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Por Javier Lafuente y María Martín

ESPECIAL DIARIO EL PAÍS / ESPAÑA

Venezuela, un país provisional por Javier Lafuente y María Martín



ESPECIAL DIARIO EL PAÍS / ESPAÑA

Venezuela, un país provisional por Javier Lafuente y María Martín

Hay dos ojos que han condicionado la vida de los venezolanos durante más de dos décadas. Unos ojos simbólicos, que estuvieron en las fachadas, en las camisetas, en las escaleras de la ciudad. Eran los ojos de Hugo Chávez: una mirada diseñada para sugerir autoridad, vigilancia, omnipresencia. Una mirada que, incluso después de su muerte en 2013, seguía allí, como si el poder no necesitara ya cuerpo, solo presencia. Hoy esos ojos apenas se perciben en las calles de Caracas, la capital de Venezuela. Su rastro se ha ido borrando en las fachadas como se diluyó el aura que envolvió al chavismo. Ahora parece que hay otros ojos. Otra mirada que no está pintada en muros, pero que atraviesa decisiones, expectativas, miedos. Una presencia no física, pero igual de implacable: la de Donald Trump. El país que fue observado desde dentro ahora se siente observado desde fuera. Y en ese cruce de miradas, Venezuela sigue viviendo como siempre: mientras tanto.

Venezuela es un país provisional, como lo definió José Ignacio Cabrujas, donde todo ocurre en gerundio. Un país donde nada termina de pasar del todo y la vida está suspendida, como dijo el dramaturgo, en un mientras tanto y en un por si acaso. Durante años, mientras tanto, alguien hacía cola desde la madrugada para conseguir algo que no sabía si llegaría. Mientras tanto, los hospitales respiraban a medias, aunque en realidad le faltaba aire a un país entero. Mientras tanto, los aviones despegaban llenos de despedidas forzadas. Mientras tanto, un apagón convertía la noche en costumbre. Mientras tanto, la política prometía, amenazaba, reprimía, se reinventaba, pero nunca concluía. Venezuela es ese lugar donde el presente no se asienta: se negocia, se improvisa, se sobrevive. Un país donde siempre se está esperando a que algo pase, o a que deje de pasar.

Mientras tanto, se llevaron a su presidente y el futuro se asoma.

Es en ese mientras tanto de mediados de abril donde se gesta esta crónica, el pulso de los primeros 100 días de 2026 que sacudieron Venezuela y América Latina. Conversaciones con una veintena de voces —de la élite chavista y de la oposición; del mundo empresarial, financiero, petrolero, de la academia— y recorridos por diferentes barrios y zonas de la capital ayudan a reconstruir un escenario que por primera vez en años parece vislumbrar algo positivo, aunque se sostenga sobre un equilibrio tan delicado que incluso los optimistas contienen la respiración. La inmensa mayoría pide anonimato, su condición para hablar sin tapujos.

Durante los últimos meses de 2025, la jerarquía chavista, que ha dirigido con mano de hierro este país desde hace casi tres décadas, estuvo más concentrada en lo que pasaba en el cielo que en quien tenían enfrente. Nicolás Maduro estuvo tan pendiente de los aviones y los buques de guerra que lo acechaban desde el mar Caribe que no calibró el verdadero tamaño de la amenaza. Le avisaron muchas veces, pero el sucesor de Chávez menospreció a Trump y, cuando quiso reaccionar, ya estaba en un avión camino de una celda en Brooklyn, Nueva York.

Aquella madrugada del 3 de enero sigue presente en los círculos de poder de Caracas, llena de leyendas y detalles hollywoodenses. No hay nostalgia en su relato. Muy pocos parecen extrañar la Venezuela de Maduro, no digamos a él, y a casi nadie se le escucha criticar ni celebrar la intervención, como si hubiese sido un mal menor, algo que ocurrió sin más, por lo que hay que mirar hacia delante. Solo la base chavista más fiel y los letreros de las autopistas, con su imagen y la de su esposa, Cilia Flores, lo traen de vuelta. Para el líder chavista, su pulso con el imperio era ganar o morir. Y ni ganó ni murió.

