Mérida, Abril Lunes 27, 2026, 04:33 pm
Ya son las 7:00 am en el Norte de Santander. El polvo
pardo de la tierra de La Parada comienza a desprenderse con el pisar firme de
los peregrinos que cruzan la línea divisoria entre Colombia y Venezuela. El
paisaje, ofuscado por el sol intenso de Cúcuta, se asemeja a un mercado
saturado de gente en pleno desierto. En ese panorama, a dos cuadras de la
frontera, hombres y mujeres de todas las edades hacen fila para ingresar a un
galpón y así poder saciar su hambre con la comida que prepara Fabiola Ruiz,
jefa de cocina y una de los voluntarios de la Casa de Paso La Divina
Providencia.
Ella es la encargada de preparar las 6.000 raciones
de comida que la organización sin fines de lucro reparte diariamente a los
2.800 venezolanos que se benefician de este comedor comunitario. “Iniciamos a
las 6:00 am y una hora después empiezan a pasar para recibir el primer alimento
del día: avena o chocolate con pan. A veces damos pan con crema de leche, pan
con salchichón o pan puro. Luego se hace una oración y la gente se retira para
volver a la hora del almuerzo”. A las 10:30 am comienzan a servir la segunda
comida y finalizan la jornada a la 1:00 pm.
Desde hace más de un año se instaló esta casa de
paso; poco a poco ha aumentado el número de personas atendidas. Pero todo se
originó espontáneamente, cuando un día el padre David Cañas llamó a Fabiola
Ruiz para hacer una olla de sopa en la calle y repartirla a los venezolanos que
se encontraban en La Parada. “Ese día alcanzó para unas 200 o 250 personas.
Cuando se nos terminó, muchos se quedaron sin comer; ellos nos pedían que por
favor les diéramos las ollas para raspar con las manos lo poco que quedaba en
el fondo. Esa escena me impactó; desde entonces decidí seguir con la obra junto
al padre David”, comenta Ruiz.
Llanto, desnutrición, desmayos, niños con hambre y
personas que no saben a dónde ir son algunas de las vivencias ajenas que han
tenido que presenciar los colaboradores en la casa de paso.
“Era un niño
que no caminaba; eso para mí fue duro. Luego de esa escena les compramos
compotas y les hicimos un tetero. También comió pan y tomó chocolate. Ver a ese
niño me tocó”.
Antes de ayudar regularmente al padre Cañas con la
fundación, Fabiola era dueña de un restaurante que fue a la quiebra. Sin
opciones, acudió a la iglesia, donde le ofrecieron ayuda espiritual y ella se
las retribuyó con sus conocimientos culinarios. “La mujer que inició en esta
casa de paso no es la misma hoy en día.
Ver una problemática mayor que la mía me dio mucha fortaleza. Escuchar a
los demás y darle voz de aliento me motiva a seguir cada día más”.
Ya es la 1:00 pm en Norte de Santander. Ahora la luz
cenital del sol quema la piel de los peregrinos que siguen cruzando la
frontera. Algunos pasaron el Puente
Internacional Simón Bolívar simplemente para comer en la Casa de Paso la Divina
Providencia y ya van de regreso a Venezuela; otros son inmigrantes que viven en
Cúcuta. También acuden los que necesitan fuerzas para continuar la procesión
por territorio colombiano rumbo a otros países.
“Son muchos sentimientos encontrados por parte de los colombianos. Hay quienes sienten rabia ante la impotencia de no poder parar tanta migración. Otros simplemente miran los ‘toros desde la barrera’ porque se encuentran en su zona de confort. Pero también están las personas que ‘han sido tocadas’ y vienen a colaborar aquí día a día. Siempre oramos para que mejore y la situación cambie, porque solo Dios puede transformar esto. No hay más nada que hacer, simplemente se debe ayudar”.
EL NACIONAL