Mérida, Julio Viernes 24, 2026, 04:42 pm
Arinda Engelke
A las puertas de un liceo cercano, la curiosidad me
llevó a hacer una pequeña encuesta informal entre los estudiantes. La víspera
del 24 de julio parecía el momento idóneo. Sin embargo, ante la pregunta sobre
qué se conmemora en esa fecha —el natalicio del Libertador Simón Bolívar y la
decisiva Batalla Naval del Lago de Maracaibo—, la respuesta no fue un dato
preciso, sino un abanico de risas apenadas, miradas al suelo y murmullos
dubitativos. La conclusión fue tan clara como desoladora: no sabían de qué se
trataba.
Para muchos, la fecha no es más que la promesa de
un día libre, un paréntesis en la rutina escolar que se celebra por el simple
hecho de no tener que madrugar. Pero este desconocimiento no es una anécdota
inocente; es el síntoma de una desconexión más profunda.
Existe una premisa tan antigua como certera: nadie
ama lo que no conoce, y nadie defiende ni siente pertenencia por aquello que le
es ajeno. La historia de una nación no está hecha para acumular polvo en los
estantes de una biblioteca ni para limitarse a memorizar próceres fijos en
estatuas de bronce. La historia es el relato vivo de quiénes somos, de las
batallas —materiales e ideales— que moldearon el suelo que pisamos. Cuando la
juventud desconoce esos hitos, la identidad colectiva se diluye en un presente
inmediato y amnésico.
No se trata de culpar a los jóvenes. Ellos son el
reflejo de un sistema de enseñanza que a menudo convirtió la historia en una
lista tediosa de nombres, años y batallas desconectadas de su realidad. Hemos
fallado en transmitir la épica, el valor humano y la relevancia actual de esos
episodios. La Batalla Naval del Lago no fue solo un combate sobre el agua; fue
el sello definitivo de la independencia. Bolívar no fue solo un nombre en una
plaza; fue un pensamiento transformador que resonó en todo un continente.
Si no logramos que las nuevas generaciones sientan
latir esa historia, corremos el riesgo de formar ciudadanos sin raíz. Y un
pueblo sin raíz es vulnerable, fácil de desorientar y apático ante su propio
destino.
Hacer patria no es repetir consignas de memoria un
día al año; es entender de dónde venimos para saber hacia dónde queremos ir.
Reencantar a nuestros jóvenes con su historia es, quizás, la batalla más
urgente que nos toca librar hoy.