Mérida, Abril Domingo 26, 2026, 07:21 am
"No hay peor tiranía que la que se ejerce a la
sombra de las leyes y bajo el color de la justicia." – Montesquieu
(Sinopsis)
Los invito a recorrer la República de Torenza, un país
imaginario donde los cuentos de hadas han sido reescritos como ley. En este
nuevo orden, Caperucita –la legisladora iracunda– ha creado un código normativo
que invierte los roles de poder: el lobo es esquilmado y condenado, no por sus
actos, sino por desconocer su naturaleza. En este artículo, disecciono
el Código Torenzano de Caperucita Feroz para advertir sobre el peligro
de las leyes de género que, impulsadas por una ideología cuestionable, destruyen
la jerarquía normativa de Hans Kelsen, suprimen el in dubio pro reo
y tienen como propósito la aniquilación social de la figura masculina. Es una
crítica a la tiranía legal que confunde la justicia con la venganza y sacrifica
el derecho en el altar del resentimiento.
Existe en el mapa del absurdo jurídico un lugar que bien
podría ser una alegoría de nuestros tiempos: la República de Torenza. En
Torenza, los antiguos cuentos populares no son meras fábulas, sino documentos
fundacionales de su legislación. Aquí, Caperucita Roja ya no es la víctima
ingenua, sino la figura del legislador iracundo (sea hombre o mujer) que,
impulsado por una ideología cuestionable, ha tomado la pluma y la tinta para
reescribir la noción misma de justicia. Su misión es clara: esquilmar, hasta el
último ápice de su dignidad, a cualquier ‘lobo’ que ose cruzar su bosque.
La base de este nuevo orden social en Torenza son sus
infames "Leyes de Género," un cuerpo normativo que no busca la
equidad, sino la inversión del agravio histórico a través de la tiranía legal.
Estas leyes no solo son anti-hombres, sino que parecen haber sido diseñadas con
un propósito que trasciende lo punitivo: la destrucción de la figura masculina
tal como fue concebida, relegándola a la categoría de ciudadano de segunda.
El elemento más aberrante del código de Caperucita es la
derogación práctica del principio de presunción de inocencia y la
flagrante violación de la jerarquía normativa que rige el ordenamiento
jurídico de Torenza. La Constitución, guardiana de los derechos, consagra el
principio fundamental in dubio pro reo (en la duda, a favor del reo),
pero las Leyes de Género han colocado una norma de rango inferior por encima de
la Carta Magna, estipulando que, en caso de duda, el favor siempre recae en la
mujer. De esta forma, el principio in dubio pro femina se erige
como un arma legislativa que anula la seguridad jurídica y, al despreciar la
estructura piramidal del Derecho postulada por Hans Kelsen, desmantela el
Estado de Derecho. En Torenza, el varón es culpable por el solo hecho de ser
varón. El rol natural y civilizatorio de la ley, que es el de defender al
inocente y exigir la prueba al acusador, se invierte perversamente. En este
sistema, el hombre debe cargar con el peso de la sospecha desde el momento en
que cruza la puerta de un tribunal, obligado a demostrar una inocencia que la
ley ya le ha negado a priori. Es él quien debe despojarse de su capa de
sospecha para exponer su verdad, mientras que la acusación se valida con la
simple expresión de un agravio, sin la necesidad del rigor probatorio que exige
el Estado de Derecho.
El lobo de Torenza, el hombre, es despojado no solo de
sus derechos procesales, sino de su misma identidad. La ley lo castiga no por
sus actos, sino por desconocer su naturaleza. Se concibe un marco
normativo con el propósito perverso de desmantelar, pieza por pieza, la
masculinidad, transformando el derecho en una herramienta ideológica que busca
el exterminio social del varón. Las Leyes de Caperucita no son justicia; son
venganza fría, vestida de toga y amparada por un sesgo que confunde la
reparación histórica con el nuevo despotismo.
La ley, para ser justa, debe ser ciega. Debe juzgar actos, no categorías. El día que una legislación abandona la neutralidad para legislar con el ojo puesto en el género, la raza o la clase, deja de ser derecho para convertirse en un mero instrumento de facción. El modelo Torenzano nos sirve de funesta advertencia: cuando se permite que la Caperucita Misándrica redacte las leyes, la inocencia se vuelve un delito y el principio de justicia se sacrifica en el altar de la ideología.
"La justicia no consiste en cambiar de lado la injusticia." – Albert Camus
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