Casi cuatro meses después, se ha normalizado lo impensable: que el chavismo antiimperialista gobierne bajo el dictado de Washington. Ahora son Delcy Rodríguez junto a su hermano Jorge quienes calculan cómo ganar. Ella como vicepresidenta y él como presidente de la Asamblea Nacional acompañaron a Maduro en la deriva de Venezuela de la última década. Ahora ella busca cómo tecnificar un Gobierno y unas instituciones que ayudó a construir. Busca la excelencia, asegura. Pero la desconfianza es latente por mucho que el poder ya no grite “hands off Venezuela, de inmediati y ahora hable cordial y perfecto inglés.

La expectativa ante la oportunidad de un cambio a mejor en Venezuela es tan grande como frágil. La nueva normalidad carece aún de garantías. El nuevo Gobierno trata de estabilizar precios, abrirse a los mercados, pero las instituciones siguen en manos de prácticamente los mismos. Se aprobó una ley de amnistía ya concluida que benefició a más de 8.000 represaliados, pero otros cientos siguen encarcelados o con medidas. Se ha reducido el conflicto, pero aún faltan por garantizar muchos derechos. Todo, eso sí, con el beneplácito, cuando no la imposición, de Washington.

Caracas, una burbuja respecto al resto del país —con muchas más carencias y no tan funcional— ayuda sobre todo a entender la repercusión de las decisiones que se están tomando desde el Palacio de Miraflores hasta Los Palos Grandes. La capital es estos días un punto de encuentro de diplomáticos, empresarios y multimillonarios, especialmente estadounidenses y latinoamericanos. Todos quieren saber de primera mano cuándo, cómo y dónde invertir en la nueva Venezuela. A la mayoría, como dejó claro Trump desde el primer minuto, le interesa el petróleo, pero también la ola de privatizaciones que se avecina. También el negocio inmobiliario.

El exclusivo Country Club, rodeado de campos de golf, es uno de esos escenarios en los que la élite venezolana despliega sus encantos ante los visitantes extranjeros. “El 3 de enero a las cuatro de la mañana todavía había aviones sobrevolando Caracas y yo ya tenía gente de Londres y Connecticut llamándome. Todos quieren entrar en Venezuela”, cuenta uno de los interlocutores de estos inversores. “Muéstrame lo que haya”, le piden.

La economía había repuntado ligeramente tras la pandemia, pero esto es otra cosa. “La expectativa está yendo más rápido que los cambios”, advierte un inversor local. “La gente piensa que la varita mágica de Trump iba a traer un cambio radical porque somos muy mesiánicos, pero el dinero aún no está llegando al bolsillo del venezolano”, reflexiona un empresario. “Vamos a una velocidad de vértigo, pero es muy frágil”. Toda ilusión tiene su matiz.

La primera impresión de quien llega hoy a Caracas no se diferencia mucho de la de cualquier otra capital latinoamericana. Para quien vivió la época de mayor escasez e inseguridad y regresa después de años, en cambio, el contraste es notable. Hoy en Caracas se encuentra de todo a precios desorbitados, que se pagan en dólares o en euros; abren restaurantes nuevos y se pasea de noche —“hasta los malandros se fueron”, se oye decir—. Da más miedo que te pare la policía y te pida una mordida a que te asalten.

Cae la noche del sábado en Caracas y uno de los mejores restaurantes de la ciudad —un japonés de autor— tiene ya casi todas sus mesas llenas. Un dj pincha con vinilo mientras se encienden las luces de la piscina de un hotel que ya vivió tiempos mejores. Parejas y grupos de amigos que rondan la cincuentena brindan con vinos de hasta 240 dólares en un ambiente que la inmensa mayoría de venezolanos ni siquiera sueña.

El caraqueño medio sobrevive con menos de 300 dólares al mes. El salario mínimo y las pensiones equivalen a unos 30 céntimos de dólar. El mototaxista se vuelve empapado a casa y sin terminar la jornada. “No tengo los 80 dólares que me cuesta un traje impermeable”, se queja Carlos González, resfriado y en cama. En los barrios, como se conoce aquí a los lugares populares, no necesariamente a una división por zonas, la gente sigue sin agua dos semanas seguidas y no le llega el dinero para comprar carne. El papel higiénico sale a un dólar el rollo. “Necesitamos elecciones ya para que entre el dinero. Mientras esta gente siga gobernando, no va a venir la inversión”, se queja Damalí Matos, una empleada doméstica de 55 años. “Vete un poco más para allá y vas a ver gente buscando comida en la basura”. Venezuela, también aquí, sigue en gerundio.

