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"Bolívar y Ponte" frente a las sombras de Marx por Giovanni Marquina

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Por Giovanni Marquina


Cuando en 1858 Karl Marx publicó el artículo "Bolívar y Ponte" en The New American Cyclopaedia confundiendo, por cierto, el segundo apellido del Libertador, que era Palacios, cometió uno de los desatinos más denigrantes e injustos de la historiografía política. Cegado por el eurocentrismo de su época y subordinado a las crónicas resentidas de mercenarios franceses, Marx caricaturizó a Bolívar como un aristócrata cobarde, autoritario movido por la ambición personal y no como un emancipador , llegando a tildarlo del "Napoleón de las retiradas". Este texto, que ocupa aproximadamente 15 páginas en la edición estándar de sus obras completas, refleja cómo la dependencia de fuentes sesgadas llevó al pensador judío alemán a trazar una semblanza profundamente distorsionada del líder sudamericano.

En su escrito, Marx sostiene de manera reiterada que Bolívar solía abandonar el campo de batalla en momentos decisivos, fundamentando su postura en episodios como la pérdida del castillo de Puerto Cabello en 1812 o su replegamiento durante la expedición de Los Cayos. Lejos de reconocerle su visión bélica, reduce el mérito militar del Libertador a una mera ilusión, atribuyendo los verdaderos triunfos de la contienda americana a la intervención estratégica de la Legión Británica y a la pericia de jefes continentales como Sucre, Páez o Piar. Bajo esta óptica sesgada, el ideario republicano de Bolívar no habría sido más que una fachada retórica destinada a encubrir una desmedida ambición autocrática de corte bonapartista, orientada a perpetuar una dictadura vitalicia o una monarquía solapada tras la redacción de la Constitución Boliviana de 1826.

La respuesta científica e histórica a semejante despropósito quedó magistralmente plasmada en "El Bolívar de Marx" de la Editorial Alfa, publicado en en el 2007, obra imprescindible de los historiadores venezolanos Inés Quintero y Vladimir Acosta. En este riguroso estudio crítico, la caricatura de un Bolívar reducido a simple "aristócrata mantuano" se desploma ante el peso incontestable de los hechos. Ciertamente, el Libertador nació en la cuna de la opulencia, sin embargo, la verdadera dimensión de su heroísmo radica en haber renunciado a sus haciendas, fortuna y privilegios de clase para entregarse por entero a la causa republicana, una gesta que lo condujo a la indigencia material, pero lo inmortalizó en la gloria.

La falacia del Bolívar "inepto" se desintegra al contrastarla con la titánica realidad de sus campañas militares. Mientras Napoleón Bonaparte recorrió cerca de 60.000 kilómetros en sus guerras europeas, Simón Bolívar cabalgó más de 123.000 kilómetros a lomo de caballo y mula para liberar a un continente. Hablamos de una distancia lineal equivalente a dar tres vueltas completas a la Tierra, superando las hazañas geográficas de Aníbal, Alejandro Magno y el propio emperador francés.

 Bolívar se enfrentó al imperio más poderoso de la época cruzando llanos indomables, desiertos hostiles y liderando el épico cruce de los Andes a más de 4.000 metros de altura en el páramo de Pisba. Comandó batallas inmortales como Boyacá, Carabobo, Bomboná y Junín, coordinando una estructura militar y civil que rompió trescientos años de yugo colonial.

Frente a esta colosal verdad histórica surge una profunda contradicción en la política contemporánea. El gobierno actual, dirigido por Delcy Rodríguez hija del líder comunista Jorge Rodríguez padre, fundador de la Liga Socialista y heredera de las tesis de la "Revolucion Bolivariana", mantiene un silencio sepulcral sobre el manifiesto anti-bolivariano de Marx. En el discurso de la izquierda trasnochada que se inoculó  durante el siglo XX en Venezuela, luego con la llegada de  Hugo Chávez, Nicolás Maduro y ahora el Rodrigato, jamás tocan la incómoda realidad de que su principal referente ideológico Carlos Marx despreciaba al Libertador.

Prefieren callar el agravio de Marx y, en su lugar, exaltar ciegamente un personaje que, irónicamente, vivió como un auténtico aristócrata, financiando su obra intelectual gracias a las plusvalías y riquezas heredadas de las fábricas textiles de sus propios amigos.

El gran legado de Bolívar en Latinoamérica no fue la fundación de repúblicas soberanas. Su espada, a diferencia de los ejércitos de la vieja Europa, nunca conquistó territorios ajenos, solo liberó pueblos. Fue el estadista que rompió con su propia herencia aristocrática para decretar la abolición de la esclavitud, defender la propiedad comunal indígena y proponer, a través de la Gran Colombia, un bloque geopolítico unificado. 

A casi diecisiete décadas de aquel errático artículo enciclopédico, la realidad histórica resplandece. Marx pudo haber dejado un método analítico para la economía, pero Bolívar nos dio el territorio, la identidad, la doctrina y la fuerza patria para ser verdaderamente libres.

 A los venezolanos jamás se les dijo que el creador del Manifiesto Comunista, ese ícono venerado por el chavismo, el madurismo y ahora el rodrigato fue, en realidad, el más encarnizado detractor de nuestro Padre Libertador Simón Bolívar. Pero la historia no perdona: el Libertador sigue cabalgando en la conciencia de una América Latina que hoy despierta frente a los dogmas importados y los silencios cómplices. Esos mismos silencios que traicionaron su legado pretendieron seguir engañando a una nación, invocando una falsa libertad antiimperialista mientras banalizaban la estirpe de lo "bolivariano".




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