Mérida, Junio Domingo 07, 2026, 02:07 pm

Inicio

Opinión



Diario Frontera, Frontera Digital,  Opinión, ,Por Ricardo Gil Otaiza,La patera por Ricardo Gil Otaiza
Por Ricardo Gil Otaiza

La patera por Ricardo Gil Otaiza



La patera por Ricardo Gil Otaiza

La madre quería que Aya y Amina partieran lo más pronto posible a El Hierro. Cada día era mayor la certeza de que terminarían como muchas otras mujeres jóvenes, o casi niñas, de las zonas campesinas del sur de Marruecos: esclavizadas en matrimonios por conveniencia con hombres tan mayores como sus propios walis o tutores, hundidas en una existencia mediocre y sin perspectivas.

 
No deseaba la madre repetir en su descendencia la propia historia: unida con un hombre viejo y a quien no amaba, pero que era el proveedor y el unánime jefe de la familia, para quien su sentir y parecer eran inexistentes, y tenía así que obedecer todo lo que dispusiera según la vieja ley musulmana, así como por la arcaica tradición seguida por todos, y, poseer, además, la autoridad legal sobre sus hijas.

Nada le valía a Imane invocar a su favor la igualdad de género, buscando así un vislumbre de potestad sobre sus hijas, así como los principios de la justicia, equidad y compasión, ya en boga en diversos territorios, porque su marido respondía de inmediato, con cara de circunstancia, que nada de lo que hacía violentaba la ley, y que la tradición lo facultaba para dar a los suyos la luz que desde lo alto Alá proveía.

Para Imane era urgente conseguir el dinero que el patero le pedía por cada hija: 1.500 euros (cantidad que podía subir de acuerdo a las “circunstancias”), porque sabía que su marido hablaba de casarlas a la vieja usanza; es más: ya les tenía marido, lo que significaría una entrada familiar y una ayuda a los menguados ingresos a raíz de la crisis.

Horrorizada, Imane se dio a la tarea de visitar en silencio a sus amigas, a las que les pedía discreción, porque si su esposo se enteraba se enojaría mucho y se desvanecerían para siempre sus ilusiones. Las mujeres no ocultaban su preocupación cuando Imane les contaba acerca de sus planes de sacar a Aya y a Amina de Marruecos en una patera, para que en la tierra canaria tuvieran un mejor futuro. Por lo menos, mejor que el nuestro —precisaba compungida y con temor a mirarlas a los ojos—.
Durante meses estuvo Imane ahorrando lo poco que le quedaba de los gastos familiares, e iba sumando las ayudas que recogía entre sus amigas. 3000 euros era una suma exorbitante, toda una fortuna. Consciente de esto, escondía el dinero en una vieja pota que llevaba años sin uso y, cuando su marido partía muy temprano en la mañana al trabajo en la tabacalera, contaba cada billete y moneda con una determinación y un entusiasmo, que nadie de la comunidad dudaría en calificar de sacrílegos y excesivos.

El patero había sido categórico al advertirle a Imane, que él no se hacía responsable de lo que les pudiera suceder a sus hijas en las horas previas a la travesía, ya que no controlaba los instintos ajenos. Se sabía que muchos se aprovechaban de la desesperación de los otros, y estando las mujeres a la espera de la barcaza en plena madrugada, cometían desmanes, —dijo cauteloso—. Se escuchan historias de violaciones y de otros hechos, de los que luego nadie se responsabiliza. En lo particular —agregó—, no me gusta la idea de llevar niñas en mis barcas, uno nunca sabe lo que los otros tienen en mente.

Dos días antes de la partida, y aprovechando que su marido estaba de viaje y retornaría en una semana, Imane tomó una drástica decisión: con unas tijeras y con manos temblorosas les cortó el cabello a Aya y a Amina. No contenta con esto, les cambió el nombre, ahora serían Omar y Mohamed. Dos días bastaban para entrenarlas en el antiguo arte del silencio. Con las ropas no tuvo problemas: las amigas le entregaron piezas de sus hijos, y con aguja e hilo hizo los ajustes requeridos.

Fue doloroso para Aya y Amina verse los cabellos truncados con tijerazos, lanzados aquí y allá por el nerviosismo, y desde lo cultural aquello significaba un cambio abrupto que llamaría la atención, ya que imitaba el corte de los hombres. No podrían salir en todo el día.

Poco antes de la partida, Imane estaba destruida, en su corazón solo había desconsuelo. Las niñas lucían inquietas. A sus 12 años (eran gemelas), nunca habían salido del pueblo: solo pensar que irían hasta la playa de Askhfenir y que se echarían a la mar, las llenaba de emoción, pero con un susto clavado en el pecho.

La salida sería al amanecer, le notificó el patero a Imane cuando fue a entregarle el dinero. Deberían llegar a la playa cerca de las 9 de la noche. La patera estaría amarrada en el muelle y los veinte emigrantes aguardarían en una choza cercana sin mochilas ni bolsas. La ropa puesta sería suficiente, así como dos botes de agua y algo de comer —agregó el hombre sin mirarla—.

A Imane se le comprimió el corazón cuando se despidió de sus hijas, ahora bajo el camuflaje de dos atractivos jóvenes. Las abrazó muy fuerte y no pudo contener las lágrimas. Pronto nos reuniremos —les dijo casi en sollozos—, sabiendo que mentía.

Dos amigas muy queridas las acompañaron hasta la playa, exponiéndose a la ira de sus maridos y a los peligros del bosque. La noche era espléndida y la Luna se reflejaba en el agua. El viento tibio del otoño batía con fuerza sus vestidos y golpeaba sus rostros con inaudita y sutil calidez. Solo se escuchaba el choque del agua en la orilla y las impregnaba con fuerza el fecundo olor del Atlántico.

Cuando llegaron a la hora convenida al muelle, Imane no podía creer lo que sus ojos veían: la patera blanca con los emigrantes se perdía en el horizonte, y de nada valió que gritara con fuerza al viento, al mar que lucía calmo y expectante, a la Luna cuya luz dibujaba un halo vertical que unía el cielo con la Tierra.

rigilo99@gmail.com