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Por Ricardo Gil Otaiza

Su compañera la sombra por Ricardo Gil Otaiza



Su compañera la sombra por Ricardo Gil Otaiza

Vivía muy atenta a su sombra, y como desde niña no tenía hermanos ni una amiga con quien compartir ni jugar, se acostumbró a tenerla como su aliada, y a considerarla —no ya como la resultante del hilo de luz que al chocar contra su cuerpo y al no poder atravesarlo generaba aquella maravilla (que disparaba su imaginación desde entonces, y lo seguía haciendo en su ancianidad) —, sino como la genuina representación de su otro yo, y se hacía la ilusión de que aquella imagen fantasmal proyectada en el suelo o en la pared, que la acompañaba del lado derecho o del izquierdo, de frente o detrás (dependiendo de la hora del día o de la noche), conversaba con ella, o se alegraba o se entristecía con sus historias, o se compungía al verla alicaída y abatida, o caminaba o correteaba con ella, o la saludaba y le decía adiós, y hasta se empapaba con la lluvia.

Mientras que para el resto de las personas la sombra no resultaba nada significativo ni esencial —es más: les era indiferente—, para Dolores no era un tema baladí que se pudiera sortear entre gestos de indiferencia y hasta de burla, sino un eje de su vida, una marca indeleble en su ya larga existencia, y esto lo sabían quienes la trataban, por lo que evitaban llevarle la contraria, refutarla y hacer mofa de su profunda convicción (paréntesis: sí, convicción, y esto digo porque Dolores se dio a la tarea de adentrarse en el campo de la física y la filosofía, en un intento por darle a su noción y creencia una coraza de verdad, y no solo se contentaba con los meros indicios y sensaciones, o con la certeza subjetiva arraigada en lo más profundo de su corazón, sino que buscaba darle a todo ello una coherencia interna, o un corpus, como le gustaba decir), porque se enfrentaban a una mujer recia, de armas tomar, que, con una fiereza más allá de sus propias fuerzas y de su ya endeble cuerpo, defendía sus posturas a ultranza, muy en concordancia con su reconocida cabeza dura, que por más que chocara una y mil veces contra el muro de la “realidad objetiva” —que había estudiado desde la física—, se encerraba en sí misma para protegerse y así poder sobrevivir en medio de la soledad.

Obviamente, su “compañera la sombra” —como la llamaba con frecuencia— cambió con el paso del tiempo, y de ser alegre y juguetona, saltarina y atrevida, ágil y elástica, pasó a ser lerda hasta el extremo y, para su sorpresa (no así para quien esto escribe, por supuesto, ni para los hipotéticos y distraídos lectores), comenzó también a llevar bastón, y lo que antes era una carrera a contrarreloj para ver quién llegaba antes a un sitio, se transformó en un largo discurrir de los minutos de un lado a otro, o en el cruce de una calle o avenida, o en el paseo que daba en las mañanas luego del desayuno, y tras los cuales quedaba exhausta y algo distraída (o perdida, como lo queramos entender).

No obstante, Dolores sobrellevaba su sino con gallardía y altura, y las distancias, el cansancio, los problemas articulares, el insomnio, la pérdida del apetito y las malhumoradas, no habían resquebrajado en lo más mínimo su lucidez, de la que se sentía orgullosa y alardeaba de ello en sus breves peroratas con los conocidos —que no amigos, como solía precisar—, quienes mosqueados por el eterno cuento de su “amiga la sombra”, la tenían en son de burla, cuestión que la molestaba al extremo de pretender huir de ellos cuando podía avistarlos a lo lejos, pero ya no lo hacía, y no por falta de ganas o de coraje, sino porque sus piernas no respondían con la misma prontitud de antes, y hasta la eterna amiga se hacía la remolona cuando de dar pasos ligeros se trataba. Entonces, resignadas (ella y su sombra), pasaban frente a los vecinos o curiosos y no se daban por aludidas cuando decían uno que otro dislate que solían calificar de “pequeñas bromas”, pero que a ellas no les hacía ninguna gracia y se marchaban cuanto antes recelosas, renqueantes —y hasta algo atolondradas por la rabia.

Ya Dolores se sentía cansada, el peso de la edad había hecho mella en su fuerza y en su carácter. La vida —aunque relativamente cómoda en la soledad de su yo— la había empujado por caminos duros de sortear (orfandad, viudez, aislamiento…), y la vejez, que no pide permiso para aposentarse en sus espacios de los que se hace dueña y señora, daba ya en su cuerpo señales inequívocas e imposibles de ignorar: la senectud era una realidad, y pronto ya ni con el bastón se sentiría capaz de salir a la calle sin el temor a caer y de romperse un hueso.

Los días transcurrían en la leve monotonía de las horas, la luminosidad de la casa se apagaba con la cercanía del otoño, y los aposentos —antes pulcros y atractivos— lucían desvencijados y mustios, como si su propia vejez se la hubiera traspasado a todo lo que la rodeaba; incluso a su sombra.

Dolores siempre se percataba de que su “compañera la sombra” estuviera a su lado. En cada amanecer, lo primero que hacía era encender la lámpara, levantaba su brazo a contra luz y buscaba la respuesta en la pared, y eso la tranquilizaba, porque se sentía acompañada. Sin embargo, aquella mañana la respuesta había sido tardía: como si a la compañera le hubiera costado despertarse y lo hiciera con extrema lentitud, y eso la alarmó. Luego del desayuno abrió el baúl en el que guardaba sus papeles, y se cercioró de que todo estuviera en orden. La vieja casa, heredada de su padre, se la dejaba a las Hermanas Benedictinas, y los trastos y los libros (que tanto amaba) se darían a orfanatos y a la biblioteca pública. Ya no le quedaban prendas ni objetos de valor: todo lo había malvendido en las casas de empeños para así vivir sin tener que echar mano de la caridad pública, dado que su orgullo no se lo permitía.

Cuando cayó la noche, Dolores se sintió exhausta: se acostó vestida y encendió la lámpara, y no halló a la sombra. Lo que tanto temía acababa de suceder: su eterna compañera se había marchado para siempre, y a ella no le quedaba más opción que aguardar en soledad la muerte.

rigilo99@gmail.com