Mérida, Febrero Lunes 16, 2026, 10:45 pm
Escribir sobre Venezuela no es nada sencillo y no sólo me refiero a la contemporaneidad posterior al 3 de enero de 2026, sino mucho antes. Y la complejidad sobre analizar la situación venezolana de los últimos años radica en la cantidad de variables y factores de tipo político, ideológico, económico, institucional y demás que intervienen y han estado presentes en Venezuela y que rompen cualquier esquema, cualquier análisis.
No podemos comparar lo acontecido con ninguna experiencia cercana precisamente por el grado de desinstitucionalización, precariedad, retrocesos y pérdida de gravitación de los partidos, de los sindicatos, del tejido empresarial, industrial, del retroceso ciudadano en términos de calidad de vida, de deterioro del Estado de derecho, de los procesos de recentralización, de situaciones no sólo de concentración de poderes sino de bloqueo institucional, aunado al deterioro social, económico, la emergencia de la corrupción como un signo y práctica casi distintiva de nuestro sistema político.
Paulatina y sostenidamente hemos registrado una recentralización del Estado, y un claro retroceso del desarrollo y progreso que en un momento exhibieron nuestras regiones hoy estancadas, y por supuesto, también ha sido notorio la promoción de cinco reformas a la Ley Orgánica de las Fuerzas Armadas con un claro tinte y fin político ideológico, creación de las REDI, ZODI, Milicia Nacional Bolivariana, rangos y demás, aunado desde el Plan Bolívar 2000 con una especie de militarización prácticamente de la administración pública a sostener al Estado venezolano en términos de gobernadores, directores y presidentes de institutos autónomos, servicio exterior tanto cancilleres como cónsules, ministros de cualquier índole y cartera de procedencia militar y no civil en la mayoría de la veces sin perfil y experiencia gerencial.
Insisto, lo registrado en Venezuela a lo largo de estos años es complejo y no tiene correlato cercano, ni siquiera con las experiencias de Nicaragua, Cuba o Siria por señalar algunos casos emblemáticos. Hace muchos años que Venezuela se convirtió en un gran laboratorio, lamentablemente con la presencia de distorsiones de toda índole y la emergencia de fenómenos y situaciones degradantes a la condición humana.
Nuestra tragedia nacional básicamente ha sido la ausencia de sólidos partidos en el gobierno y en la oposición (salvo honrosas excepciones), y la tragedia nacional la completa la clase política que hemos tenido, tanto en el gobierno como en la oposición en las últimas décadas. Los partidos, unos cascarones vacíos, y la clase política irresponsable, analfabeta, impúdica e indolente con la gente, con los ciudadanos es lo que explica que un país con inmensos recursos naturales, talento humano y una envidiable ubicación geopolítica tenga los niveles e indicadores de retroceso en la actualidad.
Por tanto, no es fácil analizar, escribir, deletrear, abordar los fenómenos, los descalabros, los procesos de desinstitucionalización, la propia militarización del país y sociedad, y a la vez la desprofesionalización de las fuerzas armadas al ideologizarlas y desnaturalizarlas en sus funciones y cometidos básicos, unido por la propia concentración de los poderes públicos a una total ausencia de controles y límites o como corresponde a pesos y contrapesos entre los mismos.
El momento actual es complejo por el grado de postración y retroceso al que llegamos en lo institucional, lo político, lo económico, lo tecnológico, lo energético, lo jurídico, lo financiero y no es que estemos asumiendo una visión apocalíptica para nada, pero sí realista para tener consciencia del esfuerzo titánico que requerimos de todos los sectores en la procura de recuperar la claridad, la sensatez y los grandes aspectos que nos deben unir como sociedad más allá de las diferencias políticas. Lo que sí es necesario en estos momentos es un ejercicio de mesura y ponderación no sólo por los ánimos y susceptibilidades, sino comprender que estamos escribiendo la historia tras el 3E, cuando pasamos una alcabala y un episodio sobre el cual habrá mucho que estudiar y escribir, y sobre comprender que no es nada sencillo la tarea de reconstrucción del tejido institucional, moral, espiritual, ciudadano y demás.
