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Por Jesús Rondón Nucete

El cardenal Baltazar Porras frente al poder ilegítimo por Jesús Rondón Nucete



El cardenal Baltazar Porras frente al poder ilegítimo por Jesús Rondón Nucete

Mientras el mundo celebraba la canonización en Roma de los santos José Gregorio Hernández y Carmen Rendiles, el régimen venezolano planeaba impedir la presencia del cardenal Baltazar Porras en la ceremonia que en honor de aquellos se debía realizar en Isnotú el domingo 26 de octubre pasado. Apenas el Prelado regresó al país se puso en marcha el operativo previsto para el despropósito. Les resultó fácil porque la Iglesia carece de comandos armados para proteger a sus jerarcas y asegurar el cumplimiento de sus actividades. Pero, la operación gubernamental, ampliamente difundida, constituyó una ofensa a los venezolanos, creyentes, tolerantes y respetuosos.      

Los jefes del régimen –Nicolás Maduro (y Cilia Flores), Vladimir Padrino López, Diosdado Cabello y Jorge (y Delcy) Rodríguez– no comprenden la misión, naturaleza y organización de la Iglesia Católica.  No es un ejército de adherentes sometido a disciplina arbitraria (como la fuerza armada venezolana, con mandos de fanáticos, tarifados y corruptos, y reclutas obligados). Nunca aprendieron que es una institución divina, fundada por Cristo, con seres humanos, pecadores, encargada de predicar la salvación espiritual. Esa incomprensión que muestran muchos cuando ejercen el poder se observa desde la antigüedad. Porque, la Iglesia denuncia su conducta y les recuerda el deber de atender el bien común (y no el suyo particular). Creen que cuando condenan (a muerte o segregación) a los pastores toman medidas eficaces para impedir la conservación o expansión de la fe. No lo lograron los emperadores romanos, los príncipes medievales, los revolucionarios de hace décadas, los dictadores recientes.

Los totalitarismos del siglo XX atacaron a la Iglesia. Antes lo habían hecho con saña otros “revolucionarios” (en Francia,  España y aún en América).  Pensaron unos que podían erradicarla o, al menos, someterla y callarla. Incluso, planearon sustituirla, como lo decretó Enrique VIII en Inglaterra (y se intenta ahora en China). La Iglesia resistió al nazismo a costa de grandes sacrificios: obispos, sacerdotes, monjas y fieles fueron apresados y asesinados. Luego sobrevivió a la persecución de los comunistas. Los cardenales Jozsef Mindszenty de Esztergom, Joisef Veran de Praga, Stefan Wyszynsky de Cracovia y Aloysius Stepinac de Zagreb fueron encarcelados. También (por treinta años) Ignatius Kung Pin-mei de Shanghai. No han cesado los sufrimientos, por lo que se multiplican los mártires: son ya 1734 en el siglo XXI los reconocidos por la Comisión creada al efecto por el papa Francisco (643 en África, 357 en Asia y 304 … ¡en las Américas!)    

Ocurrió en América desde los comienzos de la evangelización. Ignorantes, los indígenas dieron muerte a los primeros misioneros en Paria, como a los que iniciaron las reducciones en Paraguay. Dos siglos después, los jesuitas – sospechosos de deslealtad – fueron expulsados de los dominios de España, con graves daños sociales y económicos. Las persecuciones no cesaron bajo diversos regímenes republicanos: oligarquías, dictaduras, revoluciones. Se ha reconocido el martirio de 27 mexicanos durante la “guerra cristera”. No escapó la Iglesia venezolana al sufrimiento. En 1830 y 1873 los Obispos fueron desterrados.  Quienes los extrañaron murieron fuera del país: Páez y Guzmán (también C. Castro que ordenó la prisión y destierro del padre Jauregui, luego obispo).  Entre sombras y luces se movió el Benemérito: en 1931 hizo regresar al Ordinario de Valencia, Montes de Oca. Molestaron a Pérez Jiménez (y no atendió) las críticas del arzobispo Arias Blanco.  Afortunadamente, la democracia acordó el “Modus Vivendi”.

Baltazar Porras, arzobispo de Mérida (luego de Caracas), enfrentó a Hugo Chávez desde su ascenso al poder:  meses después fue elegido presidente de la Conferencia Episcopal (1999-2006). Figuraba, pues, entre los más influyentes prelados del momento. En 1991 había sucedido a su mentor Miguel Antonio Salas, de quien fue, preconizado por Juan Pablo II, Obispo Auxiliar (titular de Lamdia) desde su consagración en 1983. Se había destacado como organizador de la I Visita del santo Papa a Venezuela (Caracas, Maracaibo, Mérida y Guayana) en enero de 1985, como también de la II Visita en febrero de 1996 (Caracas y Guanare). Compartía la observación que en la última hizo el Pontífice: “el proceso de empobrecimiento material conduce muchas veces a un empobrecimiento moral y espiritual de las personas y de los grupos sociales”. Y que para la renovación social y la superación de la crisis era necesario “participar de la fuerza del Evangelio”

