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FERIA DE ABRIL / DECIMOCUARTO FESTEJO DE ABONO

Un colosal Daniel Luque protagoniza, junto al presidente, el debut con matices de La Quinta

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El torero de Gerena volvió a mostrarse inmenso de sagacidad, audacia y torería ante su exigente lote santacolomeño. Foto: @maestranzapages


El Juli debió cortar una oreja, que negó el nuevamente desacertado Fernández Rey. *** Pablo Aguado brindó con discreción a Curro Romero: fue el mozo de espadas el que le llevó la montera al Faraón, con una nota en su interior

JESÚS BAYORT

Diario ABC de Sevilla

 

SEVILLA.- Entre despertares y dormiciones de una Feria de Abril con más luces que sombras nos plantamos en el tradicional domingo de Miura, que cedía todo su protagonismo al tan esperado debut de los toros de La Quinta. Una ganadería que había demostrado su categoría fuera de sus fronteras, así como cuando rechazó venir en 2022 por el tiempo y las formas de la petición. Para la que se barruntaba un triunfo importante entre los círculos taurinos de la ciudad, amplificado tras el soberbio primero. Que finalmente generó tantas dificultades en el ruedo como interés y momentos de descontento durante la tarde, con un colosal Daniel Luque que se comprometió y la comprendió magistralmente.

 

Detenido era digno de que lo disecaran íntegramente. Con el trapío de los cinco años, con la armonía única de Santa Coloma y con la expresión sublime de La Quinta. Salía oliendo el albero alcalareño. Descubriendo, como debutantes que eran, el ruedo de la Plaza de Toros de la Maestranza. Del quiebro primero con el que parecía tentar al Juli brotó un océano de casta, arreando al capote, apretando al caballo. Sin tomar la vara de largo, clavando siempre el pitón izquierdo. En los medios se plantaba Juli, en corto, atronando en cada toque por la derecha. Y el cardenito, en pausado gesto, colocaba la cara para embestir a cámara lenta. En una expresión talentosa. Con el mérito que tiene acompañar una embestida así, a ritmo de palio, escuchando inhalaciones y exhalaciones, que como racheos que rozan adoquines le acariciaban los machos. Y cuando parecía aburrirse el de La Quinta, cuando muchos intuimos el momento de coger la espada –que por eso escribimos crónicas en lugar de comprarnos fincas–, llegó el madrileño, único en su especie, y comprendió que había algo más. En una soberbia serie por la diestra, con el compás como las 12.30 horas, con los nudillos acariciando el albero, con un trazo de punta a punta de la plaza. Tremendo, que daba lugar a cantarle dos o tres «oles» en cada muletazo. Como en el último pase de pecho, extraordinario, hondo y magistral. Que nuevamente protagonizó Fernández Rey, con gritos de «¡fuera, fuera!», negándole la oreja. La vuelta al ruedo tuvo la misma intensidad que la bronca al presidente.

Jabalí mantuvo siempre su mal estilo, con cara de listo, metiendo el pitón contrario en los embroques. Señorón por delante, armónico en su conjunto. Que venía enlotado con la pintura primera. Con todo el esmero del mundo le dieron en el caballo, y aun así puso en apuros las banderillas, rápidas en su desarrollo. Como rápida fue la lidia de El Juli, que lo expulsaba en su salida de tablas, que le buscaba la cercanía de terrenos. Donde menos podía ver y pensar el animal. Con la mano izquierda y la espada ayudada. «¡Pendientes ahí!», le gritaba a la cuadrilla en la confirmación de su desconfianza por la apuesta. A estas alturas, el esfuerzo ante la incierta e insulsa embestida no parecía compensarle. Por tres veces lo pinchaba, mientras el prismático, apuntando en su dirección, cazaba por detrás al presidente (hoy suplente) Fernández Figueroa gesticulando con Luque Teruel una representación del clásico sartenazo. ¡Qué arte 

La plenitud de Luque

Muy medido se mostraba Daniel Luque con el capote ante Conejillo, el sobrero, después de que el titular se partiera la pata. Entre caricias, a media altura. Reservando lo que trajera el de La Quinta, aún sin destapar cuando llegó el volantín. Portentoso fueron los dos pares de Iván García, sin la psicosis habitual por las complicaciones de Santa Coloma, con decisión. Una delicia era ver al de Gerena plantear la faena, prodigioso en tiempo, altura y distancia. Se hacía el silencio en la Maestranza, con el interés de ver cómo resolvía Luque la carencia de humillación del izquierdo, los apretones del derecho. Derrochaban categoría las palmas que lo acompañaban en su caminar a por la espada. El reconocimiento de unos tendidos más calmados y sensatos que en días de farolillos y gin-tonics. Pese a que siguiera el tío ofertándolos como almendras por las gradas. «Gin-toniiiiiics». ¡Qué vergüenza!