“La tasa de cambio y la inflación se están comiendo el bolsillo de los venezolanos”, explica un directivo. Y no es una sola tasa: son varias. En Venezuela conviven el dólar oficial del Banco Central y el paralelo que rige en la calle —el que de verdad manda— y hasta el propio dólar tiene dos precios: el billete en mano vale algo más que el que se mueve por transferencia bancaria. La hiperinflación que vació al bolívar vino de un Estado que financió su déficit imprimiendo billetes, del desplome petrolero, de las sanciones y unos controles de precios que ahogaron la producción. Los precios bailan según el barrio, el método de pago y hasta la cara del comprador. La gran pregunta es cómo hacen los venezolanos para llegar a fin de mes. Y no hay una sola respuesta. Lo hacen gracias a las remesas, a las ayudas estatales, a los minicréditos, al primo que viaja, a privarse de cosas básicas... Vivir en Caracas es un ejercicio diario de ingeniería financiera doméstica.

Es la gente que menos tiene que perder, porque apenas tiene nada, quien habla más abiertamente. Quedó demostrado el 9 de abril, cuando un ejército de policías empujaba a una multitud empeñada en manifestarse después de años de represión salvaje. Señoras que cruzaban la calle en ese momento se cobijaban en los portales con cara de terror porque, hasta hace no tanto, una confrontación como esa podía acabar en tragedia. Volaron botellas de plástico, insultos y gritos contra los agentes, que estamparon sus escudos contra los cuerpos de sindicalistas y jubilados. Su grito por mejoras salariales acabó asfixiado en una avenida sucia del centro de la ciudad, pero la marcha dejó claras dos cosas: que la gente quiere recuperar la calle y que el poder va a intentar impedírselo.

“Hay problemas objetivos que van a incentivar la protesta social”, advierte un veterano opositor al margen de la primera línea. El estallido social es una de las grandes amenazas. No solo para el chavismo, sino para un nutrido grupo de actores —incluido Trump— que quiere que la futura transición no descarrile. Que no haya sorpresas, que se rebaje la tensión. “Este proceso tiene muchos enemigos, tanto en la oposición como en los sectores más radicales del Gobierno”, lamenta el expolítico. “Necesitamos estabilidad porque si esta ventana se cierra, no sabemos el nivel de oscuridad en el que vamos a quedar”, ilustra un ejecutivo venezolano. “Esta es una oportunidad histórica, quizá la última. No solo hay que recuperar la economía, sino institucionalizar el país y construir un nuevo equilibrio de poderes que proteja la democracia”, suspira un empresario.

La economía lo puede cambiar todo, pero crear las condiciones es lo que más ha costado en estos 100 días. Y los que están por venir. En este nuevo escenario, no hay duda de que el petróleo será la locomotora que arrastrará todo lo demás: nuevos empleos, alojamientos, turismo, logística, energía, alimentación. “Lastimosamente, todo pasa por una vuelta a la Venezuela petrolera. La pregunta es si se repetirá el modelo rentista o si se aprovechará para diversificar”, cuestiona uno de los entrevistados. El país tiene ventajas como una amplia infraestructura construida en la época de bonanza, pero todo está en números rojos. Y las sanciones son una cebolla de mil capas que oscurecen toda la economía, obligan a vender el petróleo con descuento, afectan a la capacidad de pago de las empresas y a las propias finanzas del venezolano de a pie. Estados Unidos lleva semanas flexibilizando, pero mide cada paso. La mirada desde fuera, otra vez, marca el pulso de dentro.

Una de las últimas encuestas —que siguen sin hacerse públicas— revela que el 85% está de acuerdo en priorizar la recuperación económica y mejorar salarios antes de pensar en elecciones. “Los venezolanos no están desesperados por ir a las urnas. Ellos quieren un salario digno, electricidad, agua y estabilidad económica”, asegura un influyente analista. Y esa es la gran conversación política de estos días. ¿Qué debe ir antes, la recuperación o unas elecciones? El chavismo apuesta por la primera, porque es la única manera de aspirar a mantenerse en el Palacio de Miraflores. “El plan A de los Rodríguez es quedarse en el poder. El B es quedarse en el poder. Y el C es salir del poder, pero entregárselo a alguien que no acabe con ellos”, ilustra un opositor.

