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Por Jorge Pérez

Un MAGA y un CHAVISTA, la misma vaina por Jorge Pérez



Un MAGA y un CHAVISTA, la misma vaina por Jorge Pérez

Hay frases que nacen de una observación incómoda, pero que, precisamente por incómodas, merecen ser examinadas. Esta es una de ellas: nada más parecido a un chavista que un MAGA. Y por eso, sin temor a equivocarme, digo que son la misma vaina.

No afirmo que todos los republicanos sean MAGA ni que todos los venezolanos que alguna vez apoyaron a Hugo Chávez sean responsables del desastre venezolano. Mucho menos digo que Estados Unidos sea hoy Venezuela. Hablo de patrones políticos: una forma de entender al adversario, relacionarse con el poder y convertir la política en una batalla moral entre “los nuestros” y “los otros”. Esos patrones son inquietantemente parecidos.

El líder antes que las instituciones

El chavismo convirtió progresivamente a Hugo Chávez en algo más que un presidente: para millones de seguidores terminó siendo la encarnación de la patria, la revolución y la esperanza. Criticar al líder comenzó a confundirse con atacar al proyecto; atacar al proyecto, con atacar al pueblo; y atacar al pueblo, en la lógica más radical, con traicionar a la patria.

La política dejó de ser un espacio para administrar diferencias y se convirtió en una lucha entre buenos y malos. Quienes estaban con la Revolución eran “pueblo”; quienes estaban contra ella podían ser llamados enemigos, traidores, fascistas, criminales o apátridas. Esa misma lógica aparece hoy en sectores radicalizados del MAGA, donde Trump deja de ser solo un candidato o presidente para convertirse en símbolo absoluto de una causa. Cuando cuestionar al líder se interpreta como una agresión contra la identidad del grupo, la política comienza a convertirse en tribalismo.

“Conmigo o contra mí”

El chavismo hizo de la división una herramienta política. Comenzó a clasificar al país entre patriotas y traidores, revolucionarios y escuálidos, pueblo y oligarquía, chavistas y antichavistas. El adversario dejó de ser alguien que pensaba diferente y pasó a ser alguien moralmente inferior.

Ese mecanismo es peligroso porque elimina la convivencia: cuando el adversario piensa distinto, se puede negociar; cuando es considerado enemigo, se le puede perseguir; y cuando se le llama enemigo de la patria, cualquier atropello puede justificarse como defensa nacional.

Aquí está una de las semejanzas que más me preocupa: en sectores radicalizados del MAGA también aparece la idea de una “verdadera América” amenazada por demócratas, liberales, inmigrantes, medios, académicos, funcionarios o jueces. No todos los MAGA piensan así, pero el fenómeno existe y merece observarse sin miedo y sin complacencia.

El enemigo interno

El autoritarismo necesita enemigos. Chávez los encontró sucesivamente en la oligarquía, el imperialismo, los partidos tradicionales, los medios, empresarios, dirigentes sindicales, opositores y, finalmente, en cualquiera que pudiera ser presentado como amenaza a la revolución.

En el MAGA contemporáneo, el enemigo puede cambiar de nombre: inmigrantes indocumentados, demócratas, progresistas, medios de comunicación, burócratas, globalistas, élites, jueces, universidades o grupos culturales. El mecanismo, sin embargo, es parecido: “Nosotros somos la verdadera nación; ellos son quienes nos la están quitando”. Esa fórmula es políticamente potente y democráticamente peligrosa, porque transforma problemas complejos en explicaciones simples y ciudadanos en categorías.

Cuando el inmigrante deja de ser una persona

Hay algo especialmente preocupante en la retórica contemporánea sobre la inmigración. Una cosa es defender fronteras seguras, exigir que se cumplan las leyes migratorias o deportar a quien legalmente debe ser deportado. Otra muy distinta es convertir al inmigrante, como categoría humana, en sinónimo de criminalidad.

Estados Unidos tiene derecho a controlar sus fronteras, pero una democracia también debe distinguir entre quien cometió un delito y quien solo nació en otro lugar o habla otro idioma. Según Pew Research Center, en 2025 el 65 % de los estadounidenses consideraba que incluso los inmigrantes legales enfrentan algún nivel de discriminación. Eso debería preocuparnos: una sociedad empieza a deteriorarse cuando deja de mirar personas y comienza a mirar etiquetas.

