Mérida, Junio Jueves 18, 2026, 02:37 pm
El asesinato de una niña de once años, raptada a las puertas de su escuela, por el padre (41 años) de su mejor amiga ha sacudido a Francia. En realidad, no era un caso raro: el año pasado se produjeron 51 infanticidios y 160.000 agresiones sexuales contra pequeños. Pero, en esta ocasión, el autor del crimen había sido denunciado meses antes por violación de otra menor. De manera que su reciente acción pudo evitarse. Como en otras ocasiones, la autoridad judicial no dio importancia a su comportamiento anterior. Si lo hubiera mirado, aun brevemente, Lyhanna estaría jugando con sus compañeras de clase.
La mayoría de los “analistas y comentadores” considera que la comisión del crimen fue posible por las fallas del sistema judicial-penal, incapaz de separar los individuos peligrosos del resto de la sociedad y reeducarlos, o de la dirección del Estado que no dotó a aquel sistema de recursos suficientes para cumplir sus cometidos. En efecto, a pesar de las denuncias contra el acusado, no se había tomado ninguna medida para restringir su libertad. De otro lado, si se compara el gasto oficial del sistema judicial-penal en los países de Europa, se comprueba que el de Francia es de los más bajos. Sin embargo, tales realidades no explican la razón del alto número de personas (de todas las edades) que cometen delitos como el reseñado. ¿Por qué se inclinan al mal? ¿Se trató de corregir sus tendencias? ¿Están las escuelas (al menos algunas) preparadas para esa tarea? ¿Cómo influye el medio social?
La última pregunta toca un tema inquietante. Sin embargo, antes de ensayar una respuesta, conviene señalar que los vecinos de la familia de la niña sacrificada participaron en su búsqueda desde que se advirtió su ausencia y luego expresaron su solidaridad en diversa forma. No parece que existiera en el pequeño poblado (Fleurance) un ambiente inamistoso hacia su familia que pudiera tomarse como causa específica del crimen; bien por el contrario. Dicho esto, debe recordarse que los especialistas en la materia señalan que el medio, en expresiones distintas (y mediante diversos mecanismos) puede incitar a la violencia, concretamente al estimular lo que el Génesis menciona como la “inclinación al mal” (yétser ha-rá) del ser humano. El mejor conocimiento de los mecanismos de comunicación y el extraordinario desarrollo de los instrumentos de divulgación permiten influir de manera decisiva en los grupos y las personas. Difundir ideas, proponer proyectos, provocar sentimientos, despertar sensaciones.
Aunque cualquiera de las explicaciones anteriores sea acertada, ninguna satisface plenamente. En efecto, ¿por qué un hombre concreto –41 años, casado, con hijos– viola y mata a una niña, apenas entrada en la adolescencia? Había sido objeto de seis denuncias de violación o agresión sexual (de 2017 a 2025). Sin duda, algo lo impulsaba y, evidentemente, esa tendencia natural o adquirida no ha sido corregida en el hogar, en el entorno civil de crianza, en la escuela. Habrá, pues, que buscar las causas en esos ambientes. Ahora se sabe que el padre del inculpado fue denunciado por violación de una nieta de su esposa (2013) y un hermano por violación reiterada de excónyuge y una menor (2007-2017). De manera que su “inclinación al mal” (específicamente al abuso sexual) se vio favorecida –si acaso no provocada– en el círculo familiar. Por eso, los delitos ocurrieron en los diversos sitios donde ha vivido.
Hace ya tiempo que los especialistas en la materia señalan las fallas de la escuela, que debe completar la formación de los hombres y mujeres que requiere la Nación. No solo se observan en la calidad de la enseñanza (moral o científica) – que es inferior a la de otros países europeos – sino en la conducta de no pocos de sus alumnos. Son frecuentes los hechos irregulares de los que trascienden a la opinión pública, apenas los más graves, como el acoso a los compañeros, el irrespeto y, más aún, la agresión (¡e incluso la muerte!) de estudiantes y hasta de maestros. Algunos de estos (aún en institutos privados) no han dado buen ejemplo. El asunto preocupa desde hace tiempo y ha sido objeto de estudios muy completos. En este artículo se destaca el de la pretensión de enseñar y practicar una moral neutra o relativa (no absoluta) y cambiante.