Frente al chavismo, la oposición pelea por enderezar el rumbo, atrapada en la pelea eterna entre la oposición de dentro —criticada también por lo que no pocos consideran hacerle el juego al chavismo durante años— y la oposición de fuera. Todos, de nuevo, pendientes de Washington: qué decidirá, qué rumbo abrirá, qué puertas cerrará.

La imagen del fin de semana pasado de María Corina Machado —Premio Nobel de la Paz 2025 y la persona que más apoyo popular tiene ahora en Venezuela— jaleada por miles de personas en la madrileña Puerta del Sol después de reunirse con los líderes de la derecha y ultraderecha española, llenó de esperanza a muchos opositores que resisten en el país. Incluidos los que ella desprecia por negociar con el chavismo. “No podemos dejarla fuera de nada y ella tampoco puede autoexcluirse”, pide un diputado opositor.

Machado es una figura omnipresente en las conversaciones y su vuelta a Venezuela —que Washington retrasó y condiciona— es un asunto de interés nacional. Sus fieles no dudan de que retornará pronto —“en cuestión de semanas y no meses”, dicen en su partido—. Y de que no se puede plantear una transición, ni siquiera una recuperación económica, sin ella, que mantiene la confianza y la intención de voto de la mayoría. La clave es cómo reaccionará el chavismo si reaparece después de dejar claro que Machado, a quien acusan de haber promovido la intervención del país, no se beneficiará de la amnistía.

A pesar de su popularidad, Machado lleva años cultivando adversarios de peso en Venezuela, gente que, como ella, también transmite su visión de país a Washington. La critican por su falta de cintura y desconfían de los asesores de los que se rodeó, “que no conocen bien el país”, que no saben de petróleo ni militares. “María Corina es la persona con más liderazgo popular que hay en Venezuela, pero es un liderazgo mesiánico, que está por encima del bien y del mal”, señala un político opositor que fue encarcelado por el chavismo. “No habla con los sectores, no habla con las instituciones, no habla con nadie. Y cuando digo nadie, es nadie”. Para algunos, ella es esa mesías que necesita el país. Para otros, es un factor que lo desestabilizará. Tampoco sobran los adversarios que creen que su liderazgo se desinflará si surgen otras alternativas en el tiempo en el que lleguen unas elecciones. “María Corina es Bruce Willis en El sexto sentido”, ironiza otro opositor. “Está muerta y no lo sabe”.

Las cosas suceden tan rápido en Venezuela que, antes de procesar qué ha pasado en los últimos 90 días, ya se está pensando en los siguientes. Se ha reformado el sector minero y de hidrocarburos, pero el sistema impositivo sigue siendo voraz. Se ha aplicado una amnistía, pero sigue sin haber garantías judiciales y cientos de presos que denuncian arbitrariedad. Y aunque algo más libres, los periodistas venezolanos siguen sin poder hacer preguntas al poder. Las libertades políticas no son plenas. Los exiliados no tienen claro aún si volver. Caracas se abrió al mundo después de años de aislamiento internacional, pero sigue teniendo casi todo por hacer.

La prioridad de los próximos tres meses será, para el Gobierno y para algunos sectores económicos y políticos, sin duda, la recuperación: que se levanten sanciones, aligerar el aparato estatal. Se verá cómo gana velocidad el sector petrolero. Se tratará de que la situación de la mayoría de los venezolanos mejore, que les llegue el tan prometido dinero a sus bolsillos. Pero la garantía de unas elecciones libres y con plenas garantías democráticas es algo que seguirá marcando la expectativa y condicionando cualquier tipo de transición, se quiera o no llamar así.

La Venezuela que se vislumbra hoy avanza sin terminar de moverse. Hay escenas que invitan al optimismo, pero los desafíos que están por venir exigen, más bien, un acto de fe. La revolución que parecía eterna se volvió personal, con un presidente preso, una presidenta encargada o temporal, una líder de la oposición que siempre está a punto de volver. Los ojos de Chávez, que durante años marcaron el rostro y la voluntad del poder, ya no están tan presentes, pero ahora hay otra mirada que dicta lo que viene. Algo externo, todavía mesiánico, sigue trazando el presente. Y el futuro. Y mientras se decide sobre Venezuela, lejos de Venezuela, el país sigue suspendido en el mientras tanto y el por si acaso. /El País