Mérida, Junio Viernes 26, 2026, 02:07 pm
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Él fue uno de aquellos hombres que nos nutrió con su
historia de dignidad, sus hazañas, sus aventuras. No es cuestión de anécdotas: a
este personaje lo acompañó una gran vocación de justicia en cada pelea que dio
contra los tiranos que dominaban a la Venezuela que transitaba el caudillismo
político. En nuestra historia hemos tenido -y padecido- figuras que no dan paso
a otras generaciones, porque el hambre de poder se ha instalado en sus egos.
Emilio Arévalo Cedeño, franco enemigo de Cipriano Castro
y Juan Vicente Gómez, llegó a pedir apoyo a venezolanos exiliados; sin embargo,
a ver en algunos de ellos cierta
indiferencia, terminó llamándolos “momias egipcias que viven del negocio
de la revolución”; y por ello Inocencio Spinetti (otro activista político
enemigo de Gómez, líder de la junta patriótica en el extranjero, le dijo a su amigo -palabras
más, palabras menos- que mientras éste se inmolaba por el deseo de una patria
libre, los exiliados que lo ignoraban simplemente esperarían que todo pasara,
porque luego les esperarían cargos públicos con los nuevos gobiernos.
Emilio Arévalo Cedeño, decidido a enfrentarse al dictador
Juan Vicente Gómez, fue el hombre que organizó siete invasiones a Venezuela
para derrocar al benemérito. Era un hombre valiente, lleno de una pasión:
liberar el país de la tiranía; y por ello estuvo muy decidido a enfrentarse a
un poder que desde la ciudad de Maracay imponía Gómez, quien había desplazado
del poder a su compadre Cipriano Castro, quien lo había dejado encargado de la
presidencia por problemas de salud, y al intentar regresar al país, el nuevo benemérito
le dijo: “el que va pa’ villa, pierde su silla”.
El desafiante guerrillero Emilio Arévalo Cedeño
enfrentaba al dueño del poder, y en respuesta Gómez lo enfrentó con su ejército,
pero nunca lo pudo apresar. A principios del siglo XX, muchos otros también se
enfrentaron a la dictadura de Juan Vicente Gómez, como Román Delgado Chalbaud,
Leopoldo Batista, Armando Zuloaga Blanco, José María Ortega Martínez, Francisco
Linares Alcántara (Hijo), y el general y guerrillero Rafael Simón Urbina. Nunca
el gomecismo logró derrotarlos, pues la causa de estos hombres estaba empeñada
por ese compromiso con la dignidad nacional.
Nunca se rindieron. De esa estirpe está hecho Emilio Arévalo
Cedeño, quien nació en Valle de la Pascua, estado Guárico, el 4 de diciembre de
1882, y fue hijo del general Pedro Arévalo Oropeza y de Dionisia Cedeño.
Su padre fue general de la Federación, fue el primer jefe
del partido de los Turupiales, y había combatido al gobierno de Antonio Guzmán
Blanco. Tuvo que abandonar los estudios por el cierre del Liceo Roscio de
Altagracia del Orituco por orden del Ministerio de Educación.
Emilio Arévalo Cedeño se dedicó a transitar los llanos
venezolanos como comerciante que vendía bestias, y este oficio lo llevó a
conocer profundamente al país. Luego, se hizo socio de una pequeña imprenta en
Altagracia de Orituco, y se dedicó a la edición de un periódico de pequeño
formato llamado “El Titán” que llego sólo a ocho números. Posteriormente, va a
intentar establecer una bodega que se incendió totalmente. Volvió al comercio
de frutas, hortalizas, y animales, lo que le va a relacionar con distintas
personas, hasta que llegó a establecerse como telegrafista, oficio que dominaba
muy bien. Tiempo después, Arévalo Cedeño se estableció en San José de Río
Chico, y fundó el periódico “Helios”, también de poca duración.
Este luchador y hombre de ideas, con su pequeña estatura
y su gran estrategia y táctica, fue invitado a una fiesta en 1905, y en ésta
lanzó un discurso como orador. Su natural emotividad lo impulsó a decir severas
palabras contra el tirano Cipriano Castro, y a finales de 1908 va a presenciar el
momento en que asumió el poder el general Juan Vicente Gómez, futuro dictador
que condujo a Emilio Arévalo Cedeño a un despertar por la liberación de
Venezuela, su gran anhelo.
