"El revolver de los pobres, el Guanabano merideño" por Giovanni Marquina (*)
En la Caracas de finales del siglo XIX en el año 1884, la modernidad trajo consigo una estructura que marcaría la psiquis de la capital, el Puente Guanábano. Construido en la segunda mitad de esa centuria para salvar la profunda quebrada de Catuche, con sus 21 metros de caída libre, se convirtió rápidamente en un monumento al desespero. La crónica histórica es pavorosa, se estima que entre 2.000 y 10.000 personas se arrojaron desde sus barandales, ganándose el lúgubre apodo del "revólver del pobre". Era la vía rápida y "gratuita" para quienes no tenian un arma de fuego y que elegantemente se quitaran la vida, asfixiados por la miseria o el desamor, buscaban en el lecho rocoso el fin de sus penas.
Sin embargo, el tiempo ha pasado y los escenarios de la tragedia han mutado. Lo que hace un siglo era un fenómeno localizado en un puente caraqueño, se trasladado a nuestras montañas andinas a partir de la época de los 70, hasta la actualidad, con una crueldad estadística que no podemos ignorar.
Durante años, Mérida tuvo sus propios "Guanábanos". Los viaductos Miranda, Sucre y Campo Elías fueron, lamentablemente, los puntos focales donde cientos de ciudadanos decidieron interrumpir su historia durante casi 40 años. Pero las cifras oficiales de los últimos diez años revelan un cambio de patrón sociológico y psicológico alarmante.
Ya no es el salto al vacío desde el viaducto la opción principal. Hoy, el mecanismo que domina las estadísticas de mortalidad autoinfligida en nuestro estado es la asfixia mecánica, específicamente el ahorcamiento. Este cambio de método nos habla de un fenómeno mucho más íntimo, sombrío y solitario. Mientras el salto desde un puente es un acto público, una última protesta ante la mirada de la ciudad, la asfixia mecánica ocurre en la penumbra de un cuarto, en la soledad de un hogar que ha perdido el sustento o la alegría.
Mérida sigue liderando las tasas de suicidio en el país. En la última década, el paso de los métodos traumáticos (caídas) a los métodos de asfixia refleja una psicología del encierro. El ciudadano ya no busca el puente, siente que el "puente" está dentro de su propia casa, construido por la gran crisis económica, la desintegración familiar producto de la migración y la ausencia de políticas de salud mental robustas.
Hoy, la asfixia mecánica se erige como el sucesor silencioso, como de aquel "revólver de los pobres" del Puente de Guanabano. Es la ejecución de una sentencia dictada por la soledad, la metáfora física de una sociedad que agoniza ante la falta de futuros horizontes y el colapso de la esperanza. Si el Puente Guanábano ofrecía el estruendo de un final público, la soga representa hoy la intimidad del desespero, una tragedia que no encuentra siquiera un barandal donde ser escuchada, sino el vacío absoluto de una puerta cerrada.
Romper el nudo de la desidia exige entender que no basta con colocar rejas en los viaductos si no desatamos primero el nudo de la crisis social que hoy asfixia a las familias merideñas. La moneda está en el aire, pero la solución no es un simple parche técnico, radica en la voluntad política de velar, cumplir y hacer cumplir políticas públicas que devuelvan la estabilidad económica y garanticen una seguridad social con rostro humano.
(*) Legislador. Secretario General Adjunto de COPEI - Estado Mérida