La Academia Francesa entiende por “moral” el conjunto de reglas y principios que deben dirigir la vida, la conducta y las costumbres de la persona atendiendo su relación con el bien o el mal. Pero, no se presta atención especial en Francia a su enseñanza: es tarea incluida en la transmisión de las creencias religiosas (aunque se trata de asuntos diferentes, muy relacionados). Las últimas, además, son ajenas a la escuela pública, según interpretación abusiva de las leyes de la educación secular de fines del siglo XIX. La moral tiene que ver también con la concepción del hombre, del ser humano. Para los cristianos y otras comunidades, su origen y destino se sitúa en un ente supremo, creador, en Dios. El hombre –insistía Benedicto XVI– “no es un accidente cósmico”. Es resultado de una voluntad inteligente y superior y, por tanto, trascendente: está llamado a la comunión con Él.
Muy antiguo es el canto atribuido a David (Salmo 8): “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?” Siendo creatura, está por encima de cosas y animales (obras de Dios), que debe “señorear”. De esa posición intermedia y su destino deriva su dignidad. Siglos más tarde, Pico della Mirandola (Discurso…) recordó y amplió la enseñanza antigua: “Gran milagro es el hombre … le ha sido concedido ser lo que quiera … se forja, modela y transforma a sí mismo”. Resultado de un proceso evolutivo –hombre y mujer que se complementan– es una “obra maestra” (Hamlet, de W. Shakespeare): “noble en razón, infinito en facultades, forma y movimiento, expresivo y admirable en acción”. ¿Se enseña en la “escuela republicana” la concepción del ser humano de la tradición occidental, judeo-greco-cristiana? O bien, ¿se ha impuesto otra, materialista, que niega la persona a la que considera solo cifra o instrumento?
La moral republicana se resume en un lema de tres palabras: “libertad, igualdad, fraternidad”. Introducido durante la Revolución, oficial en 1848 (retomado en 1880), se utiliza sin interrupción desde 1944. Son los principios fundamentales, referencia de los actos del Estado. Pero, aquellos términos no tienen un solo significado aceptado por la generalidad. Varían según el fundamento ideológico que les atribuyen grupos y personas y las circunstancias de tiempo y lugar. No son generales e inmutables. En la práctica, cada uno es objeto de interpretaciones diferentes (incluso contradictorias), como otros a los que se da rango similar. ¿Cuál es el límite de la libertad? ¿En qué medida es posible la igualdad? ¿Hasta dónde obliga la solidaridad? Como fundamentos del Estado no constituyen bases firmes y permanentes. Carecen de solidez. Por eso, aparece otra vez el llamado al cambio: mientras unos convocan a hacer la “nueva Francia”, otros buscan resistencia en el pasado.
Dios está ausente de la escuela pública francesa. ¿Era, acaso, responsable de sus problemas? No participa en la formación de niños y jóvenes: deben encontrarlo fuera de las aulas. Lo impone el laicismo extremado, que priva a padres de pocos recursos del derecho a escoger la educación de sus hijos. La reforma sueca de 1992 se orientó en sentido contrario: la administración financia las escuelas de las distintas confesiones para asegurar igualdad de derechos. Aquella ausencia impide aprovechar el impacto favorable que tendrían en la formación de los hombres y mujeres de hoy ideas del mensaje cristiano, como la trascendencia del ser humano y la búsqueda del bien común. Además, dificulta la expansión de costumbres que los hombres de religión practican y que convienen al buen funcionamiento de la sociedad: el estudio, la reflexión, la disciplina. Se debe sí evitar que se repitan los errores que algunos cometieron en sus tareas.
El hombre no es solo materia que se desarrolla de acuerdo con un plan preestablecido. Su Creador lo dotó también de espíritu para dirigir sus acciones no instintivas. Elemento inmaterial se conforma a lo largo de la vida, por influencias internas o externas. Por eso, se inclina hacia el bien o hacia el mal. Ese proceso comienza en la familia, continúa en la escuela y sigue hasta la muerte. Debe atender todas las exigencias: de la materia y del espíritu. Cuando no ocurre así, los resultados –como lo muestra el caso reseñado– suelen ser terribles, para las personas y la sociedad.
X: @JesusRondonN