Mérida, Abril Domingo 26, 2026, 02:56 am


«Ser o no ser, esa es la cuestión: si es más noble para el alma soportar
las flechas y pedradas de la áspera
Fortuna o armarse
contra un mar de adversidades y darles fin en el encuentro. Morir: dormir, nada más. Y si
durmiendo terminaran las angustias y los mil ataques naturales herencia de la
carne, sería una conclusión seriamente deseable. Morir, dormir: dormir, tal vez
soñar…»
Hamlet. Acto tercero.
Escena 1. Soliloquio de Hamlet. William
Shakespeare
(Traducción de José María Valverde).
Amor es un divino
arquitecto que bajó al mundo,
según Platón, a fin de que todo en el universo viva en conexión.
La inconexión es el aniquilamiento. El odio que fabrica
inconexión, que aísla y desliga, atomiza y pulveriza la individualidad.
José Ortega y Gasset. Meditaciones del Quijote. Prólogo
al lector
Encuentro en dos películas recientemente estrenadas y
galardonadas una relación interesante. El enlace entre las dos historias que
narran deriva de mi propia interpretación y bien
podría no ser lo que sus guionistas y directores pretendían: se trata de Hamnet
y La
voz de Hind Rajab.
Basada en la novela de Maggie O'Farrell, Hamnet explora
el contexto vital de Shakespeare durante la creación de Hamlet. Al inicio del
filme conocemos a Agnes, la esposa del dramaturgo, una mujer que se vincula
intensamente con lo tangible del mundo que habita: la naturaleza y su familia.
William, por el contrario, se relaciona más con su quehacer como dramaturgo;
ocupación y pasión que le aleja de su hogar y morada. Agnes y William viven en
armonía junto a sus hijos, pero su cotidianidad se quiebra tras un hecho
dramático: la muerte de Hamnet, su único hijo varón, de once años. William se
encontraba en Londres cuando el niño enfermó y no logró acompañar
a la familia en el duro trance; ni siquiera llegó a tiempo
para el sepelio. A raíz de esta pérdida, la estructura familiar y sus rutinas
se desmoronan. La culpa y el dolor irrumpen con fuerza distanciando a la
pareja: William se recrimina su ausencia cuando más se le necesitaba, mientras
que Agnes se atormenta por el fracaso de sus saberes curativos. Las relaciones
entre Agnes y William se tensan: ella le reclama su ausencia y él no halla cómo resarcir su falta. La
inesperada muerte del niño hace que ambos pierdan su lugar en el orden que
conocían y no encuentren sentido a sus vidas. Con el paso del tiempo ambos
vuelven a sus tareas, la dinámica de la vida se los exige, William se refugia en su oficio de dramaturgo y Agnes regresa a
los cuidados de su familia, pero ya
no son los mismos.
Cuatro años más tarde, William estrena la obra que ha
surgido de su duelo, y también, de su culpa por “no haber estado”. Agnes se
entera de que la pieza teatral se relaciona con Hamnet, incluso lleva su nombre
(Hamnet y Hamlet eran considerados nombres intercambiables o variantes del
mismo nombre en la Inglaterra isabelina). Acude entonces, al teatro, pero
contrariada por la exhibición pública de su tragedia personal. Sin embargo, a
medida que la obra transcurre, su actitud cambia: los espectadores que ella
prejuzgó indiferentes o que solo buscaban diversión, van identificándose con el
conflicto trágico del protagonista, lo acompañan en su pasión, por com-pasión todos tienden sus manos hacia Hamlet.
Agnes, asombrada y emocionada, sonríe entre lágrimas al terminar la
obra, busca a su esposo con la mirada y le trasmite afecto y reconocimiento
porque ve en la obra un profundo acto de amor. La tragedia personal se ha
convertido en comunión. La representación y el lenguaje han transformado el
retraimiento de la experiencia trágica en algo compartido; la pena acumulada
drena. Agnes y William se re-únen, su vínculo se ha restablecido con más
fuerza, y simultáneamente, también lo hacen con el resto de ese pueblo que
también ha sido tocado por la tragedia. La tragedia une en el dolor, pero, al
mismo tiempo, despierta el amor. El vínculo del amor, vivido de este modo,
posee un doble poder: diluir las individualidades y, al mismo tiempo, recrear
una nueva identidad y una identificación con
el mundo. Pero hay algo más: la obra crea el espacio para el reencuentro con el hijo; un hijo que ahora es hijo de todos
en su universalidad e inmortalidad.
De la descripción anterior se deduce que Hamnet, según mi
interpretación, es un filme que nos habla de los vínculos que establecemos con
el mundo y por lo tanto en nuestro modo de habitar y ser en él. ¿No es a través
de los vínculos que damos sentido al mundo y a nuestras vidas? Vínculos con las
demás personas, con la naturaleza, con los conocimientos, con la belleza, con
las ideas.
