Mérida, Agosto Viernes 28, 2026, 01:20 am
Hay frases que
nacen de una observación incómoda, pero que, precisamente por incómodas,
merecen ser examinadas. Esta es una de ellas: nada más parecido a un chavista
que un MAGA. Y por eso, sin temor a equivocarme, digo que son la misma vaina.
No afirmo que
todos los republicanos sean MAGA ni que todos los venezolanos que alguna vez
apoyaron a Hugo Chávez sean responsables del desastre venezolano. Mucho menos digo
que Estados Unidos sea hoy Venezuela. Hablo de patrones políticos: una forma de
entender al adversario, relacionarse con el poder y convertir la política en
una batalla moral entre “los nuestros” y “los otros”. Esos patrones son
inquietantemente parecidos.
El chavismo convirtió
progresivamente a Hugo Chávez en algo más que un presidente: para millones de
seguidores terminó siendo la encarnación de la patria, la revolución y la
esperanza. Criticar al líder comenzó a confundirse con atacar al proyecto;
atacar al proyecto, con atacar al pueblo; y atacar al pueblo, en la lógica más
radical, con traicionar a la patria.
La política dejó
de ser un espacio para administrar diferencias y se convirtió en una lucha
entre buenos y malos. Quienes estaban con la Revolución eran “pueblo”; quienes
estaban contra ella podían ser llamados enemigos, traidores, fascistas,
criminales o apátridas. Esa misma lógica aparece hoy en sectores radicalizados
del MAGA, donde Trump deja de ser solo un candidato o presidente para
convertirse en símbolo absoluto de una causa. Cuando cuestionar al líder se
interpreta como una agresión contra la identidad del grupo, la política
comienza a convertirse en tribalismo.
El chavismo hizo
de la división una herramienta política. Comenzó a clasificar al país entre
patriotas y traidores, revolucionarios y escuálidos, pueblo y oligarquía,
chavistas y antichavistas. El adversario dejó de ser alguien que pensaba
diferente y pasó a ser alguien moralmente inferior.
Ese mecanismo es
peligroso porque elimina la convivencia: cuando el adversario piensa distinto,
se puede negociar; cuando es considerado enemigo, se le puede perseguir; y
cuando se le llama enemigo de la patria, cualquier atropello puede justificarse
como defensa nacional.
Aquí está una de
las semejanzas que más me preocupa: en sectores radicalizados del MAGA también
aparece la idea de una “verdadera América” amenazada por demócratas, liberales,
inmigrantes, medios, académicos, funcionarios o jueces. No todos los MAGA piensan
así, pero el fenómeno existe y merece observarse sin miedo y sin complacencia.
El autoritarismo
necesita enemigos. Chávez los encontró sucesivamente en la oligarquía, el
imperialismo, los partidos tradicionales, los medios, empresarios, dirigentes
sindicales, opositores y, finalmente, en cualquiera que pudiera ser presentado
como amenaza a la revolución.
En el MAGA
contemporáneo, el enemigo puede cambiar de nombre: inmigrantes indocumentados,
demócratas, progresistas, medios de comunicación, burócratas, globalistas,
élites, jueces, universidades o grupos culturales. El mecanismo, sin embargo,
es parecido: “Nosotros somos la verdadera nación; ellos son quienes nos la
están quitando”. Esa fórmula es políticamente potente y democráticamente
peligrosa, porque transforma problemas complejos en explicaciones simples y
ciudadanos en categorías.
Hay algo
especialmente preocupante en la retórica contemporánea sobre la inmigración.
Una cosa es defender fronteras seguras, exigir que se cumplan las leyes
migratorias o deportar a quien legalmente debe ser deportado. Otra muy distinta
es convertir al inmigrante, como categoría humana, en sinónimo de criminalidad.
Estados Unidos
tiene derecho a controlar sus fronteras, pero una democracia también debe
distinguir entre quien cometió un delito y quien solo nació en otro lugar o
habla otro idioma. Según Pew Research Center, en 2025 el 65 % de los
estadounidenses consideraba que incluso los inmigrantes legales enfrentan algún
nivel de discriminación. Eso debería preocuparnos: una sociedad empieza a
deteriorarse cuando deja de mirar personas y comienza a mirar etiquetas.