Lo de Luque con Ibarreño fue un recital para reproducir en las escuelas de tauromaquia. Un recital de sagacidad, valor, dominio y torería. Sin exageraciones con el capote, preservando todo para la muleta. Con gesto de pedir paciencia respondía el de Gerena al que le gritaba por el sol con el poco afortunado «¡má talo!», antes del primer muletazo. Seguramente le daría igual lo que terminó viendo, porque no fue fácil de comprender. Como difícil lectura tenía el de La Quinta, fino en su cuerpo, sin codicia y a regañadientes, pero con la emoción que daba su integridad. De presentación y carácter. Ordenaba Luque el planteamiento, preparaba el hito: de uno en uno, saliendo hacia la culata. Para que parara, para que se afianzara y fijara en su embestida. Hasta que encontró la oportunidad, en una serie suprema (siempre por la zurda). Suave en su llamada, hilada en su transcurso, bajísima en su final. Y por fin tomaba la diestra (anda que iba a medias tintas), con el brazo caído, suelto, teniendo que llegar al hocico. Y ni por esas se le venía, en un esfuerzo titánico. Que seguía nuevamente al natural, hundido el torero, ofreciendo la femoral, metiendo el muslo entre los pitones, sacando la franela desde atrás. Que terminaba pintando obras de arte sobre el lienzo inigualable de la Maestranza. La misma paciencia de la faena protagonizó el momento postrero. Cuadrando a Ibarreño, buscando la muerte. Que llegó en forma de 'La estocada de Benlliure'. Tremenda. Oreja de peso, con el peso de una tarde y una feria para el recuerdo de Daniel Luque.

El brindis de Aguado

 De primera hora trataba Pablo Aguado de lancear a Almonteño. Precioso en su pelo –cárdeno girón–, preciosa también su hechura. Con mejor disposición que resultado, incomodado por la brisa, por el capote tan abiertamente agarrado. Y el de La Quinta empezaba a cantar cosas buenas, como en el capote de Diego Ramón Jiménez, como en el extraordinario puyazo de Mario Benítez, al que apretó con los cuartos traseros. ¿Cómo debemos llamar a los lances del quite? Parecían delantales, con el dorso de las palmas, con la pata 'palante'. Muy expresivos en su propuesta, con poco eco en la plaza. Sevilla hacia el silencio: había intuido cosas prometedoras, ansiaba por confirmarlas en la muleta. Y el enésimo petardo del clarinetero descomponía la liturgia para arrancar la ovación. De consolación, de guasa. Aguado parecía no brindar la faena, que le entregaba la montera al mozo de espadas para que se la llevara a Curro Romero con una nota en su interior, en que la que le explicaba «la manera íntima y discreta» con la que lo había querido homenajear, así como el «triunfo» por su asistencia. Con la misma dulzura y franqueza de Almonteño trataba Aguado de torearlo, lentísimo en su trazo, demasiado pegado a tablas. Resguardado de la brisa, coartando la libertad del animal. A mitad de faena parecía tomar vuelo aquello, con la seguridad en el cite, con el aplomo en su estampa. Que se desvaneció al tercero, cuando trató de redondearlo, sin que Almonteño saliera del engaño. Lo cazó bajito, suficiente para tapar bocas. Se ovacionó al animal en su arrastre, se silenció al matador.

 Almaviva parecía levantar el ánimo de Aguado, que cuajaba verónicas soñadas, que crujía a Sevilla. Siempre por el lado derecho, por donde rebosaba franqueza en su apertura. Se crecía el sevillano a su encuentro, levantado desde las puntillas, agigantado cuando obró una media lentísima, apasionada. Le cantaba la Maestranza su recibo, y los doblones para quitarlo del caballo. Enseñando los tirantes, tirando de ambas manos. Muy cerrado en tablas volvió a empezar la faena, desbordado entre coladas y arreones. Que corrigió cambiando de terrenos, casi en la Puerta del Príncipe, donde mejor le tomó el pulso, que encontró una serie al ralentí. Enganchando con la puntita de la muleta, dejando caer su figura, yéndose detrás de la embestida. Como cuando volvió a agarrarse a la culata, que tanto desesperó al pueblo. Que motivó que le pidieran el fin.

FICHA DEL FESTEJO

 

Se lidiaron toros de LA QUINTA. 1º, de suprema calidad y temple (ovacionado); 2º, devuelto; 2º bis, sin fondo; 3º, con franqueza (ovacionado); 4º, con mal estilo y reventado en el caballo (pitado); 5º, sin codicia aunque con profundidad; 6º, difícil.

 

JULIÁN LÓPEZ 'EL JULI', de verde esperanza y oro. Estocada (vuelta al ruedo tras petición); tres pinchazos y estocada (silencio).

DANIEL LUQUE, de salmón y plata. Estocada (ovación); estocada (oreja).

PABLO AGUADO, de púrpura y oro. Estocada caída (silencio); tres cuartos de estocada( silencio).

 

Plaza de Toros de la Real Maestranza. Domingo, 30 de abril de 2023. Decimocuarta de abono. Casi lleno, con algunos huecos en sol. Presidió Gabriel Fernández Rey, mal.





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