Baltazar Porras se formó en el Seminario Interdiocesano de Caracas y la Universidad Pontificia de Salamanca, de personalidad canónica y civil, erigida en 1940, convertida en 1970 en la Universidad de la Conferencia Episcopal Española. Corrían los tiempos de la transformación provocada por los pontificados de Juan XXIII y Paulo IV y el Concilio Vaticano II, cuyo espíritu asumió plenamente. Lo indican sus tesis en estudios teológicos:  de licenciatura (“El diálogo. Realidad salvífica y existencial”. 1966) y de doctorado (“Diagnóstico teológico-pastoral de la Venezuela contemporánea …”. 1977). Sintió también la influencia de las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano de Medellín (1968) y de Puebla (1979). Aquella quiso poner al día a la Iglesia conforme al Concilio e impulsar la participación en los procesos de cambio que ocurrían. La otra afirmó “la opción preferencial (no exclusiva, aclaró) por los pobres”. Cristo está al lado de los pueblos, “de los excluidos” se dice ahora. 

El cura Baltazar Porras sirvió en la diócesis de Calabozo (1968-1975) como párroco y en otras tareas (especialmente educativas) y al regreso de su segunda estancia europea en la arquidiócesis de Caracas (cercano a los cardenales J.H. Quintero y J.A. Lebrún). Fue por tiempo director del Seminario de El Hatillo (para vocaciones de adultos). En Mérida (8+30 años) consolidó la obra del arzobispo Salas, creó parroquias y colegios, atrajo congregaciones religiosas y mantuvo una intensa actividad pastoral (en constantes “visitas”). Promovió la construcción de templos. Ordenó más de 150 presbíteros (y ha consagrado 14 obispos).  Preparó con diligencia la erección de la Diócesis de San Carlos-El Vigía. No ocurrió sin dificultades, pues en Maracaibo suscitaba preocupación la anexión de municipios zulianos a la nueva entidad. Fue Administrador Apostólico de San Cristóbal. Ya en Caracas impulsó la causa de José Gregorio Hernández, “a quien – advirtió – hizo santo el pueblo”.        

Baltazar Porras es un intelectual de obra variada. Sabe distribuir el tiempo entre sus dos vocaciones (que se enriquecen mutuamente). Es doctor en Teología y profesor (historia y geografía) egresado del IMPM (Caracas). Estudió francés (París) e inglés (Dublín). En Mérida, se acercó a la Universidad (lo llamaban “el chamo” Porras), con buenos frutos. Sus textos son muchos. De temprano: sobre el cristianismo hoy, la opción preferencial por los pobres, la evangelización. Inacabados: cuatro compilaciones de conferencias, discursos y homilías; y dos de variedades: escritos o crónicas “menores”, valiosísimos. Se agregan las biografías y los de temas históricos. Esa actividad ha tenido reconocimiento.  Fue miembro de la Pontificia Comisión para los bienes culturales de la Iglesia (1997-2007) y de varias del Celam. Es miembro de la Academia de Mérida e individuo de número de la Academia Nacional de la Historia. Es “doctor honoris causa” de la UCAB, la ULA y la UPEL.      

Obra de trascendencia fue la recuperación y modernización del Archivo y el Museo Arquidiocesanos de Mérida.  Los estableció Mons. Silva. El primero, riquísimo, es el mejor conservado y organizado del país. Es un centro de investigación, con muchas publicaciones.  El segundo contiene piezas interesantes. Para su funcionamiento, el Sr. Porras destinó la antigua capilla del Sagrario – sirvió de catedral por un tiempo – que fue objeto de  restauración integral (con financiamiento del gobierno regional). Colaboró con interés en el programa regional de recuperación del patrimonio histórico de Mérida, en buena medida al cuidado de la Iglesia. Fueron valiosas sus observaciones en los trabajos, entre otros, de la Iglesia del Carmen (antigua de los Jesuitas) en Mérida y en el techado de la principal de Tovar. Y bajo su dirección se construyeron los nuevos templos. No fue extraño, en fin, a la cultura popular, muchas de cuyas manifestaciones que animó son de carácter religioso.     

Son varios los motivos del encono del chavismo-madurismo con el cardenal Baltazar Porras (mayor al que muestran contra otros adversarios). Cierto, los ha enfrentado, como representante de una Iglesia del tiempo, en comunión con el pueblo. Temprano, como Francisco, se comprometió con los excluidos. Exige libertad de obrar, de creer y de pensar; y reclama los derechos de los ciudadanos, con énfasis en los de carácter económico y social. No les teme (desde antes de su investidura cardenalicia), aunque han intentado atentar físicamente en su contra. Y conoce sus debilidades: acompañó a Hugo Chávez la noche del 11 de abril de 2002.

X: @JesusRondonN