complementan. Su Catecismo de la Iglesia Católica,
sus tres Encíclicas, verdaderas joyas, así como su obra teológica que
supera el centenar de libros, quedan como testimonios de su inteligencia
y de su pasión por Jesús y por la Iglesia. Su humildad, sus modos
afables y sencillos, así como su sufrimiento y martirio incruento, dicen
de su gigantesca humanidad y de su santidad. Sus enseñanzas y su
clarividencia nos muestran con diafanidad al Doctor de la Iglesia y al
maestro de la fe, que trascenderá, sin duda, el tiempo y el espacio.
rigilo99@gmail.com