Mérida, Octubre Jueves 15, 2026, 10:32 pm
A raíz del anuncio del cierre definitivo de la
Librería Temas, he recibido mensajes y llamadas que me han conmovido hasta las
lágrimas. Amigos entrañables, médicos que me confesaron haber llorado la
noticia, lectores de toda la vida y transeúntes habituales han reaccionado con
profunda pena. En la calle y en las conversaciones, muchos buscan culpables:
señalan a la situación general del país, al gobierno, a la economía implacable.
Y aunque es cierto que vivimos en un entorno adverso, la verdad íntima y desnuda
de este cierre es mucho más amplia, más humana y más serena.
Librería Temas no fue un hecho fortuito ni una
simple franquicia comercial; fue el resultado de un sueño compartido. Un sueño
levantado a cuatro manos y dos corazones por Braulio Eduardo Castro y por mí,
socios en la vida y en los libros, que juntos decidimos edificar en Mérida un
faro cultural. Durante décadas aguantamos con valentía, con terquedad y con una
pasión inquebrantable. Pero la vida, sabia y categórica, nos enseña que nada en
este mundo es eterno, y que tan importante como saber fundar un proyecto es
saber cuándo ha llegado la hora de retirarse con la frente en alto.
El peso del adiós y la vocación
de una existencia
Decidir el cierre no fue simplemente bajar una
puerta de metal; fue como desprenderse de un pedazo de nuestra propia
existencia. Mover la última llave en la cerradura implicó un temblor en las
manos y un nudo opresivo en la garganta. Ver hoy las estanterías completamente
vacías —despojadas de ese aroma a papel, lomo y tinta que durante más de
veinticinco años fue nuestra atmósfera cotidiana— produce un dolor íntimo,
silencioso y desgarrador.
Mi camino siempre estuvo guiado por la palabra.
Tras mi paso por las aulas como profesora en la Universidad Católica Andrés
Bello (UCAB) en Caracas, y a lo largo de mi ejercicio como periodista y eterna
lectora, la literatura fue mi brújula. Sin embargo, el noble y complejo oficio
de librera lo aprendí de verdad en el día a día, caminando al lado del mejor
maestro que pude haber tenido: Eduardo Castro. Junto a él comprendí que un
espacio de este tipo no es solo un comercio donde se despachan volúmenes, sino
un templo vivo donde se orienta al alma desvelada y se cuida la memoria de una
comunidad.
Por eso, ver esos espacios desnudos genera una
especie de duelo: el despecho dulce y amargo de sabernos guardianes de miles de
confidencias, miradas y encuentros que marcaron a varias generaciones de
merideños. Sin embargo, en medio de las lágrimas, no nos embarga la amargura,
sino una gratitud inconmensurable. Descubrimos que el verdadero tesoro de
Librería Temas jamás estuvo en los libros contables, sino en el afecto de una
ciudad entera que hizo de nuestro sueño su propio refugio.
Un oasis irreductible: el libro
sin concesiones
Desde el primer día fijamos una norma que
mantuvimos de principio a fin con orgullo casi quijotesco: Librería Temas fue
siempre, exclusivamente, una librería. Jamás cedimos a la tentación de
metamorfosearnos en quincalla, papelería, bisutería o venta de teléfonos
móviles. Mientras otros comercios cambiaban de rubro para sobrevivir, nosotros
decidimos mantener la continuidad del libro impreso en nuestras estanterías:
narrativa, ensayo, poesía y fondo universitario. En nuestros anaqueles solo
habitó, con absoluta dignidad, la palabra escrita.
De la casa verde al
"carpintero" de los libros
La historia de Eduardo con Mérida se remonta muy
atrás. Su primer contacto como librero con esta ciudad de la Sierra Nevada
ocurrió en 1978, cuando visitó la recordada Librería Selecta y conversó con
aquel gran librero de antaño, el señor Canales. En esa ocasión, Eduardo vendió
sus primeros volúmenes en la ciudad: ejemplares de La casa verde de
Mario Vargas Llosa —flamante ganador del Premio Rómulo Gallegos— y Del
hombre y su inacción de Ernesto Mayz Vallenilla.
