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La “Voz de Hind Rajab y Hamnet” por Akbar Fuenmayor

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Akbar Fuenmayor


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«Ser o no ser, esa es la cuestión: si es más noble para el alma soportar las flechas y pedradas de la áspera Fortuna o armarse contra un mar de adversidades y darles fin en el encuentro. Morir: dormir, nada más. Y si durmiendo terminaran las angustias y los mil ataques naturales herencia de la carne, sería una conclusión seriamente deseable. Morir, dormir: dormir, tal vez soñar…»

Hamlet. Acto tercero. Escena 1. Soliloquio de Hamlet. William Shakespeare

(Traducción de José María Valverde).

 

Amor es un divino arquitecto que bajó al mundo, según Platón, a fin de que todo en el universo viva en conexión. La inconexión es el aniquilamiento. El odio que fabrica inconexión, que aísla y desliga, atomiza y pulveriza la individualidad.

José Ortega y Gasset. Meditaciones del Quijote. Prólogo al lector

 

 

Encuentro en dos películas recientemente estrenadas y galardonadas una relación interesante. El enlace entre las dos historias que narran deriva de mi propia interpretación y bien podría no ser lo que sus guionistas y directores pretendían: se trata de Hamnet y La voz de Hind Rajab.

Basada en la novela de Maggie O'Farrell, Hamnet explora el contexto vital de Shakespeare durante la creación de Hamlet. Al inicio del filme conocemos a Agnes, la esposa del dramaturgo, una mujer que se vincula intensamente con lo tangible del mundo que habita: la naturaleza y su familia. William, por el contrario, se relaciona más con su quehacer como dramaturgo; ocupación y pasión que le aleja de su hogar y morada. Agnes y William viven en armonía junto a sus hijos, pero su cotidianidad se quiebra tras un hecho dramático: la muerte de Hamnet, su único hijo varón, de once años. William se encontraba en Londres cuando el niño enfermó y no logró acompañar


a la familia en el duro trance; ni siquiera llegó a tiempo para el sepelio. A raíz de esta pérdida, la estructura familiar y sus rutinas se desmoronan. La culpa y el dolor irrumpen con fuerza distanciando a la pareja: William se recrimina su ausencia cuando más se le necesitaba, mientras que Agnes se atormenta por el fracaso de sus saberes curativos. Las relaciones entre Agnes y William se tensan: ella le reclama su ausencia y él no halla cómo resarcir su falta. La inesperada muerte del niño hace que ambos pierdan su lugar en el orden que conocían y no encuentren sentido a sus vidas. Con el paso del tiempo ambos vuelven a sus tareas, la dinámica de la vida se los exige, William se refugia en su oficio de dramaturgo y Agnes regresa a los cuidados de su familia, pero ya no son los mismos.

 

Cuatro años más tarde, William estrena la obra que ha surgido de su duelo, y también, de su culpa por “no haber estado”. Agnes se entera de que la pieza teatral se relaciona con Hamnet, incluso lleva su nombre (Hamnet y Hamlet eran considerados nombres intercambiables o variantes del mismo nombre en la Inglaterra isabelina). Acude entonces, al teatro, pero contrariada por la exhibición pública de su tragedia personal. Sin embargo, a medida que la obra transcurre, su actitud cambia: los espectadores que ella prejuzgó indiferentes o que solo buscaban diversión, van identificándose con el conflicto trágico del protagonista, lo acompañan en su pasión, por com-pasión todos tienden sus manos hacia Hamlet. Agnes, asombrada y emocionada, sonríe entre lágrimas al terminar la obra, busca a su esposo con la mirada y le trasmite afecto y reconocimiento porque ve en la obra un profundo acto de amor. La tragedia personal se ha convertido en comunión. La representación y el lenguaje han transformado el retraimiento de la experiencia trágica en algo compartido; la pena acumulada drena. Agnes y William se re-únen, su vínculo se ha restablecido con más fuerza, y simultáneamente, también lo hacen con el resto de ese pueblo que también ha sido tocado por la tragedia. La tragedia une en el dolor, pero, al mismo tiempo, despierta el amor. El vínculo del amor, vivido de este modo, posee un doble poder: diluir las individualidades y, al mismo tiempo, recrear una nueva identidad y una identificación con el mundo. Pero hay algo más: la obra crea el espacio para el reencuentro con el hijo; un hijo que ahora es hijo de todos en su universalidad e inmortalidad.


De la descripción anterior se deduce que Hamnet, según mi interpretación, es un filme que nos habla de los vínculos que establecemos con el mundo y por lo tanto en nuestro modo de habitar y ser en él. ¿No es a través de los vínculos que damos sentido al mundo y a nuestras vidas? Vínculos con las demás personas, con la naturaleza, con los conocimientos, con la belleza, con las ideas.

