La noche aciaga por Ricardo Gil Otaiza
El poeta salvadoreño Roque Dalton aceptó la invitación y decidió que se reuniría con los revolucionarios: iría hasta el sitio acordado e intentaría por todos los medios posibles disuadirlos de irse a la montaña y tomar las armas. Él creía en el poder de la palabra, no en vano escribía poemas exaltados de fervor nacionalista y patriótico. Tenía elocuencia —y lo sabía— y por ello gozaba de una respetabilidad entre el pueblo llano que se había ganado a pulso, con enorme esfuerzo y disciplina, así como con innumerables noches entregadas a la máquina de escribir hasta que el cansancio le ganaba la partida, y caía grávido sobre el teclado: aletargado, convertido en zombi y en la duermevela soñaba con hacer de sus poemas letra viva, articuladora de cambios, sembradora de alma e ímpetu antiimperialista.
Los hombres con los que se reuniría eran sus compañeros de ideales (a veces de juergas), también poetas algunos de ellos, y aunque nunca habían alcanzado el debido consenso acerca de los derroteros a seguir —y mucho menos de los métodos a emplear—, los unía el común denominador del odio al sistema capitalista, del deseo ferviente de llegar algún día al poder y así revertir el estado de las cosas: acabar con la podredumbre que corroía el estamento político del país, llevar a la clase trabajadora a la cima de la toma de decisiones, y hacer de cada hombre y mujer piezas fundamentales de la gran transformación requerida y, ni qué decirlo, refundar a la república.
La reunión sería en la casa de uno de ellos, ubicada en el extrarradio, lo que parecía ideal para así evitar suspicacias, miradas furtivas y las desagradables delaciones por parte de los vecinos, que habían llevado en varias ocasiones a que algunos de ellos pasaran días y noches detenidos en la comandancia de la policía, con los debidos expedientes, pesquisas y torturas. Casi todos estaban fichados, en la mira, y ante cualquier desliz irían de cabeza a las mazmorras y de allí no saldrían nunca más, así que se movían con cautela, manejaban entre ellos códigos secretos y lenguajes ininteligibles, aunándose la participación de cómplices que actuaban en las sombras y les facilitaban los encuentros.
Acostumbrado a la palabra, Roque tomó algunas notas en una pequeña libreta de pasta dura y negra, y en ellas desglosó sus líneas de acción: los contras de irse a las montañas para la lucha armada, la ventaja de ganar adeptos con las ideas y así sumar —poco a poco— jóvenes idealistas que quisieran unirse a la causa, así como recabar los recursos que les permitieran movilizarse en todo el territorio nacional, financiar los impresos y panfletos, pagar a los colaboradores, adquirir alimentos y viandas, alquilar hospedajes en pueblos y caseríos, llenar de gasolina los tanques de los medios de transporte, y tener algún dinero para cualquier eventualidad.
Roque llegó con retraso al sitio acordado, eran las 10:10 de la noche, y antes de tocar se cercioró de que nadie lo siguiera, dio tres golpes secos a la puerta y aguardó unos instantes. Desde adentro le solicitaron el santo y seña y de inmediato uno de los hombres abrió con cautela y lo dejó entrar, y tras él pasó el cerrojo, a nadie más esperaban, esa noche se reunirían pocos: los siete del comité central, y él era el último en llegar. Roque saludó como siempre, y ellos le respondieron con gestos hoscos y con caras de pocos amigos (estaban molestos por la impuntualidad), pero pronto se distendió el ambiente y entraron en materia.
Roque callaba frente a los argumentos de irse ya a la lucha armada, le molestaba la elementalidad de pensamiento de aquellos hombres, cuya única aspiración era imponer su criterio a sangre y fuego, sin la primacía de la palabra y la razón —que en él eran consustanciales a la manera de ser y de vivir—, así que esperó a que todos hablaran y uno a uno fue desmontando lo que parecía de antemano decidido. Ellos lo escucharon en silencio y con rostros gélidos, y de vez en cuando intercambiaban miradas cómplices y de desaprobación.
Roque intentó disuadirlos, y para ello echó mano de toda su capacidad persuasiva, que quienes le conocían tanto elogiaban, y fue desgranando las notas de la libreta de tapa dura y negra que había llevado, pero pasadas la 1:00 de la madrugada se sintió cansado, exánime, como si su cuerpo no pudiera ya mantenerse en vigilia, así que les dijo a sus compañeros revolucionarios que él se iría a recostar un rato en la pieza contigua, y les dijo además que estaba dispuesto a asumir la voluntad de la mayoría, y que tomaran ellos la decisión.
Al cabo de un rato los compañeros revolucionarios tomaron entonces una decisión: entraron parsimoniosos en la pieza contigua en la que se hallaba Roque acostado sobre un destartalado colchón, y el más corpulento de ellos —Ramón, alias “El Gato”, el mismo que le abrió el portón a su llegada— desenfundó su arma provista de un silenciador, se puso a nivel del durmiente y le disparó en la cabeza. Todos presenciaron impávidos la ejecución: en religioso silencio, como si aquello fuera un ritual salvífico de seres iluminados dispuestos a enmendar el mundo.
Los restos del poeta y revolucionario Roque Dalton nunca aparecieron, se supo luego que hubo delaciones entre los antiguos miembros del mal llamado ejército revolucionario, y los cargos que se tenían contra él de ser un agente encubierto de la CIA, de ser un divisionista, de traicionar al pueblo y a la causa, eran todos infundados, y que la ejecución de aquella noche aciaga fue por rivalidad en medio de una lucha interna por el control y el poder.
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