Necesitamos comprender la singularidad del momento actual, con el objetivo o meta de poder avanzar en un proceso que en las primeras de cambio puede lucir complicado pero no imposible, en vísperas de la recuperación nacional, teniendo claro que ese proceso tiene a su favor recursos naturales por doquier, infraestructura, muchísimo talento humano y por tanto la piedra angular estaría en la voluntad de impulsar los cambios de manera ordenada, pausada pero en la línea correcta siempre privando el interés nacional en función de toda la sociedad venezolana.
Estamos iniciando una transición que yo califico de “compleja”, los moldes, las teorías, los autores dan luces sin dudas, pero a veces se quedan cortos. A los venezolanos nos tocará reescribir los abordajes, las categorías y análisis. La alcabala la transitamos y el camino que tenemos es largo y complejo y la conseja debe estar en la administración de los disensos, en puntos de encuentros, en mesura, en disciplina, en la necesidad de deponer intereses particulares en función de un genuino interés nacional.
Este proceso de transición es sui generis, no puede compararse con la enarbolada por el ministro de Guerra y Marina a la muerte de Juan Vicente Gómez en diciembre de 1936, a través de la figura de Eleazar López Contreras, o de enero de 1958, cuando Marcos Pérez Jiménez abandonó el país, y la Junta Cívico Militar tuvo a la cabeza al presidente del Círculo Militar a Wolfgang Larrazábal y permitió posteriormente, a través de unos políticos serios, responsables y probos, no sólo promover un gran pacto y acuerdo nacional, sino además, la elaboración y promulgación de la Constitución Nacional de 1961 y el nacimiento de la democracia moderna en Venezuela.
En una de mis últimas columnas de 2025 señalé que al país hay que volverlo a parir. Y ello implica el esfuerzo colectivo que tenemos por delante los venezolanos, y por eso volver hablar de responsabilidad y corresponsabilidad, porque es allí donde está el centro del asunto. Las cosas no caen del cielo a pesar de que Venezuela fue en exceso premiada por la naturaleza, en términos de sus recursos naturales (gas, petróleo, minerales, agua, etc, etc,) y sin embargo por una nefasta administración de los mismos hemos como el cangrejo ido retrocediendo a pasos agigantados, los tropiezos deben dejar aprendizajes.
La recuperación de la que hablo está referida a volver a resituar temas como el valor de la educación, el valor agregado, trabajo productivo, responsabilidad social empresarial, reglas de juego, Estado de derecho, imperio de la ley, unido a honestidad, puntualidad, profesionalismo, ética, sensibilidad. La mayor riqueza de Venezuela no está vinculada sólo al petróleo, al gas o a los minerales depositados en la faja petrolífera del Orinoco y arco minero, sino además en su población, su gente. En la ecuación hay un grave déficit (salvo excepciones) y tiene que ver con sólidos partidos y una clase política proba, responsable y digna, tanto en el gobierno como en la oposición.
Al país hay que rehacerlo, volverlo a parir (recuerden que después de los partos dolorosos muchas veces viene la alegría de la madre al tener en sus brazos al neonato) sobre bases sólidas, la recuperación del tejido institucional es vital en paralelo con los servicios públicos, la justicia y el Estado de derecho, el papel del Banco Central de Venezuela, relanzar y poner al día no sólo de nuestras empresas básicas (Sidor – Alcasa – Pdvsa – Corpoelec) sino de nuestros campos, la pequeña y mediana industria, las universidades, la red de hospitales y ambulatorios, además de los puertos, aeropuertos, autopistas, troncales, puentes, la electricidad, los peajes, todo absolutamente todo en función del interés nacional de los “venezolanos”. Veremos….
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