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Por Jesús Rondón Nucete

La tragedia impuesta a los venezolanos por Jesús Rondón Nucete



La tragedia impuesta a los venezolanos por Jesús Rondón Nucete

Eran las 6:04 de la tarde del miércoles 24 de junio cuando la tierra comenzó a moverse violentamente frente al mar Caribe a todo lo largo de la llamada falla de San Sebastián. Hizo una pausa de 39 segundos para volver a agitarse con más fuerza. Cuando terminó aquel terrible sacudón, centenares de edificios se habían desplomado y bajo sus escombros varios miles de personas yacían muertas y decenas de miles estaban heridas. Se trata, posiblemente, de la tragedia (de origen natural) que ha dejado el mayor número de víctimas y la más grande destrucción en la historia venezolana.

Desde hace tiempo algunos venezolanos piensan que los males del país –¡cada día más graves!– tienen su origen en una sanción divina provocada por un comportamiento popular. ¡Más de un monárquico lo gritó en los días de la Independencia! No hay tal. Algunos resultan de nuestra específica colocación geográfica, que tiene ventajas y desventajas. Otros, los más, de nuestra conducta irresponsable, pues no hemos sabido acomodar la acción a las condiciones naturales ni aprovechar los inmensos recursos del territorio para realizar obra de bien común. Hemos perdido tiempo de nuestra historia en proyectos fantasiosos que han terminado en miseria y muerte: ¿cuántas revoluciones frustradas? ¿Cuánto despilfarro en lo inservible? y ¿Cuánta corrupción en las esferas públicas y privadas? No todos son responsables (y unos tienen una cuota mayor), pero muchos lo son por indiferencia. Con frecuencia escuché decir: me dedico a mi trabajo, “la política” –o sea, dirigir– corresponde a otros.

Hemos sufrido tragedias inmensas a lo largo del tiempo histórico. Tres veces el país perdió un alto porcentaje de su población por la violencia: alrededor de un tercio (+262.000) durante la guerra de Independencia, +60.000 durante la guerra larga (1859-1864) y más de 387.000 por las furias que desató el chavismo-madurismo (1.999-2023). Pero, además, en ese último período alrededor de 8,0 millones de personas se vieron obligadas a emigrar para huir de la miseria. Millones –la cifra nunca ha sido cuantificada, pero se averiguará– murieron de hambre por la crisis económica o por enfermedades no atendidas debido a la destrucción del sistema de salud que decidió Hugo Chávez para atender recomendación de Fidel Castro (favorable a sus intereses). Durante las últimas dos décadas, pues, se ha producido una catástrofe humana de magnitud desconocida en la región –se asoma en estadísticas oficiales– increíblemente provocada voluntariamente por quienes debían cuidar de la población.

Pareciera que uno de nuestros sinos ha sido el de destruir lo que antes se realizó con gran esfuerzo colectivo. España misma que luego de la conquista formó naciones –con espíritu, lengua y cultura propios– se empeñó por órdenes de un rey ignorante y felón en destrozar su propia creación. Los que la combatían para obligarla a reconocer que había llegado el tiempo de la mayoridad (y emancipación) de los pueblos, fueron quienes –paradójicamente– conservaron aquella obra. Bolívar se lamentaba por lo que se había perdido. Bello y Cuervo dictaron las normas para que el castellano se convirtiera realmente en lengua continental. Un prelado de Mérida, nacido en Panamá, logró –a instancias de El Libertador– que el Papa preconizara, sin atender el patronato regio, obispos para las diócesis vacantes de Colombia. Lo consiguieron luego gobernantes republicanos de México y Chile. No mantuvieron aquel espíritu sus causahabientes cuando asumieron el mando.

La conquista española fue violenta, como todos los sucesos de ese tipo desde la antigüedad. Sin negar los excesos que ocurrieron –especialmente en los dos imperios autóctonos en expansión– se puede afirmar que no pretendió aniquilar la población existente: se buscaba “súbditos para el rey y almas para Dios”. Además, fueron los humanistas de Salamanca quienes defendieron los derechos de los indios. Las leyes que se dictaron trataron de protegerlos. Hubo, iniciativas exitosas –realmente ejemplares– como las del “tata” Vasco de Quiroga en Michoacán, las reducciones jesuitas en Paraguay y las misiones franciscanas en California. Y –poco se recuerda– las lenguas originarias se conservaron gracias a quienes compusieron gramáticas y diccionarios para evangelizar. Muerte sí causaron las enfermedades que los nuevos pobladores llevaron consigo, pero mucho más tarde el Reino difundió la primera vacuna. La cultura floreció con expresiones propias: se construyeron templos, se fundaron universidades, se publicaron periódicos.

