Mérida, Octubre Miércoles 14, 2026, 07:06 pm
@puntossobrelau
La historia reciente de Venezuela guarda una lección dolorosa que la academia no puede darse el lujo de ignorar. Hace décadas, un país exhausto por la ineficiencia, la corrupción y la desilusión entregó su destino a una promesa mesiánica. Movida por la rabia y el cansancio acumulado, la sociedad sana y democrática apoyó ciegamente un proyecto sin sopesar la profundidad de sus consecuencias. El resultado es la ruina estructural, social y humana que hoy padecemos todos. Aquel entusiasmo contagioso se convirtió, muy pronto, en el arrepentimiento más amargo de nuestra historia contemporánea.
Hoy, la Universidad de Los Andes corre el riesgo inminente de reproducir exactamente el mismo patrón trágico a escala institucional. Cuando las estructuras se debilitan y la frustración se acumula, el populismo florece como hiedra en el medio alimentándose del desespero.
Han sido quince años de inercia, parálisis y saturación de las autoridades actuales han dejado a la comunidad universitaria profundamente agotada. La necesidad de cambio es legítima y urgente, pero el desespero es un pésimo consejero porque nos lleva a la negligencia y pérdida de memoria al accionar más por conducta popular que por ética y principios, demostrando que la intelectualidad académica no es inmune al populismo. Además, en el populismo el descontento es un abono que hace germinar la demagogia, esos discursos sonrientes que prometen soluciones mágicas sin trayectoria ni propuesta. Esta técnica electoral degrada al universitario al tratarlo como a un adolescente, al punto de consultar a la audiencia por proyectos en plena campaña. Le ofrecen populismo para complacer la inmediatez, sustituyendo el rigor académico -la verdad- por consignas sensacionalistas como caramelos para la ansiedad que arrancan aplausos irracionales.
Se genera una ola de apoyo ciego donde la simpatía superficial y el éxtasis colectivo reemplazan el juicio crítico, entregando la institución a una total ausencia de proyectos reales y a un básico escalamiento de cargos, en réplica exacta de la cultura política que tanto cuestionamos en el plano nacional; ceder a esta seducción populista en la urna académica, guiada por favores, amiguismo y pasividad, equivale a la fatalidad del chavismo, demostrando que poseer un título no inmuniza contra el clientelismo, por lo que ante semejante claudicación moral la postura debe ser el rechazo categórico, sabiendo que una vez consumado el triunfo de la demagogia la ilusión se desvanece, la incapacidad técnica acelera el deterioro y se destruye la mística académica, obligando a quienes aspiran fundar una nueva universidad a romper con esa sangre interna contaminada para asumir por fin el rigor de la dedicación académica.
La Universidad de Los Andes ha sido históricamente el faro del pensamiento crítico, la ciencia y la dignidad nacional. Sería una tragedia e imperdonable contradicción que la comunidad más ilustrada del país caiga en la misma trampa emocional que destruyó a la república. No podemos permitir que el destino de nuestra alma mater sea decidido por el desahogo del momento ni por la manipulación populista.
La encrucijada actual, marcada por el colapso interno y la disrupción
ineludible de la Inteligencia Artificial, no se resuelve con simpatías
electorales, sino con valentía intelectual. Nos exige transitar hacia la Universidad
de la Complejidad, respaldados por la mística, el rigor y una hoja de ruta
seria y experimentada como el Proyecto Puntos Sobre La Ü. El voto
universitario debe ser un acto consciente de responsabilidad e inteligencia
estratégica. Exijámonos debate de fondo entre los pares en las aulas, pasillos,
y cafetines; sopesemos los proyectos y no permitamos que la ceguera colectiva
nos condene al arrepentimiento. El futuro de la universidad no se regala al
populismo; se conquista con academia, razón, experiencia, dignidad y firmeza.
¡Pongamos los Puntos Sobre La Ü a la Üniversidad de Los Andes!