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Por Giovanny Marquina

"Arar en el mar" la sentencia de Bolívar por Giovanny Marquina



"Arar en el mar" la sentencia de Bolívar por Giovanny Marquina

El debate público en Venezuela parece haber quedado atrapado en un laberinto de inercia y suspensión temporal. Vivimos bajo un statu quo donde la incertidumbre agobia el día a día y desgasta las expectativas de progreso de las familias. Sin embargo, este escenario de fragmentación institucional y desesperanza social no es huérfano de antecedentes.

Hace casi dos siglos, el 9 de noviembre de 1830, un Simón Bolívar diezmado por la enfermedad y la decepción política firmaba desde la amargura una célebre carta dirigida al general Juan José Flores. El texto de Bolívar debe ser contextualizado. Aquel 1830 no era solo un año de desintegración política, sino también el último tramo de la vida de un hombre físicamente quebrado. El Libertador, que había cruzado los Andes y comandado miles de batallas y victorias, ya no era el mismo. Se encontraba en la etapa final de sus días, devastado por la tuberculosis y el inmenso desgaste físico acumulado durante décadas de lucha incansable por la independencia.

Aquellas palabras surgieron del alma de un hombre que, viendo acercarse su propia muerte, contemplaba con dolor cómo se desmoronaba el edificio que con tanta sangre había construido. En aquel texto, al ver cómo el proyecto republicano se resquebrajaba ante las ambiciones particulares y la anarquía, el Libertador dejó grabadas sentencias lapidarias que hoy resuenan con una vigencia escalofriante: "El que sirve una revolución ara en el mar" y, quizás la más dolorosa para nuestro presente, "La única cosa que se puede hacer en América es emigrar".

Para la ciencia política moderna, el diagnóstico crepuscular de Bolívar no era más que la descripción primigenia de lo que hoy conocemos como un Estado fallido, un territorio incapaz de proveer orden, seguridad jurídica, servicios públicos elementales y viabilidad económica para sus ciudadanos. 

En la Venezuela contemporánea, esa advertencia se ha materializado en la realidad de más de 9 millones de compatriotas esparcidos por el mundo; una diáspora histórica que no responde al deseo voluntario de conocer nuevos horizontes, sino a la dura necesidad de huir de un entorno que dejó de ofrecer certezas básicas.

Ante este espejo histórico, la gran interrogante que debemos plantearnos como sociedad, y especialmente desde la dirigencia con responsabilidad social, es si estamos condenados a firmar la capitulación definitiva. ¿Debemos aceptar las amargas conclusiones de 1830?

La carta de Bolívar debe ser entendida como una severa advertencia histórica, no como una condena a perpetuidad. El destino de Venezuela no está sellado en piedra. Corresponde a la ciudadanía de a pie, a las reservas morales de la nación y a una dirigencia seria y comprometida asumir el costo histórico de edificar una república gobernable, próspera y viable. El compromiso no es vaciar el país, sino reconstruirlo.