¿Y
cómo se forman estos vínculos? Comienzan con el acercamiento, con mirar
atentamente. Luego, se consolidan al descubrir y compartir el objeto del
vínculo. Después, según su intensidad, nos transforman en el ejercicio de
cuidar. Las actividades del amor,
diría Gasset («Entre las
varias actividades del amor solo hay una que pueda yo pretender contagiar a los
demás: el afán de comprensión»).
Ilustremos con un ejemplo este proceso de formación del
vínculo: tras perder a su hija y a su nieta recién nacida en las mazmorras de
una dictadura atroz, una anciana camina sumida en su pena por una plaza de la
ciudad. Al observar una concentración de mujeres con pañoletas blancas y
pancartas, se acerca. Mira con atención, pregunta qué hacen, ellas le
responden: exigen respuestas sobre el paradero de sus hijos y nietos
desaparecidos. Al día siguiente vuelve, escucha más historias y decide que
acudirá a cada convocatoria. Pasan diez, veinte años, y sigue acudiendo sin
falta; se ha unido a la lucha de un
colectivo, ha adoptado una forma de estar que la convertirá. Finalmente
encuentra a su nieta, ya mujer, y viva. Pero sigue yendo a la plaza, porque
ahora es una de las “Abuelas de la
Plaza”, continúa apoyando al grupo, buscando a los hijos y nietos de las otras
mujeres, hasta el día de su muerte.
Formamos vínculos selectivamente, según la circunstancia y
la disposición personal. Para el acercamiento inicial, sea por curiosidad o por
empatía, nos guía el instinto de conservación. La abuela de la plaza, al
comprender la labor de las otras, entiende que ella también podría ser
«desaparecida»; no sería la primera en correr esa suerte. Aun así, se vincula al movimiento. ¿Lo haría otra mujer sin esa orfandad
de hijos y nietos?
¿Querría alguien ajeno
a la tragedia involucrarse en las de otros?
En la otra película, La Voz de Hind Rajab, se
narran los hechos que condujeron al asesinato de la niña palestina Hind Rajab a
manos del ejército israelí. La mayoría de las personas, instintivamente, evitan
saber de un hecho como este; tratan de preservar su bienestar psicológico,
especialmente cuando sienten que nada pueden hacer al respecto (Morir,
dormir: dormir, tal vez soñar).
La cineasta tunecina
Kaouther Ben Hania —guionista, directora
y productora del filme— decidió que esta niña merecía
el mismo acto de amor y justicia que Hamnet:
darle voz y presencia póstuma. La película se inspira en las llamadas
telefónicas que Hind y su prima de quince años lograron realizar mientras
permanecían atrapadas en el automóvil familiar, luego de que el ejército
israelí les disparara a mansalva matando al resto de sus parientes. En la cinta
no se muestra el asesinato de la niña, pero sí lo que ocurrió en el centro de
llamadas de emergencia de la Media Luna Roja en Ramalá. Durante los 89 minutos
de la proyección, escuchamos las grabaciones reales de los pedidos de auxilio
de Hind y su prima. La película también retrata la desesperación de los
operadores, quienes durante más de tres horas intentaron coordinar su rescate y
finalmente lograron que Israel autorizara el paso de una ambulancia. Esta, al
acercarse al lugar ─con las sirenas y las luces de emergencia encendidas─,
también fue atacada, causando la muerte de los dos paramédicos que la
conducían.
¿Qué pretende esta película al mostrarnos los hechos
relacionados con la muerte de una niña de seis años que pidió ayuda durante
horas antes de ser asesinada a sangre fría —bajo 335 disparos— por un ejército
inmoral y cruel?
(Israel ha asesinado a más de 22.000
niños palestinos en los últimos dos años y medio). Lo mismo que las decenas de filmes sobre el Holocausto judío:
acercarnos al genocidio de los palestinos; que lo conozcamos, que seamos
testigos de este nuevo holocausto. Busca que veamos la representación de una
tragedia horrible para que comprendamos a las víctimas, que sepamos lo que se
les ha hecho y se les sigue haciendo; que presenciemos el sufrimiento extremo
al que son sometidas, que nos vinculemos con su tragedia, que los inscribamos
en la memoria y que, tal vez algún día, les hagamos justicia. Esta película es
un llamado urgente al vínculo, a la conexión, al acompañamiento durante el
sufrimiento (compasión), porque
el asesinato de esa niña y de muchísimos más está
ocurriendo
en un mundo que mira hacia otro lado mientras los asesinos masacran sin piedad.
Hind
Rajab está parada frente a nosotros, sola en el escenario. Pronuncia sus
diálogos, sus oraciones, sus súplicas; ¿por qué no tender las manos hacia ella?
Akbar C Fuenmayor Mérida,
04 de abril, 2026