Mérida, Abril Jueves 23, 2026, 08:59 am
ROSARIO PÉREZ
Diario ABC de Sevilla
Fotos: Arjona
En el redondel de Sevilla permanecía la huella de la belleza de Morante en su resurrección abrileña, pero más honda se hacía la de la inquietud por su cogida. Porque cuando el dios del arte sangra, sangra todo el toreo. Tanto se abandona que ha perdido el respeto a los toros, y no es crítica, sino alabanza: torear así, desnudo de precauciones, solo está al alcance de quienes han sido tocados por la varita de un valor aquilatado, casi sobrehumano. Pero «Clandestino» nos recordó que los toros no perdonan y que se cobran al contado con heridas que duelen, con veredas oscuras, con pitones capaces de perforar el recto y lesionar el esfínter. Se preguntaban en el tendido cuándo reaparecería el maestro: habrá que esperar, la cogida ha sido dura. Verlo el 4 de junio es el sueño de la corrida del Corpus, el sueño de su Sevilla.
Pero la feria seguía. Y por sexta vez se colgó el cartel de 'No hay billetes' en la Maestranza, donde soplaba un viento infernal que impidió ver más de un toro en los medios y que imposibilitaba dominar los avíos. Revoloteaban los papelillos por el ruedo, las banderas se hacían un ovillo y los toldos se agitaban como las velas en un mar de furia. Así era muy difícil torear, dar con el punto adecuado para la lidia brava.
Curiosamente, hubo un torero que se encontró con su mejor versión: Talavante, el de la magia y la ilusión. En ese ir y venir guadianesco, alzó los naturales más extraordinarios de la tarde con un superclase de Cuvillo. «Hurraco» se llamaba, feo bautismo para tan guapo toro, con una embestida ralentizada, tan dormida, tan mexicana. Qué bueno que viniste, Alejandro. El de los vuelos, el de la muñeca rota, el de la cintura hundida, el que sabe torear como los ángeles, como un número uno cuando quiere. A cámara lenta lo toreó el extremeño, con un muletazo en el que dio tiempo a leerse el primer volumen del Quijote. Qué despaciosidad imprimió desde la apertura con ayudados rodilla en tierra. Y con ese temple siguió ante el colorado ojo de perdiz, de tan superlativo ritmo. Hay que ser muy buen torero para estar al nivel de esa embestida, y más aún con el vendaval que soplaba. Pareció aminorarse cuando Alejandro el Magno se sintió, sereno y vertical, dibujando naturales hasta la cadera. Enseñoreó la figura pacense su izquierda, la de los billetes, aunque hubo una serie por el otro lado de categoría. ¿Y ese cambio de mano, convertido en un redondo de eternidades? Qué bueno que viniste, Alejandro, qué bueno que te encontraste con tan mexicana embestida. Tranquilo siempre, sedoso, sin tirones, creyéndoselo, improvisando unas luquecinas bajo la mirada de Daniel, que había catado a Hurraco en su quite por chicuelinas con el capote muy recogidito. Por ese palo había intervenido antes el extremeño: un poco de originalidad, maestros, que después de cómo levitó el día anterior Morante por Chicuelo cualquier comparación salía malparada...
Se recreó en unos zurdazos a pies juntos antes de enterrar una estocada ejecutada cabalmente. Cortó una oreja de un toro «para llevárselo a casa y darle cada tarde unos pases después de comer», decía Pepe, que -como Cano con Manolete- lloró más la muerte de Camino que la de su padre. Como en el patio de su casa había toreado Talavante, al que jaleaba Sergio Ramos desde el burladero. Volvió el Talavante que ilusiona, aunque cierto es que en otra época se hubiese encajado más y hubiese cortado las dos. Claro que el frío ambiente, tan desagradable, no colaboraba en las alegrías.
Andaba con ganas de agradar y saludó al quinto con dos faroles en pie. Cacareo se llamaba, como aquel de la mágica faena morantista en Bilbao. Se escobilló el bajito toro, con buen aire. Qué largo iba en la lidia de Ambel, que no ha tenido su mejor feria con los palos. Y cómo soplaba Eolo otra vez. No le importó a Talavante, que tras un torero inicio rodilla en tierra, hizo el esfuerzo de marcharse a la boca de riego, esta vez en una labor centrada en la diestra. El toro, al que le faltaba empuje, no era como su primero ni la faena tampoco, aunque Cacareo respondió cuando lo apretó por abajo en una tanda con la zocata. Pinchó antes de la estocada, se anotó un aviso y saludó.
Nos frotamos los ojos, pensando que una mota se había metido, cuando nos pareció ver un pañuelo blanco en el palco presidencial. Vaya orejita que concedió José Luque Teruel a Daniel el de Gerena. Idílico era el nombre del toro, como el de la histórica tarde de José Tomás en Barcelona. No fue digno de indulto este, con el depósito a medio gas, carente de fondo. Habían expuesto Juan Contreras y Arruga con los palos y se desmonteraron (Antonio Manuel Punta lo haría en el otro). Luque brindó a Morante su faena, una lección de terrenos, pausas y distancias, que fue acortando. Se metió entre los pitones con el nobilísimo y sosito animal, que apenas decía nada. Mucho arroz para tan poco pollo. Firme de principio a fin el sevillano, con la ambición del querer hasta las ceñidas bernadinas. Muy por encima de las circunstancias, se trabajó el dadivoso galardón. «Se está poniendo Sevilla para que cortemos orejas usted y yo», dijo un aficionado. Depende de la tarde, claro... ¿Qué pensaría Morante tras llevarse una rácana oreja de Pelifino? Demasiado insistió Luque con el asperote sexto, con plaza y seriedad. A esas alturas, el fresquito se metía en los huesos y la gente tenía ganas de calentarse en la otra feria.
Abrió plaza un Currito, sin 'ito'
en su cuajo. Echó las manos por delante en el capote y pegó una coz en el
primer puyazo: despavorido salía en cuanto sentía el hierro. Toda la faena de
Manzanares estuvo condicionada por ese aire racheado, que no favorecía nada a
un animal de buena condición, pero algo rebrincadito, lo que acusaba más al
tocar las telas. Un baberito parecía cuando se echó la mano a la izquierda.
Regresó a la de la cuchara, apretando más a Currito en la serie de mayor
rotundidad, pero ya en la siguiente el mansito se aburrió e hizo amagos de irse
a tablas. Diez metros desplazó al caballo el astifino cuarto en varas mientras
Eolo parecía soplar con más virulencia en el lote del alicantino. En la zona de
la antigua enfermería planteó su labor, procurando llevarlo muy tapado con la
muleta a Tristón, un cuvillo con castita y transmisión al que hubiese gustado
ver en el platillo. Pero la tarde era la que era. Y el viento solo pareció
apaciguarse cuando Talavante se reencontró.
FICHA DEL FESTEJO
Real Maestranza de Sevilla. Martes, 21 de abril de 2026. Undécima de abono. Cartel de 'No hay billetes'.
Toros de Núñez del Cuvillo, de muy buenas hechuras y de nobilísimo juego, con un superclase, el 2º; con casta el 4º en una tarde condicionada por el vendaval.
José María Manzanares, de nazareno y oro: estocada trasera
(silencio); estocada (silencio).
Alejandro Talavante, de sangre de toro y oro: estocada delantera
(oreja); pinchazo y estocada trasera (saludos tras aviso).
Daniel Luque, de celeste y oro: estocada trasera (petición y
saludos); estocada y descabello (silencio tras aviso).