Hay una
coincidencia simbólica llamativa: el rojo. Pero el problema no es el color,
sino lo que puede representar cuando se convierte en uniforme identitario. Los
símbolos políticos —una gorra, una camisa, una bandera— se vuelven peligrosos
cuando sustituyen el pensamiento crítico por la necesidad de pertenecer al
grupo.
El fanatismo no
pertenece exclusivamente a la izquierda ni a la derecha. Puede vestir de rojo o
de azul, llevar una camiseta revolucionaria o usar una bandera nacional. Su
rasgo profundo es otro: deja de preguntarse si su líder tiene razón y empieza a
justificarlo cuando está equivocado.
El ciudadano
democrático dice: “Mi líder se equivocó”, “Mi partido perdió” o “Hay que
respetar las instituciones”. El fanático responde: “Si mi líder se equivocó,
fue porque alguien lo obligó”, “Nos robaron” o “Las instituciones son buenas
cuando nos dan la razón”. Esa última frase debería producirnos escalofríos.
Chávez no
destruyó Venezuela en un día. La destrucción institucional fue progresiva:
primero la captura simbólica del poder, luego la descalificación del
adversario, después la normalización de lo inaceptable y, finalmente, el
debilitamiento de las defensas democráticas.
Por eso me
preocupa Estados Unidos. No porque sea Venezuela —no lo es—, sino porque
ciertas señales son reconocibles: la transformación del adversario en enemigo,
la obediencia ciega al líder, la justificación automática de sus excesos, la
deshumanización de quienes quedan fuera del grupo, el uso del miedo y la idea
de que solo “nosotros” somos patriotas.
No quiero que
Estados Unidos se convierta en una sociedad donde republicanos y demócratas se
miren como enemigos irreconciliables; donde un inmigrante tenga miedo de hablar
español, alemán o francés; donde una persona sea insultada por su camiseta
política; o donde demócratas y republicanos sean reducidos a antipatriotas o
fascistas por simple afiliación.
No quiero que
las instituciones se obedezcan solo cuando favorecen a mi partido ni que ningún
presidente —Trump, Biden, Obama o quien venga después— sea colocado por encima
de la Constitución. Eso fue lo que aprendimos demasiado tarde en Venezuela: el
problema no es solo quién ocupa el poder, sino cuándo una sociedad acepta que
el poder puede estar por encima de las reglas.
Los venezolanos
tenemos una responsabilidad especial al observar estos fenómenos. Ya vivimos el
experimento: comienza con un líder que promete salvar a la nación, divide entre
patriotas y traidores, entre los nuestros y los otros, y poco a poco dejamos de
hablar de ciudadanos para hablar de enemigos.
Esta advertencia
no va dirigida solo al MAGA. También va dirigida a los demócratas, porque si
responden al fanatismo con otro fanatismo, no habremos solucionado nada:
habremos creado dos trincheras. Y una democracia no puede sobrevivir
indefinidamente convertida en una guerra de trincheras.
Sí, lo sostengo:
nada más parecido a un chavista que un MAGA cuando ambos dejan de pensar por sí
mismos, convierten al líder en objeto de culto, consideran al adversario un
enemigo, justifican sus excesos y colocan la lealtad política por encima de la
Constitución, por encima de la nación.
Pero lo más
importante es esto: un chavista fanático y un MAGA fanático se parecen no
porque sean de izquierda o de derecha, sino porque son irracionalmente fanáticos.
Y el fanatismo es exactamente lo contrario de la democracia.
La democracia no
necesita ciudadanos que adoren líderes, sino ciudadanos capaces de
cuestionarlos. No necesita enemigos, sino adversarios; no necesita obediencia,
sino instituciones; no necesita unanimidad, sino pluralismo.
Y no necesita
patriotas que griten más fuerte, sino ciudadanos capaces de decirle incluso a
su propio líder: “No estoy de acuerdo contigo. Y precisamente porque te apoyé,
tengo derecho a cuestionarte”. Esa frase sencilla puede ser una de las mejores
vacunas contra el autoritarismo. Porque cuando dejamos de pensar por nosotros
mismos, ya no importa el color de la camisa: el autoritarismo siempre termina
encontrando una bandera bajo la cual esconderse.