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Por Alberto José Hurtado B.

Opciones ante el eclipse del multilateralismo por Alberto José Hurtado B.



Opciones ante el eclipse del multilateralismo por Alberto José Hurtado B.

En un contexto de creciente rivalidad entre países que se disputan el liderazgo mundial, junto con una evidente desintegración del orden multilateral, las llamadas naciones no alineadas enfrentan una disyuntiva. Es decir, los Estados que no participan de manera directa en la confrontación geopolítica, pero sufren las consecuencias de las decisiones que toman las grandes potencias, tradicionalmente son vistos como actores pasivos dentro del orden internacional, pero estas economías tienen en la actualidad la oportunidad de adoptar estrategias proactivas para mitigar los choques externos y avanzar hacia una diplomacia económica estratégica.

En particular, son naciones que deben elegir entre tres opciones: alineamiento, aquiescencia y mitigación. El alineamiento implica participar en una lógica binaria entre potencias rivales, ya sea mediante adhesión explícita o estrategias intermedias como el equilibrio o la cobertura (hedging), decidiendo por un único frente de batalla. Sin embargo, este enfoque reduce la autonomía al vincular múltiples dimensiones (comercio, tecnología, seguridad, entre otras), a una sola postura geopolítica, lo que resulta subóptimo en un mundo no estrictamente de suma cero. Por su parte, la aquiescencia consiste en gestos simbólicos de complacencia hacia una potencia dominante, sin compromisos estratégicos duraderos; es una táctica de corto plazo útil frente a liderazgos impredecibles, pero insuficiente para construir resiliencia estructural. Y la tercera opción, la mitigación, representa un enfoque innovador donde se evita adaptación pasiva de los países a las perturbaciones, y en su lugar busca transformar sus causas mediante la construcción de nuevos marcos institucionales basados en coaliciones voluntarias.

Este último enfoque de también se conoce como multilateralismo pionero (pathfinder multilateralism). Y en este orden la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) es un ejemplo notorio, ya que mediante la centralidad ASEAN ha defendido la autonomía regional frente a la hegemonía externa. De manera similar, el Acuerdo Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (en inglés CPTPP), reconstruido tras la retirada de los Estados Unidos en 2017, demuestra que los acuerdos comerciales de alto nivel pueden prosperar sin liderazgo hegemónico. Incluso la Asociación Económica Integral Regional (en inglés RCEP), aunque con estándares menos ambiciosos, muestra cómo la cooperación flexible entre economías diversas (incluidas China, Japón y Corea del Sur), puede generar bloques comercialmente atractivos bajo liderazgo regional. Estas iniciativas comparten un rasgo en común, se basan en reglas mutuamente aceptadas, incentivos compatibles y gobernanza descentralizada, no en jerarquías de poder.

La mitigación implica un sistema internacional que opera con menor dependencia de una potencia hegemónica no cooperativa, esto no implica necesariamente el declive del multilateralismo, sino su reconfiguración. Aunque la economía global sería más pobre sin la participación plena de Estados Unidos, China, Rusia o la Unión Europea, la expansión de redes comerciales y de seguridad entre naciones diferentes puede sostener el crecimiento económico mundial. La clave reside en priorizar la compatibilidad de incentivos sobre la lealtad geopolítica, permitiendo que nuevas coaliciones se formen alrededor de intereses compartidos, no de alianzas forzadas.

Para América Latina, este enfoque ofrece una hoja de ruta estratégica. La región ha oscilado históricamente entre la dependencia de potencias extrarregionales y el aislamiento retórico, sin consolidar mecanismos institucionales propios que le permitan actuar colectivamente. Frente a la competencia entre EE.UU. y China, la región latinoamericana no debe limitarse a elegir bando ni a emitir declaraciones simbólicas; debe impulsar formas de mitigación mediante la reactivación de sus procesos de integración, orientándolos hacia acuerdos concretos en comercio digital, transición energética y gobernanza financiera. La integración regional no puede seguir siendo un ideal abstracto, sino un instrumento práctico de soberanía económica de los países latinoamericanos.

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