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Por Luis Alfonso Sandia Rondón

El desarrollo sostenible en el pensamiento de Alberto Adriani por Luis Alfonso Sandia Rondón



El desarrollo sostenible en el pensamiento de Alberto Adriani por Luis Alfonso Sandia Rondón

Alberto Rómulo Adriani Mazzei (Zea, 1898 - Caracas,1936) cumple este 9 de agosto 90 años de su fallecimiento. Su memoria nos invita a la reflexión en torno al preclaro enfoque de desarrollo nacional que nos dejó el ilustre economista, diplomático y estadista merideño, fallecido tempranamente en Caracas cuando entregaba su conocimiento y sus ideas en el naciente país postgomecista, junto al Presidente Eleazar López Contreras. A casi un siglo de su partida, el pensamiento de Adriani se mantiene con una vigencia asombrosa, lo que constituye un faro de orientación estratégica frente a los desafíos productivos, ambientales y sociales de la Venezuela contemporánea.

Reconocido históricamente por su agudeza para interpretar los desequilibrios de la economía venezolana y latinoamericana, y por su rol fundacional en la reorganización del Estado moderno —primero como Ministro de Agricultura y Cría y posteriormente de Hacienda—, Adriani trasciende lo convencional. En escritos fundamentales sobre su legado, el exministro del Ambiente e intelectual venezolano, Dr. Arnoldo José Gabaldón Berti, lo ha calificado con acierto como el precursor del desarrollo sostenible en Venezuela, al reconocer cómo sus planteamientos se adelantaron por varias décadas a los conceptos globales de sostenibilidad, conservación ambiental y equidad social.

En una época en que el país comenzaba a encandilarse con la ilusión de la abundancia petrolera, Alberto Adriani advirtió tempranamente sobre los riesgos del modelo extractivista. Para Adriani, los recursos minerales e hidrocarburos representaban una riqueza precaria, transitoria y en gran medida subordinada al capital extranjero. Por ello, abogó por no convertir a Venezuela en un estado parásito y dependiente de una actividad agotable que, además, entrañaba severos costos y secuelas ambientales a escala mundial.

En contraste con la voracidad rentista, Adriani promovió una visión integral del territorio. En sus ensayos reunidos en el compendio póstumo “Labor Venezolanista” (1937), subrayó que los planes de desarrollo debían fundamentarse en el estudio científico del entorno físico-biótico: suelos, aguas, clima, flora y fauna. Así, mucho antes del auge de la ecología política moderna, entendió la naturaleza y los bienes naturales, no como un botín de explotación irrestricta, sino como un patrimonio común e interdependiente que exigía conservación, uso racional de las cuencas e interconexión solidaria con el planeta.

La piedra angular del pensamiento adrianista reside en la articulación entre preservación ambiental y beneficio social. Frente al enclave minero-petrolero, Adriani enarboló la bandera de la agricultura moderna, la diversificación productiva y el fortalecimiento de la vida rural como la verdadera fuente de soberanía, prosperidad permanente e independencia nacional.

Para el estadista zedeño, el desarrollo económico carecía de sentido si no generaba un impacto directo en la dignificación de los sectores más desfavorecidos. De allí que su propuesta de una economía solidaria contemplaba: 1) Seguridad y soberanía agroalimentaria, para apoyar al campesino y al pequeño productor con asistencia técnica, crédito, infraestructura y educación, garantizando el sustento autónomo de la nación; 2) Justicia distributiva, mediante la reorganización del gasto público y los tributos para reinvertir la renta petrolera en servicios de salud, saneamiento, educación liberadora y empleo productivo, protegiendo a las familias vulnerables; y 3) Trabajo no agresivo con el ambiente, fomentando prácticas agropecuarias y forestales tecnificadas respetuosas del equilibrio ecológico local y de la vocación natural de los suelos y el ambiente.

Esta visión inspiró la célebre máxima de "sembrar el petróleo", formulada posteriormente por Arturo Uslar Pietri a partir de las tesis económicas de Adriani, lo que implicaba para la época la urgente transformación de la renta del petróleo en capital humano, crédito agrícola y capacidad productiva sostenible.

Dado el devenir de nuestra historia y de los grandes problemas económicos, sociales, culturales y ambientales no resueltos, el análisis de la obra de Alberto Adriani y su proyecto de país conduce a reafirmar que su pensamiento no perteneció solo al pasado, sino que sigue constituyendo una tarea pendiente a materializar por las generaciones actuales y futuras.

Hoy, cuando Venezuela padece las consecuencias de un modelo dependiente de la renta petrolera, que no generó el bienestar y el desarrollo humano integral para la nación y sus habitantes, retomar las lecciones adrianistas es un imperativo ético y socioambiental, que puede conducirnos a aprovechar de manera sostenible las grandes ventajas que ofrecen nuestras riquezas naturales, nuestras capacidades humanas y nuestro deseo ferviente por un desarrollo auténtico, con los menores impactos y menores costos ambientales, y que no deje a nadie atrás.

Recordar a Alberto Adriani este 9 de agosto es volver la mirada hacia la ética del trabajo, el respeto a la tierra y la construcción de una economía socialmente solidaria y ecológicamente responsable. Su vida, corta pero luminosa, nos recuerda que el verdadero progreso de una nación se mide por su capacidad de prosperar en armonía con la naturaleza y en beneficio prioritario de quienes más lo necesitan.

Mérida, 4 de agosto de 2026.