Nora por Carlos Guillermo Cárdenas D.
Germán me pidió unas letras sobre la enfermedad de Nora. Germancito, para nosotros aquellos días en la hacienda de la Tia Conchita Dávila, La hacienda de "La Concepción". Luego el General Pardi la llamó la "Casa de Los Dávila", como siempre debió llamarse.
Campos abiertos y soleados que Germán Rojas, Frasquito mi primo, José Luis mi hermano, Jaime Picón y quien les habla, montábamos el tractor de la tía, para recorrer cafetales y cañamerales, donde luego el mayordomo Candelario Uzcátegui, de amplios y chorreados bigotes y rejo en mano, increpaba nuestras travesuras. .
Días que vienieron a mi desordenada memoria, cuando Germancito me exigió la escritura.
Como médico nunca atendí a Norita, pues la pena le embargaba.
Prefiero más que de la enfermedad que desvaneció su fortaleza y su talante de simpatía, hablar de la persona que representó para nosotros.
Se remonta a los años sesenta, tal vez antes, aún en la adolescencia. Aún niños. La calle 25 Ayacucho y la avenida tres Independencia. Una acera de los Dávila, la otra de los Briceño.
Alli nos criamos, alli crecimos, alli jugamos y alli nos hicimos adultos.
Hoy 28 de febrero, el viaje a su última morada, prefiero hablar de Germán y Nora, el dia que se conocieron.
El matrimonio de mi hermana Ana Luisa, en la calle 25. La familia compartiendo. En el portón principal del estacionamiento un joven de cabellera a la usanza de aquellos días apareció, vestido con elegancia. Bilingue pues llegaba del Norte. Había estudiado Geología siguiendo los pasos de su padre, el ingeniero Germán Rojas Dávila.
Catapultó las miradas. Aquella mañana ocurrió el primer encuentro entre ellos, para abrir las puertas a una relación que ya ronda el medio siglo, con tres hermosos retoños, Juan Carlos, Liliana y German Enrique.
Nora, la muchacha prematuramente mujer, encantadora que cualquier chico de estos tiempos, soñaría.
Nora, con la simpatía natural que no necesitó poses ni cosmetería que muchas veces desdibuja los rasgos naturales que Dios, nos concibió.
Nora, la chica que con su magia blanca llamó la atención, pero que sólo German conquistó su corazón.
De espiritu juvenil, su grácil figura denotaba agilidad y delicadeza.
Su sutil pero impactante presencia, cautivó a una numerosa familia.
Un encanto natural, que le era propio. Ese magnetismo auténtico y espontáneo, asi la recordaremos.
Con luz propia, autentica y sencilla.
Se marcha en paz, tranquila y sesegada.
Esclamará desde el horizonte infinito, el verso de Amado Nervo:
"Amé, fuí amada, el sol acarició mi faz. Vida, nada me debes, vida estamos en paz ".
Descanza en paz Norita Briceño Dávila
28 de febrero de 2026
cgcd