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Por Ricardo Gil Otaiza

Un poeta maldito por Ricardo Gil Otaiza



Un poeta maldito por Ricardo Gil Otaiza

Siempre estaba ausente, como si la vida le pasara de largo. Caminaba por las calles y la gente se le quedaba mirando, pero él no se enteraba, su mundo era interior: subsumido en algún recodo de su mente, hundido en un recóndito intersticio sin conexión con el exterior, solo la poesía era su carta de presentación, pero pocos la habían leído, a lo sumo tres o cuatro amigos de juerga, de conversaciones frugales, y ellos asumían aquellos versos como la exhalación de una deidad ubicada en lo más alto del Olimpo: letras nacidas en las inmediaciones del sublime arte de Homero, de Safo de Lesbos, de Virgilio, de Horacio y de Ovidio; así de grande le tenían.

Él sonreía, se sentía halagado, pero aquello no lo creía y, de creerlo, de nada le serviría, porque se hallaba desconectado del mundo, como si la vida aconteciera solo en su interior y todo aquello que pasaba a su alrededor fuera apenas un telón de fondo, un decorado que poco le decía, o peor aún: lo atormentaba, lo sacaba de su burbuja personal y rompía con brusquedad el sutil halo que lo envolvía y lo separaba de su yo más profundo y particular, y por esto se sentía excluido, execrado, aborrecido por la sociedad, porque no calzaba con la medianía de las cosas “normales” de su entorno, y cuando uno de sus amigos le dijo a bocajarro “güey, ¡eres un poeta maldito!”, pensó en su admirado y muy lejano Poe, en su tragedia, en su estar y no estar en la vida, y se entristeció hasta el llanto.

Y no supo de momento el porqué del llanto, ya que hasta físicamente se le parecía, y El cuervo había sido uno de sus referentes poéticos en sus tiempos de adolescente (o los de su descenso a la locura), cuando desgarbado y con una guitarra al hombro se marchaba al extrarradio, a compartir con los vagabundos, a entregarse al oscuro placer del hachís y la desmesura, y se sentía volar, perderse en las nebulosas, y fue en aquel entonces cuando descubrió a los poetas griegos, luego a los latinos, y poco después vendría la psicodelia, Hermann Hesse y El lobo estepario, su hacerse parte de los odiados del mundo, de los malditos de la faz de la Tierra, y aquello no fue del todo vano, porque sus amigos de entonces comenzaron a llamarlo Harry (de Harry Haller, como el personaje de Hesse): él sonreía aletargado por la sobredosis, fundido y alucinado, y así se quedó para siempre: salvaje y solitario, escindido y desubicado, rumiando la incomprensión, el asco, la estulticia, así como no saber qué responder cuando le preguntaban “¿qué es lo que te pasa, güey?”

Sí, entraba en la categoría de poeta maldito, repudiado por todos, a quien no se le reconocía en su profunda sordidez: el que borroneaba versos en hojas sueltas, en servilletas de bares, y cuya obra (palabra grandilocuente, pensaba) lucía desperdigada como su propia vida. No sabía ya cuántos poemas sumaban los días y mucho menos los años transcurridos, quedaban por ahí, a la buena de Dios, como parte del pago de la hierba consumida, o de algún descosido trago, o de alguna posada de mala muerte en donde se entregaba al insomnio y al llanto, y así, al mediodía siguiente despertaba a duras penas, molido por la incomodidad del camastro, comido por la plaga de chinches y zancudos que le molían la piel: curtida y endurecida por el sol, por los vientos del este que por ráfagas se colaban por las ventanas de vidrios rotos y que susurraban vagos sonidos, que en su mente embotada reconocía como una canción, y se levantaba maltrecho, con los ojos enrojecidos y el cabello alborotado, hundido —hay que decirlo también— en la depresión y el desencanto por lo dejado atrás, por lo perdido para siempre, por aquello que un día acarició como sueño y que nunca se cumpliría.

Se miró en la vidriera de un almacén y la imagen que pudo ver le horrorizó, no se reconocía, era el espectro de sus peores días, parecía un hombre mayor y acabado (cuando apenas se asomaba a la treintena) y no sabía ya cómo parar, y mucho menos revertir el caos que lo atenazaba. Seguía escribiendo versos, pero el hálito poético de la adolescencia se desvanecía sin remedio y se iba de su ser, como si aquella musa tantas veces alabada por sus pocos amigos, no diera para más: escapara de su ser para siempre y fuera engullida por un agujero negro voraz e imparable, certero y terrible; intuía el fin y nada podía hacer.

Intentó juntar los papeles sueltos: pidió a sus amigos que le devolvieran los poemas dados en tiempos pretéritos, o los canjeados por hierba o por comida, y así pudo recuperar algunos, otros se extraviaron en bares y pocilgas, otros ni siquiera recordaba su paradero, y sumando aquí y allá se hizo de unos cuantos que podían en buena lid justificar su existencia cuando se marchara de este mundo, y esto lo tranquilizó un poco, porque no todo estaba perdido en su no tan larga travesía y, dado como era —paradójicamente— a soñar despierto, se imaginaba que alguien los tomaba y publicaba un poemario, y que su nombre aparecía impreso en la carátula, y eso era equivalente —¡qué duda cabe!— a una forma sutil de inmortalidad, entonces sonrió, se echó sobre el camastro y muy pronto se hundió en los abismos del sueño.

Los dos amigos que le quedaban (los otros habían muerto tiempo atrás y por sobredosis) lo hallaron con expresión sonriente sobre el colchón abrazado a sus poemas: tenía ya la rigidez del ultramundo. Se entristecieron, muy cierto, pero el hambre apretaba y decidieron arrancarle los poemas de los brazos y venderlos en la calle al mejor postor: “¡oh, qué buenos versos, veré qué hacer con ellos!” —dijo codicioso el tasador, mientras les entregaba unos cuantos billetes.

rigilo99@gmail.com