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Por Ricardo Gil Otaiza

Jesús, trascendente pero humano por Ricardo Gil Otaiza



Jesús, trascendente pero humano por Ricardo Gil Otaiza

Fascinante la novela que nos presenta José María Zavala, titulada El Profeta (Ediciones B, 2026), cuyo lema es “La gran novela de Jesús de Nazaret”, y que irrumpe en el mercado editorial español y de Hispanoamérica con una fuerza contundente (tengo en mis manos la 10.ª Edición), para relatarnos parte de la vida de un personaje cuya grandeza logró el portento de dividir la historia de la humanidad en un antes y un después, y cuya impronta es hoy un punto de referencia en el que confluyen creyentes y no creyentes, pero que no deja indiferente a nadie, aunque ese “alguien” se catalogue como ateo o agnóstico, o de confesiones ajenas al denominado Cristianismo.

Debo partir del hecho de que, al ser una novela, necesariamente debemos admitir en estas páginas la intromisión de la ficción (que recrea y articula, sesga o recompone, y para ello echa mano de las herramientas propias de la literatura), aunque la historia y la trama se articulen alrededor de un personaje histórico como Jesús, el solo hecho de contar o narrar, de hilvanar diálogos, de poner a interactuar a unos personajes (aunque algunos sean reales), de dibujar un contexto y un tiempo, es la literatura la que toma la palabra y nos invita a entrar en un mundo recompuesto, reconstituido, especialmente creado para que como lectores nos sintamos copartícipes de todo.
A pesar de conocerse la vida y el final cruel al que es llevado Jesús por sus pérfidos verdugos, las intermitencias entre la realidad y la ficción hacen que sigamos los pormenores de la historia y no la abandonemos antes del fin. La novela busca recrear, de allí que sintamos la necesidad de seguir leyendo, de avanzar en sus páginas, de esperar “un no sé qué” que nos ayude a entender lo acaecido, y que la tensión propia de una narración oscura y tremenda como pocas (las fuentes bíblicas), se erija al mismo tiempo en un espacio para la necesaria conmoción interior: para la fe como instrumento de ayuda; para la espera de un mundo mejor.

Es más, en mi larga experiencia como escritor, columnista y crítico, he aprendido algo que a muchos no les gusta que exprese (oh Dios, mero ejercicio de vanidad de autor), pero que encierra una verdad del tamaño del cielo, y es que partiéndose del hecho literario per se, es prácticamente imposible (por no decir, que se trata de un error epistémico) hablar de “novelas históricas”, porque sencillamente es una antinomia (ergo, ambas nociones se excluyen por su propia naturaleza), por ello prefiero hablar de historias noveladas (que no es lo mismo), lo que nos ubica como espectadores de un artificio literario con elementos históricos (o historiográficos), lo que resulta muy atractivo y tiene un público enorme en todo el mundo.

En El Profeta, el autor tuvo la buena ocurrencia o tino de contar los hechos desde la mirada de Lucio Fedro, quien es en la trama novelesca un exguardia pretoriano del emperador Tiberio, y esta estrategia busca, a qué dudarlo, conferirle al texto la necesaria verosimilitud (es decir, que nos creamos lo narrado a pie juntillas, aunque el citado personaje jamás haya existido), porque echa mano de un supuesto “testigo” presencial de los hechos y ello implica una interesante perspectiva, ya que representa en sí las antípodas de lo que Jesús significa para sus seguidores, de allí la tensión permanente entre su figura y la Roma imperial: poder militar, fuerza bruta, crueldad, imposición, y horror, versus la bondad, la espiritualidad, el amor por el prójimo, el dolor frente al que sufre, y la cercanía con los excluidos y apartados de la sociedad, que exhibe Jesús, para el enfado de sus numerosos detractores y enemigos.

Pero esto no se queda allí, sino que Zavala da un giro en el pensar y sentir del personaje (Lucio Fedro) y, de ser un mero representante de un Estado todopoderoso, que busca desde el espionaje incriminarlo y aprehenderlo (que le sigue los pasos a Jesús para sorprenderlo violentando la Ley), termina por producir en él una suerte de epifanía que lo transforma en lo interior, y todo en él cambia.

Me gusta mucho que en la novela Jesús no esté anclado solo a lo que representa para todos: una figura religiosa de elevada impronta desde lo espiritual, sino que además se nos muestra desde lo literario y en su esencia humana y terrena. Emociones, sentires, gestos y reacciones lo contraponen a la mirada divina a la que estamos acostumbrados desde la fe, de allí la cercanía que sentimos cuando leemos la novela, y esta cercanía es muy grata, porque sentimos que Jesús es uno más entre nosotros, que sufrió los altibajos propios del ser humano, y esa duda y ese llanto que se nos narra en las Escrituras, son signos inequívocos de su raíz telúrica, de ser un hombre de su tiempo, pero cuya dimensión se hace trascedente y luminosa cuando se nos desvela su origen divino.

La técnica cinematográfica que usa Zavala es uno de sus grandes aciertos (como lo es el protagonismo de las mujeres en lo narrado), lo que rompe esquemas y hace de esta novela un texto visual: cambios de escenarios, movimientos de personajes, desplazamientos de la lente desde la que se observa, y todo ello introduce al “todo” una movilidad inaudita, un ritmo vertiginoso (aunque acompasado), que evita el estatismo y la cuadratura propias de las historias noveladas de siempre, y todo esto hace que en sus páginas haya intriga y suspenso, y en las que el peligro latente y la persecución sean puntos clave en medio del dolor que sabemos que llegará con la pasión, crucifixión y muerte del personaje, y todo narrado con un lenguaje contemporáneo, deslastrado de atavismos y topos, lo que se agradece. Y así como hay sufrimiento, hay también esperanza; la esperanza del mensaje crístico, que lleva más de veinte siglos cabalgando la historia de la humanidad.