Mérida, Abril Domingo 26, 2026, 06:02 am
Superaba ya los 80 años de vida este yaracuyano que un día cualquiera se
radicó en Mérida. Llegó procedente de muchos lugares, quizá de oriente o del
centro. Total; Alberto fue un célebre trotamundos sin destino fijo hasta que
esta tierra lo atrapó para siempre. Muchas veces nos lo dijo, arrellanado en el
grato sillón que en La Casa de La Cultura de Mérida se solazaba a diario
releyendo las páginas de El Nacional. Mérida fue otra de sus pasiones porque la
primera fue la lucha armada, acompañando la Izquierda Histórica de Venezuela
que en este líder de montoneras “sesentosas” se hizo nostalgia y evocación
indeleble.
Muchos diálogos sostuvimos y por él conocí, los vericuetos que su
generación desandó tras una quimérica idea de franquicia política. Me acerqué a
Alberto Tirso Meléndez para escucharlo porque la suya era conversa franca,
sencilla y copiosamente cargada de anécdotas que hasta se nos antojaban inverosímiles.
Al contrastarlas con casos análogos y personajes citados, se convertían en
curiosísimas realidades. Si la lucha armada venezolana estuvo cubierta de
romanticismo, Alberto lo vivió en carne propia porque se libraba una batalla
sin cuartel por ideales que conllevaban sueños de grandeza y redención plena.
Con frecuencia dejaba fluir el verbo ardiente para conectarnos con épocas
pretéritas de la Venezuela posible, aun cuando algunas veces chocara con
nuestras doctrinas. Nos enganchaban sus historias y envidiábamos haberlas
vivido con tanta pasión. A ellas no renunció; antes bien reclamó la lucha
reorientando caminos de sus camaradas en la trama cultural del país. En Mérida
halló cobijo a sus ideas en un grupo universitario que bebió en similares
fuentes de la experiencia. La amistad con Orlando Gutiérrez, Corrado Canto y
Gloria Pargas, sirvió de peana para consolidar el viejo anhelo deseo de
promover la cultura popular.
Lector afanoso y disciplinado que no cedía tregua a ningún tema pero que
con preferencia daba cabida al análisis político, sin que esquivara tratar con
elocuencia y conocimiento el acontecer continental y más allá, si era el caso.
No se permitía ignorar un asunto de la geopolítica y por ello terciaba con
tanta facilidad ante gobernantes locales o de otras regiones, a quienes atendía
en orientaciones y consejos. De ello nos consta porque era habitual la
indicación en conversas telefónicas que se cruzaban mientras platicábamos. Fue
amigo de sus amigos, que los tuvo de diverso credo político y religioso,
siempre.
El proyecto de La Casa de La Cultura Juan Félix Sánchez lo absorbió de tal
manera que se convirtió en su custodio a perpetuidad. A diario se le hallaba en
el lugar y desde allí “despachaba” consejos, advertencias, proyectos y
guiaturas a granel. Siempre de buen humor y con el carisma de un patriarca
escuchaba con paciencia para luego aleccionar a cada uno, sin reparar el que
fuera un gobernante, el estudiante universitario o el artista que por allí
llegaba para mostrarle lo que iba logrando. Para todos, había una palabra de
sinceridad, un aplauso, un apretón de manos y una frase positiva que enaltecía
a quien la recibía.
Fue una suerte de mecenas de la ética cultural merideña sin que se
entendiera como auspiciante dinerario sino más bien, auspiciador y gestor de
las iniciativas en el sector. Cultivó las amistades de Carlos Cruz-Diez, José
Agustín Catalá, Juan Félix Sánchez, Jesús Soto, Héctor Mujica, Edmundo Aray, Francisco
del Castillo, Carlos Contramaestre, Giandoménico Pulitti e Iván Vivas, y los
granadinos Antonio Bonilla y Fernando Botero. Auspició con ímpetu y gran
impulso el Festival Violín de Los Andes, al lado de un gran equipo con Leo
León, Omar Sánchez, Jorge Villet Salas y Daniel Colls.
Hoy cuando la marcha toca su final, despedimos a Alberto Tirso Meléndez en
la seguridad que su tiempo fue premiado y su labor cumplida. Se marcha de este
plano terrenal con la satisfacción del deber cumplido. Mucho más habrá que
decir de este yaracuyano de Cocorote que nació en esa tierra de sortilegio el
23 de diciembre de 1941 pero, de nuestra parte, solo agregamos que lo tuvimos
por Maestro y lo disfrutamos como amigo, siempre. Sus palabras eran
orientadores y la pedagogía política la ponderamos como de grata esencia para caminar
con paso firme. Gracias Alberto Tirso, por tanto y por siempre.