Pronto la gente se alzó contra el diario procastrista “El
Constitucional” cuando Gómez tomó el poder. Su sede fue incendiada por la turba
enfurecida que celebraba el fin del mandato de Cipriano Castro. La protesta fue
fuertemente reprimida por el gobernador de Caracas, Pedro María Cárdenas, el 19
de diciembre de 1908, en pleno inicio de la dictadura. Emilio Arévalo Cedeño, al
ver por los sucesos del periódico que nadie reaccionaba, se atrevió a dar un
grito de desafío a la dictadura: “¡Los venezolanos renunciaron a su sexo para
convertirse en mujeres! Los venezolanos sienten placer y orgullo en ser
esclavos de Juan Vicente Gómez y de su clan”.
Entre 1900 y 1913, Emilio Arévalo Cedeño ejerció la
profesión de telegrafista. Ya en 1910 es nombrado jefe de la estación
telegráfica de Caicara de Maturín. Allí contrajo matrimonio con Antonia Ledesma
Guzmán, y va a quedar viudo a los nueves meses. Luego de su viudez, se casó con
su prima Pepita Zamora Arévalo, y procrearon un hijo de nombre Pedro Emilio
Arévalo Zamora, a quien conoció luego de sus luchas, y después de la muerte de
Gómez.
Volvió nuevamente al comercio de ganado y venta y compra
de caballos en los llanos de Monagas, Guárico y Apure, y durante este tiempo fue
concientizando lo que el despotismo de Gómez estaba ocasionando al país. Eso lo
llevó a oponerse drásticamente.
Para 1913, el dictador de la Mulera había forjado aquel
monopolio político y económico, ya que Juan Vicente Gómez era El Estado, y todo
era propiedad del dictador; todo es del Estado y el Estado es el Benemérito, el
amado jefe, y la autocracia te quita lo tuyo. Tus propiedades. Tu dignidad. A
menos que te arrodilles.
No sólo apareció Emilio Arévalo Cedeño, sino también
muchos otros insurgentes como Rafael Simón Urbina, a quien la dictadura le quitó
todas las propiedades, y nunca se las devolvieron (por cierto, la historia
oficial lo omite y lo pone como matón, lo cual es falso).
Emilio Arévalo Cedeño condujo una manada de trescientos
potros hasta Apure; pretendía venderlos, y en San Juan de Payara contactó a sus
compradores. Éstos mostraron la negativa de adquirirlos, ya que la orden
impartida por el dictador a través de sus hombres y la orden se tenía que cumplir.
Era un mandato: únicamente podía comprarlos el representante de Juan Vicente
Gómez y pagarlos a su conveniencia. Resistirse a ello se pagaba con prisión y
hasta con la vida. Emilio Arévalo Cedeño negoció con el procónsul gomecista
Eulogio Moros, quien le puso el precio a los caballos por debajo del costo real
de cada potro, y puso a Arévalo contra la pared.
Arévalo Cedeño juró cobrar la afrenta que lo ponía en la
ruina.
Mientras esto ocurría, Juan Vicente Gómez fungía que se había
elegido “democráticamente” por unos siete años más debido al congreso genuflexo
que lo habilitaba y rehabilitaba en el poder. Arévalo Cedeño estaba entre dos
aguas: al no entregar los caballos le esperaba la cárcel, pero también podía tomar
las armas y se fue por ese camino. Porque él sabía protestar con un fusil,
había nacido para ser libre y no esclavo. Su juramento después de entregar los
caballos, hizo que él abandonara su casa, y su segunda esposa. Se fue a la afrenta,
y esperó el momento oportuno para justificar ante el país su actitud
patriótica.
Mantuvo su promesa de no doblegarse ante tanta tiranía, y
su primer alzamiento lo realizó el 19 de mayo de 1914. Se alzó con cuarenta
hombres, fue derrotado y huyó a Trinidad. Luego, desde Colombia, organizó otras
invasiones desde 1915 hasta 1933. Durante 21 años llevó a cabo siete invasiones
contra Gómez. La más significativa y victoriosa es la de 1921 en la que entró
por san Fernando de Atabapo, estado Amazonas. Fue su tercera invasión con 123
hombres, y logró capturar al asesino gomecista Tomás Funes, quien gobernaba con
una política brutal. Funes fue sometido a un consejo de guerra que lo condenó a
ser fusilado en presencia de todos los pobladores en la plaza del pueblo el 30
de enero de 1921.
En Mexico, Arévalo Cedeño participó en la fundación del
Partido Revolucionario Venezolano (PRV) con Gustavo Machado, Carlos León y
Salvador de La Plaza, del cual se retiró al poco tiempo al ver que tenía
inclinaciones marxistas. Regresó al país después de la muerte de Gómez, y en 1936
publicó “El libro de mis luchas”, obra donde narró sus combates contra la
dictadura gomecista. Fue electo ese mismo año diputado al Congreso Nacional, y
Eleazar López Contreras lo nombró presidente del estado Guárico.
Murió de arterioesclerosis a los 83 años en Valle de la
Pascua el 19 de mayo de 1965.