Mérida, Septiembre Sábado 12, 2026, 10:11 am
Desde que algún antepasado inquieto tuvo la ocurrencia de ponerse de pie, la humanidad ha padecido una incorregible manía: cambiar.
Cambiamos la caverna por la ciudad, la piedra por el microchip, la tablilla por el libro y el libro por una inteligencia artificial capaz de explicarnos el libro que ya no tuvimos tiempo de leer. El Homo sapiens, al parecer, llegó hasta aquí porque nunca entendió muy bien eso de quedarse quieto. En la universidad, sin embargo, hemos desarrollado una relación bastante más filosófica con la permanencia.
Después de dieciocho años, la Universidad de Los Andes vuelve a elegir autoridades. Dieciocho años es tiempo suficiente para que un niño nazca, aprenda a hablar, curse primaria y bachillerato, y llegue precisamente a la universidad.
Heráclito decía que nadie se baña dos veces en el mismo río. Probablemente nunca conoció ciertas estructuras universitarias.
Durante estos años hubo razones poderosas para resistir. Presupuestos menguantes, salarios inverosímiles, diáspora profesoral, deterioro y una crisis nacional que convirtió mantener las puertas abiertas en una epopeya cotidiana. Nos acostumbramos entonces a la liturgia del sacrificio. Todos debíamos sacrificarnos. Profesores, trabajadores y estudiantes lo hicieron. También se nos explicó reiteradamente el sacrificio de quienes permanecían gobernando. Hay que reconocerlo, pero hasta el sacrificio, cuando dura dieciocho años, corre el riesgo de adquirir vocación de eternidad.
Y aquí aparece la cuestión filosófica de estas elecciones: ¿Haber resistido concede derecho a permanecer? Luciano Román advertía recientemente, al hablar de universidades argentinas, sobre esa peculiar metamorfosis, donde la permanencia prolongada puede terminar pareciendo natural y los espacios de conducción comenzar a adquirir cierta fisonomía feudal.
El asunto merece atención, porque los cargos universitarios no fueron concebidos como títulos nobiliarios. Al menos hasta donde sabemos.
Pero existe una razón todavía más importante para elegir el cambio: el mundo cambió. Mientras nosotros perfeccionábamos el arte de sobrevivir, apareció la inteligencia artificial, cambiaron las profesiones, la educación trascendió las aulas, el conocimiento se volvió ubicuo y las universidades comenzaron a preguntarse cómo formar seres humanos para trabajos que quizá todavía no existen.
Nosotros no podemos responder a semejante revolución con un orgulloso: «Pero seguimos abiertos». La supervivencia no puede seguir siendo nuestro estándar de éxito.
La próxima ULA necesita preguntarse qué carreras debe transformar, cuáles crear, cómo incorporar la inteligencia artificial, cómo recuperar profesores, atraer jóvenes investigadores, internacionalizar el conocimiento y volver a ocupar espacios de vanguardia.
Por eso importa quién gane. Importa muchísimo. No estamos eligiendo administradores de lo que sobrevivió. Estamos decidiendo quién tendrá la imaginación suficiente para construir lo que todavía no existe.
Después de todo, si nuestros remotos antepasados hubieran considerado que la caverna funcionaba razonablemente bien, probablemente seguiríamos allí. Cómodos, protegidos y muy orgullosos de mantenerla abierta.
La ULA ya demostró que sabe resistir. Ahora debe demostrar algo intelectualmente más universitario: que sabe cambiar. Porque la gratitud puede honrar el pasado, pero las elecciones deberían servir para algo más ambicioso: elegir el futuro.
*Comunicadora social. Doctora en Ciencias Humanas. Profesora de la Universidad de Los Andes, Táchira