La conducta del poder ante la población –¡eran sus soldados y peones!– en casi todos los nuevos estados de América Latina, después de la Independencia, fue irresponsable. En ocasiones criminal. No la protegieron en la anarquía posterior al conflicto y se toleró el genocidio de pueblos indígenas. Hubo intentos de organización republicana –con Victoria en México, Páez en Venezuela, Portales en Chile, Santander en Colombia, Castilla en Perú– que duraron poco. Estallaron conflictos internos y entre vecinos. En Argentina el estado nacional no apareció hasta 1853. En México la inestabilidad se hizo permanente (además, atrajo las ambiciones imperiales de Estados Unidos y Europa). En Colombia fueron pocos los períodos de paz. Así, no se atendió la solución de los problemas inmediatos ni los reclamos de servicios indispensables (en seguridad, educación, salud). No se aplicaron los decretos de “autócratas ilustrados”, aunque algunas reformas permitieron avances tempranos en Chile y Uruguay.

A comienzos del siglo XX la mayoría vivía en áreas rurales, sometidos a pobreza y explotación. Lo denunciaron Azuela, Rivera, Gallegos, Alegría, Asturias, entre otros. Poco progresaban aquellos países bajo dictaduras “patriarcales” (como las Gómez o Estrada Cabrera) u oligarquías tradicionales. Pero, ya actuaban factores de transformación: aumentaba la población, llegaban inmigrantes, comenzaban a producir las primeras fábricas. Se organizaron sindicatos y partidos modernos que se convirtieron en fuerzas de cambio. Surgieron liderazgos fuertes (Leguía en Perú, Vargas en Brasil, Perón en Argentina) o dictaduras militares. Cuando parecía la hora de la democracia (Figueres, Betancourt, Lleras) triunfó una revolución comunista en Cuba que pretendió extenderse. Contenida esta y cuando la opción democrática se afirmaba, por su esfuerzo modernizador traducido en progresos económicos y sociales, surgió de nuevo la tentación del caudillo (trajeado de “liberador”). Ganó espacios hasta los últimos años cuando el movimiento del péndulo cambió de orientación.

Muestra reciente de regresión y atraso, de retorno a la barbarie (en un “edén revolucionario”), ha sido el “proceso” venezolano de 1999-2026. Dura ya más de un cuarto de siglo y ha convertido un país de inmensos recursos en otro desprovisto de todo: escuelas, hospitales, infraestructura, servicios básicos (agua, electricidad, cloacas). Sus “jefes” malgastaron cuantiosos ingresos, endeudaron el Tesoro y se apropiaron de varios cientos de millardos de dólares. Para 1998 Venezuela salía de una crisis económica que había comenzado –hecho insólito– cuando los ingresos petroleros aumentaron inesperadamente (1973). Las dificultades en los intentos para manejarla habían despertado la ambición de grupos militares, animados por aventureros de partidos tradicionales (que esperaban manipular a los uniformados). Los coroneles, ya al mando, revelaron sus ambiciones (de poder y de riqueza), escondidas detrás de un proyecto “socialista y antimperialista” (rechazado expresamente por el pueblo). Su conducta reciente confirma la traición axial.

La tragedia del 24 de junio debe ser analizada en el marco descrito. Se produjo por un suceso natural, pero había sido impuesta –literalmente– a los venezolanos con anterioridad por decisiones irresponsables del poder: solo faltaba precisar fecha de ejecución. Esos términos no traducen una posición política; revelan la realidad. Lo señalan los informes científicos. El evento telúrico –imprevisto e inmanejable– afectó a quienes habitaban viviendas (en edificios de varios pisos) levantadas sobre terrenos inapropiados (arenosos) que se movieron con la violencia de las ondas sísmicas. Se derrumbaron causando la muerte o heridas graves y la ruina a miles de personas. Muchas habían sido construidas dentro de un programa “revolucionario” destinado a las clases populares. ¿Quiénes son, pues, los responsables? Nadie ha pedido perdón y los mandones no han mostrado compasión. ¿Seguirá entonces temblando la tierra y dejará nuevas víctimas? La autoridad no parece querer escuchar sus señales ni la rabia popular.

La historia, que es producto de los hombres, enseña la conducta a observar frente a nuestros semejantes y los otros seres vivos, como frente a la naturaleza. Cada día lo hace con más acierto, porque los conoce mejor. No puede impedir ciertos eventos, pero sí señalar la forma de evitar (o al menos mitigar) las consecuencias que producen. Algunas son resultado de la acción humana que, por razones mediocres, ha contribuido a hacerlas más dañinas. Con esos criterios, conviene reflexionar –todos, no solo sismólogos y filósofos– sobre lo ocurrido en Venezuela al atardecer del 24 de junio pasado.

X: @JesusRondonN