El rojo no es la cuestión

Hay una coincidencia simbólica llamativa: el rojo. Pero el problema no es el color, sino lo que puede representar cuando se convierte en uniforme identitario. Los símbolos políticos —una gorra, una camisa, una bandera— se vuelven peligrosos cuando sustituyen el pensamiento crítico por la necesidad de pertenecer al grupo.

El fanatismo no tiene ideología

El fanatismo no pertenece exclusivamente a la izquierda ni a la derecha. Puede vestir de rojo o de azul, llevar una camiseta revolucionaria o usar una bandera nacional. Su rasgo profundo es otro: deja de preguntarse si su líder tiene razón y empieza a justificarlo cuando está equivocado.

El ciudadano democrático dice: “Mi líder se equivocó”, “Mi partido perdió” o “Hay que respetar las instituciones”. El fanático responde: “Si mi líder se equivocó, fue porque alguien lo obligó”, “Nos robaron” o “Las instituciones son buenas cuando nos dan la razón”. Esa última frase debería producirnos escalofríos.

La semejanza más peligrosa

Chávez no destruyó Venezuela en un día. La destrucción institucional fue progresiva: primero la captura simbólica del poder, luego la descalificación del adversario, después la normalización de lo inaceptable y, finalmente, el debilitamiento de las defensas democráticas.

Por eso me preocupa Estados Unidos. No porque sea Venezuela —no lo es—, sino porque ciertas señales son reconocibles: la transformación del adversario en enemigo, la obediencia ciega al líder, la justificación automática de sus excesos, la deshumanización de quienes quedan fuera del grupo, el uso del miedo y la idea de que solo “nosotros” somos patriotas.

No quiero otra Venezuela en Estados Unidos

No quiero que Estados Unidos se convierta en una sociedad donde republicanos y demócratas se miren como enemigos irreconciliables; donde un inmigrante tenga miedo de hablar español, alemán o francés; donde una persona sea insultada por su camiseta política; o donde demócratas y republicanos sean reducidos a antipatriotas o fascistas por simple afiliación.

No quiero que las instituciones se obedezcan solo cuando favorecen a mi partido ni que ningún presidente —Trump, Biden, Obama o quien venga después— sea colocado por encima de la Constitución. Eso fue lo que aprendimos demasiado tarde en Venezuela: el problema no es solo quién ocupa el poder, sino cuándo una sociedad acepta que el poder puede estar por encima de las reglas.

La lección venezolana

Los venezolanos tenemos una responsabilidad especial al observar estos fenómenos. Ya vivimos el experimento: comienza con un líder que promete salvar a la nación, divide entre patriotas y traidores, entre los nuestros y los otros, y poco a poco dejamos de hablar de ciudadanos para hablar de enemigos.

Esta advertencia no va dirigida solo al MAGA. También va dirigida a los demócratas, porque si responden al fanatismo con otro fanatismo, no habremos solucionado nada: habremos creado dos trincheras. Y una democracia no puede sobrevivir indefinidamente convertida en una guerra de trincheras.

Nada más parecido a un chavista que un MAGA

Sí, lo sostengo: nada más parecido a un chavista que un MAGA cuando ambos dejan de pensar por sí mismos, convierten al líder en objeto de culto, consideran al adversario un enemigo, justifican sus excesos y colocan la lealtad política por encima de la Constitución, por encima de la nación.

Pero lo más importante es esto: un chavista fanático y un MAGA fanático se parecen no porque sean de izquierda o de derecha, sino porque son irracionalmente fanáticos. Y el fanatismo es exactamente lo contrario de la democracia.

La democracia no necesita ciudadanos que adoren líderes, sino ciudadanos capaces de cuestionarlos. No necesita enemigos, sino adversarios; no necesita obediencia, sino instituciones; no necesita unanimidad, sino pluralismo.

Y no necesita patriotas que griten más fuerte, sino ciudadanos capaces de decirle incluso a su propio líder: “No estoy de acuerdo contigo. Y precisamente porque te apoyé, tengo derecho a cuestionarte”. Esa frase sencilla puede ser una de las mejores vacunas contra el autoritarismo. Porque cuando dejamos de pensar por nosotros mismos, ya no importa el color de la camisa: el autoritarismo siempre termina encontrando una bandera bajo la cual esconderse.