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Por Juan José Cañas Zambrano

El Común Denominador por Juan José Cañas Zambrano



El Común Denominador por Juan José Cañas Zambrano

Camine por cualquier calle céntrica a las seis de la tarde, deténgase un minuto en la esquina más concurrida y observe. Verá al estudiante apurado con la mochila al hombro, a la madre que calcula mentalmente el presupuesto del día mientras sostiene de la mano a su hijo, al comerciante que baja la santamaría con el cansancio reflejado en el rostro y al joven que no despega los ojos de la pantalla de su teléfono. 

A simple vista, un mosaico de vidas inconexas, un enjambre de realidades individuales que se cruzan sin mirarse. Sin embargo, detrás de esa aparente distancia, existe un hilo invisible que nos une a todos: el común denominador de la cotidianidad. Nos hemos acostumbrado a pensar que lo extraordinario es lo único que merece ser contado. 

Las grandes noticias, los eventos rimbombantes y los giros dramáticos de la geopolítica o la economía llenan las páginas de los diarios y los feeds de nuestras redes sociales. Pero la verdadera vida, esa que nos moldea el carácter y nos curte la piel, ocurre en el terreno de lo ordinario.

El común denominador es esa alarma que suena demasiado temprano y que todos, sin excepción, quisiéramos posponer cinco minutos más. Es la taza de café matutina que funciona como un combustible universal y el suspiro compartido cuando el tráfico se detiene o el servicio falla.

Compartimos las mismas microfrustraciones, pero también las mismas pequeñas victorias: el alivio de encontrar un asiento vacío, el saludo amable de un vecino o la brisa fresca de la tarde que parece darnos un respiro en medio del ajetreo. Reconocer este factor común no es un ejercicio de conformismo, es en realidad, un poderoso acto de empatía. 

En tiempos donde la polarización y el individualismo parecen ser la norma, recordar que el de al lado padece las mismas dinámicas cotidianas que nosotros nos humaniza. 

El conductor que pita desesperado en la cola probablemente comparte la misma preocupación por llegar a tiempo a su hogar que el peatón que cruza la calle con prisa.

Al final del día, despojados de títulos, profesiones o roles sociales, todos habitamos el mismo escenario de la rutina. La magia de la cotidianidad no está en la repetición automática de los días, sino en comprender que, en este intrincado laberinto diario, nadie camina completamente solo. 

El común denominador es, después de todo, la certeza de que somos profundamente humanos, atrapados y maravillados por la maravillosa simplicidad de estar vivos.