 

¿Y cómo se forman estos vínculos? Comienzan con el acercamiento, con mirar atentamente. Luego, se consolidan al descubrir y compartir el objeto del vínculo. Después, según su intensidad, nos transforman en el ejercicio de cuidar. Las actividades del amor, diría Gasset («Entre las varias actividades del amor solo hay una que pueda yo pretender contagiar a los demás: el afán de comprensión»).

 

Ilustremos con un ejemplo este proceso de formación del vínculo: tras perder a su hija y a su nieta recién nacida en las mazmorras de una dictadura atroz, una anciana camina sumida en su pena por una plaza de la ciudad. Al observar una concentración de mujeres con pañoletas blancas y pancartas, se acerca. Mira con atención, pregunta qué hacen, ellas le responden: exigen respuestas sobre el paradero de sus hijos y nietos desaparecidos. Al día siguiente vuelve, escucha más historias y decide que acudirá a cada convocatoria. Pasan diez, veinte años, y sigue acudiendo sin falta; se ha unido a la lucha de un colectivo, ha adoptado una forma de estar que la convertirá. Finalmente encuentra a su nieta, ya mujer, y viva. Pero sigue yendo a la plaza, porque ahora es una de las “Abuelas de la Plaza”, continúa apoyando al grupo, buscando a los hijos y nietos de las otras mujeres, hasta el día de su muerte.

 

Formamos vínculos selectivamente, según la circunstancia y la disposición personal. Para el acercamiento inicial, sea por curiosidad o por empatía, nos guía el instinto de conservación. La abuela de la plaza, al comprender la labor de las otras, entiende que ella también podría ser «desaparecida»; no sería la primera en correr esa suerte. Aun así, se vincula al movimiento. ¿Lo haría otra mujer sin esa orfandad de hijos y nietos?

¿Querría alguien ajeno a la tragedia involucrarse en las de otros?


En la otra película, La Voz de Hind Rajab, se narran los hechos que condujeron al asesinato de la niña palestina Hind Rajab a manos del ejército israelí. La mayoría de las personas, instintivamente, evitan saber de un hecho como este; tratan de preservar su bienestar psicológico, especialmente cuando sienten que nada pueden hacer al respecto (Morir, dormir: dormir, tal vez soñar).

 

La cineasta tunecina Kaouther Ben Hania —guionista, directora y productora del filme— decidió que esta niña merecía el mismo acto de amor y justicia que Hamnet: darle voz y presencia póstuma. La película se inspira en las llamadas telefónicas que Hind y su prima de quince años lograron realizar mientras permanecían atrapadas en el automóvil familiar, luego de que el ejército israelí les disparara a mansalva matando al resto de sus parientes. En la cinta no se muestra el asesinato de la niña, pero sí lo que ocurrió en el centro de llamadas de emergencia de la Media Luna Roja en Ramalá. Durante los 89 minutos de la proyección, escuchamos las grabaciones reales de los pedidos de auxilio de Hind y su prima. La película también retrata la desesperación de los operadores, quienes durante más de tres horas intentaron coordinar su rescate y finalmente lograron que Israel autorizara el paso de una ambulancia. Esta, al acercarse al lugar ─con las sirenas y las luces de emergencia encendidas─, también fue atacada, causando la muerte de los dos paramédicos que la conducían.

 

¿Qué pretende esta película al mostrarnos los hechos relacionados con la muerte de una niña de seis años que pidió ayuda durante horas antes de ser asesinada a sangre fría —bajo 335 disparos— por un ejército inmoral y cruel? (Israel ha asesinado a más de 22.000 niños palestinos en los últimos dos años y medio). Lo mismo que las decenas de filmes sobre el Holocausto judío: acercarnos al genocidio de los palestinos; que lo conozcamos, que seamos testigos de este nuevo holocausto. Busca que veamos la representación de una tragedia horrible para que comprendamos a las víctimas, que sepamos lo que se les ha hecho y se les sigue haciendo; que presenciemos el sufrimiento extremo al que son sometidas, que nos vinculemos con su tragedia, que los inscribamos en la memoria y que, tal vez algún día, les hagamos justicia. Esta película es un llamado urgente al vínculo, a la conexión, al acompañamiento durante el sufrimiento (compasión), porque el asesinato de esa niña y de muchísimos más está


ocurriendo en un mundo que mira hacia otro lado mientras los asesinos masacran sin piedad.

 

Hind Rajab está parada frente a nosotros, sola en el escenario. Pronuncia sus diálogos, sus oraciones, sus súplicas; ¿por qué no tender las manos hacia ella?

 

Akbar C Fuenmayor Mérida,

04 de abril, 2026





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