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Por Bernardo Moncada Cárdenas

Sueltos de un peregrino

Entre el mal y la esperanza: oportunidad para la Venezuela de hoy por Bernardo Moncada Cárdenas



Sueltos de un peregrino

Entre el mal y la esperanza: oportunidad para la Venezuela de hoy por Bernardo Moncada Cárdenas

«El mal en forma de sufrimiento, dolor y empobrecimiento está ahí; no podemos negar su realidad, quizá tampoco explicarla del todo, pero sí nombrarla y, en lo posible, desenmascararla». Con estas palabras del filósofo español Luis A. Aranguren se plantea una pregunta que hoy interpela con particular fuerza a la sociedad venezolana: ¿qué hacer frente al mal que padecemos y frente al que, de una u otra forma, también nos hace corresponsables en esta aldea global?

La tentación inmediata suele ser la resignación. Pero Aranguren advierte que es necesario algo distinto: lucidez para nombrar la realidad, reconocer nuestras posibilidades y escapar de la inercia catastrofista o evasiva.

En Venezuela, esa reflexión adquiere un sentido dramático. Después de años de deterioro institucional, crisis económica y migración masiva, el país sigue enfrentando episodios que revelan la fragilidad de su estructura pública. Entre ellos, el colapso recurrente de servicios esenciales —especialmente el sistema eléctrico— se ha convertido en uno de los símbolos más visibles de la degradación nacional.

El gran apagón que paralizó el país en 2019 marcó un punto de inflexión. Durante días, millones de venezolanos quedaron sin electricidad, comunicaciones ni transporte. Hospitales colapsaron, ciudades enteras quedaron incomunicadas y la vida cotidiana retrocedió a condiciones impensables para una nación que durante décadas fue referente energético en América Latina. Aquella crisis dejó al descubierto no solo fallas técnicas, sino el resultado acumulado de años de abandono institucional y de gestión deficiente.

El corazón del sistema eléctrico venezolano, la Central Hidroeléctrica Simón Bolívar (Guri), había sido durante décadas motivo de orgullo nacional. Construida para alimentar de energía a buena parte del país y sostener el desarrollo industrial de Guayana, representó una de las mayores obras de ingeniería de América del Sur. Su deterioro simboliza, para muchos, el contraste entre la Venezuela que fue capaz de construir grandes proyectos y la que hoy lucha por sostener lo que heredó.

En aquellos días de oscuridad, muchos venezolanos experimentaron una mezcla de incertidumbre y angustia. Sin noticias de familiares, sin acceso a información confiable, el país pareció entrar en una especie de pavor colectivo. No fue solo un apagón eléctrico: fue también un golpe moral para una sociedad que ya venía soportando un largo desgaste.

En ese contexto, no faltaron quienes concluyeron que el mal —con mayúscula— parecía imponerse sobre el destino nacional. Sin embargo, la historia raras veces es tan simple. Como recordaba San Juan Pablo II, «Dios triunfa sobre las potencias hostiles, incluso cuando parecen grandiosas e invencibles». Esa afirmación no es una consigna ingenua, sino una invitación a mirar la realidad con una perspectiva más amplia.

Una forma de superar el pesimismo consiste en recordar que Venezuela también ha sido capaz de grandes logros. Obras como la represa del Guri, impulsada por figuras como Leopoldo Sucre Figarella, fueron posibles gracias a una cultura de trabajo público que confiaba en la capacidad del país para construir su propio futuro. Aquella generación de ingenieros, técnicos y servidores públicos creía que el desarrollo era una tarea colectiva.

No se trataba de héroes militares ni de líderes providenciales, sino de lo que podría llamarse heroísmo civil: la convicción de que una nación puede transformarse cuando sus ciudadanos asumen con responsabilidad su papel en la historia.

Recordar su testimonio no significa idealizar el pasado, sino recuperar una fuente de inspiración para el presente. Venezuela no carece de recursos humanos ni de talento; lo que necesita es reconstruir las instituciones que permitan canalizar esa energía social.

Como escribió el filósofo Gabriel Marcel, esperar no es una actitud pasiva: es darle crédito a la realidad. Esperar que el bien triunfe sobre el mal implica comprometerse activamente en esa tarea.

La historia venezolana, con sus sombras y sus luces, parece recordarnos precisamente eso: que la esperanza no es evasión, sino una forma de responsabilidad. Y que incluso en medio de la crisis, el futuro comienza siempre en las decisiones del presente.