Casi dos décadas después, tras una fructífera labor
como fundador de la red de librerías Kuai-Mare impulsada por doña Virginia
Betancourt desde la Biblioteca Nacional, Eduardo regresó a Mérida. A finales de
los años 90, entre 1997 y 1998, iniciamos juntos la hermosa aventura de
Librería Temas.
Formamos un equipo donde los roles estaban marcados
por el amor al oficio. A mí me correspondió brindar el respaldo cultural,
periodístico y la vocación lectora para guiar las selecciones y la atención al
público; Eduardo, con una humildad entrañable, solía definirse a sí mismo como
"el carpintero de la librería": aquel que armaba estantes, acomodaba
volúmenes, limpiaba el polvo y cargaba pesado hasta ganarse una hernia que hoy
conserva como un trofeo de trabajo honrado.
La anatomía de un cierre: el
desamparo y la estampida universitaria
En sus primeros años, la librería floreció en medio
de una intensa dinámica editorial y comercial en todo el país. Sin embargo, con
el paso del tiempo se fue configurando un caldo de cultivo adverso. La
actividad librera pura es quizás el comercio más desprotegido del sector
cultural: nunca contó con el respaldo institucional, económico ni gubernamental
que requería un espacio de esta envergadura. Las fundaciones e instituciones
del Estado solo respondieron con "aplausos en silencio".
A partir del período 2011-2012, la situación
comenzó a radicalizarse. El primer campanazo de alerta vino con la migración
digital de las principales editoriales universitarias, que empezaron a publicar
prioritariamente en formato electrónico. A ello se sumó el golpe más duro para
el tejido social merideño: el desmantelamiento de la comunidad universitaria.
Mérida, que llegó a albergar a más de 50.000 estudiantes que daban vida
económica y académica a la ciudad, vio reducir esa masa crítica a menos de la
mitad. Cuando la comunidad universitaria se extinguió y los sueldos de los
profesores se volvieron sal y agua, el ecosistema librero colapsó.
La disyuntiva para la gente de a pie se volvió
implacable: ante la urgencia de la subsistencia y la hiperinflación, llevar el
pan o las medicinas a casa desplazó por completo la compra de un libro.
Una luz que no tiene olor
político y una semilla que no se extingue
Bajar la santamaría de Librería Temas no significa
un fracaso; significa haber cumplido un ciclo con la dignidad intacta.
Ante algunos comentarios desatinados que leí en
redes sociales, donde alguien pretendió juzgar de forma despectiva la postura y
las afinidades políticas individuales del Sr. Eduardo, solo puedo responder con
la verdad de lo que fuimos: la luz que emitía la Librería Temas nunca tuvo
un color ni un olor político. En nuestra casa cabían todos los
pensamientos, todas las corrientes y todas las voces; fue siempre un territorio
libre de prejuicios donde solo imperaba el respeto y el amor por los libros.
Queremos expresar las más profundas y sinceras
gracias a todas y cada una de las personas que nos visitaron, a quienes
hicieron de Temas su lugar favorito durante décadas y a quienes hoy sienten y
lloran su partida como propia. Su lealtad y su cariño son la mayor recompensa
que nos llevamos.
Resulta inevitable evocar el Cementerio de los
Libros Olvidados de Carlos Ruiz Zafón, cuando recordaba que «cada libro,
cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió y el alma de
quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él». Librería Temas fue la
guardiana de miles de esas almas y de los pasos de todos ustedes.
Aunque el espacio físico apague sus luces y cierre
este capítulo comercial, cada conversación compartida, cada recomendación
acertada al lector desvelado y cada historia que floreció en nuestro rincón
seguirán vivas en la memoria colectiva de Mérida y de Venezuela. Como el Ave
Fénix, la belleza nunca desaparece del todo: sus cenizas guardan siempre la
simiente de un nuevo comienzo.
Librería Temas fue parte fundamental de nuestra
historia personal, y seguirá siéndolo para siempre como el recuerdo de un viaje
inigualable.
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Leer hace la diferencia.