Mérida, Abril Jueves 23, 2026, 08:56 am
El 23 de abril no es simplemente una página en el
calendario; es el epicentro de un simbolismo que abraza a la humanidad. Es la
fecha en la que el mundo se detiene para honrar la palabra escrita y para
celebrar la vitalidad de un idioma que nos une a cientos de millones. Fue entre
el 22 y el 23 de abril de 1616 cuando la pluma inmortal de Miguel de
Cervantes Saavedra se silenció en su hogar madrileño. Cuentan que partió
ataviado con el hábito franciscano, pero con el espíritu encendido por haber
legado a la posteridad su joya más preciada: Don Quijote de la Mancha.
Aquel adiós terrenal del "Manco de
Lepanto" selló la fecha elegida mundialmente para celebrar el Día del
Libro. Es un reconocimiento al genio que no solo moldeó el vocabulario que
usamos hoy para entendernos, sino que erigió un espejo donde todavía nos vemos
reflejados: esa lucha perenne contra los "gigantes" que, a menudo, no
son más que los molinos de nuestras propias adversidades diarias. Al coincidir
con el Día del Idioma Español, la jornada se convierte en una doble
fiesta: un tributo al libro como vehículo universal de cultura y un homenaje a
nuestra lengua, tomando a Cervantes como su máximo exponente.
En nuestra Venezuela, este homenaje adquiere un
matiz de resistencia necesaria. Mientras el mundo se sumerge en la vorágine
digital, aquí la lectura ha recuperado su carácter más puro y analógico. Ante
los prolongados y exasperantes apagones que silencian las pantallas, los libros
han emergido como un refugio emocional e intelectual. En la penumbra,
las páginas se vuelven ventanas; en el silencio de las horas sin luz, la voz de
aquel hidalgo manchego y su fiel escudero, Sancho Panza, vuelven a cabalgar
para rescatarnos del desánimo.
Sin embargo, el universo editorial no ha quedado
indemne ante las crisis. La hiperinflación y la lógica prioridad de adquirir
alimentos han mermado la capacidad de invertir en nuevas lecturas. Las voces de
editores, libreros y lectores resuenan con la frustración ante los precios
elevados de los pocos títulos que logran llegar a los estantes o que las
editoriales nacionales publican con un esfuerzo titánico.
En la entrada de su librería, absorto en la
lectura, encontramos a Eduardo Castro Delgado, figura emblemática entre
los libreros del país y fundador de la Red de Librerías Kuai-Mare (luego
Librerías del Sur), un referente indispensable para nuestras letras. Castro
describe una situación apremiante:
"Todo conspira para que esta actividad se
encuentre en caída libre. El acceso a la literatura es limitado; los libros
importados no llegan y la producción nacional es escasa. Se necesita mucho
valor para pagar un promedio de 20 dólares por un título. Si a esto sumamos los
constantes apagones que impiden a las personas ver los estantes o procesar
pagos, el panorama es de un verdadero colapso".
Para este experimentado librero, es urgente un
consenso entre todos los sectores y un llamado de conciencia a quienes
gobiernan para otorgar al libro la trascendencia que merece en el progreso de
un pueblo. Su reflexión final resuena con una fuerza especial este día: "El
libro es y será un diálogo de paz en todos los campos de batalla, y no
precisamente en los virtuales".
Este jueves 23, más allá de la efeméride,
busquemos ese diálogo. El legado de Cervantes perdurará mientras existan ojos
ávidos que se sumerjan con ternura en las aventuras de aquel caballero que
vivía "en un lugar de la Mancha". Abramos un libro y
permitamos que la palabra escrita siga siendo nuestra mejor herramienta para
imaginar el futuro.