Mérida, Noviembre Viernes 06, 2026, 12:08 pm
La nobleza de proteger: Elogio
del cuidado frente al juicio de la jauría
Existe una dignidad callada en los animales que a
menudo descoloca a la prisa y a la insensibilidad del mundo moderno. Entre
todas las criaturas que han acompañado la historia humana, el caballo ocupa un
lugar privilegiado: no es solo un símbolo de fuerza y libertad, sino un ser de
una sensibilidad profunda, capaz de registrar el entorno con una agudeza que la
mayoría de las veces pasa desapercibida para el ojo indiferente.
La historia y la literatura están llenas de
testimonios que honran este vínculo legendario. Desde la Antigüedad, el destino
de los hombres grandes se ha escrito al lado de sus fieles corceles. ¿Cómo
olvidar a Bucéfalo, el indomable compañero de Alejandro Magno, cuyo
vínculo era tal que el propio conquistador fundó una ciudad en su honor tras su
muerte? O en nuestra propia raíz hispánica, al mítico Babieca del Cid
Campeador, o al entrañable Rocinante de Don Quijote, que nos enseña que
el valor de un animal no radica en su perfección aparente, sino en la nobleza
de quien lo acoge y lo cuida en la desgracia. Los cronistas de Indias también
dejaron constancia de cómo aquellos caballos de los conquistadores compartían
las fatigas extremas de la travesía, siendo custodiados con fervor. En la
literatura de Federico García Lorca, el caballo adquiere una carga lírica
inigualable, presentándose como la encarnación de la vida, el pulso de la
tierra y la libertad contenida.
Sin embargo, frente al ruido y a la bajeza de quienes descargan su frustración en las redes, la historia y las letras nos recuerdan que la nobleza de proteger a los más indefensos siempre prevalece. Cuidar de una vida silenciosa es, en última instancia, un acto de resistencia cultural, de humanidad y de amor verdadero que ninguna jauría digital podrá manchar.
Nota de la autora:
Este texto está dedicado con profundo orgullo a mi
hijo, defensor noble y valiente de los seres silenciosos. En tiempos donde la
empatía suele ser incomprendida, su sensibilidad para tender la mano ante el
dolor animal nos recuerda la verdadera dimensión de la dignidad humana.