Mérida, Abril Jueves 16, 2026, 11:21 pm
Coches incendiados, un monumento nacional asaltado,
enfrentamientos en varios puntos neurálgicos de París, un presidente desbordado
y a 11.000 kilómetros de distancia, y una oposición comprometida por su apoyo a
un movimiento de objetivos inciertos. Francia, país donde la tentación
revolucionaria nunca está lejos y forma parte de la identidad como la bandera y
el himno, flirtea con la crisis política. Los llamados chalecos amarillos
desafiaron de nuevo ayer al Gobierno francés con una manifestación que terminó
con desórdenes públicos graves, decenas de heridos y detenidos y una sensación
de descontrol poco habitual en la capital francesa.
Emmanuel Macron, que se encontraba en Argentina en la
cumbre del G20, afronta el momento más complicado de su mandato desde que ganó
las elecciones en 2017. El presidente francés sigue sin encontrar la fórmula
para desactivar una revuelta cuyo grito más extendido va contra él: “Macron,
dimisión”. No sirvió de nada su discurso el martes con propuestas vagas para
abordar la subida del precio del carburante. Aunque las protestas de los
chalecos amarillos —la prenda fluorescente que debe estar en todos los
vehículos— están lejos de ser masivas, dos de cada tres franceses las apoyan.
El movimiento empezó a gestarse en octubre, por medio
de las redes sociales, como una queja por el precio del diésel, cuyas tasas no
han dejado de aumentar hasta equiparse casi a la gasolina. No es una cuestión
técnica. Para millones de franceses que viven en ciudades pequeñas y medianas,
el coche es una herramienta de trabajo. Cada aumento —habrá otro en enero—
supone una carga onerosa para automovilistas a los que les cuesta llegar a fin
de mes. La finalidad medioambiental de las tasas —se trata de disuadir del uso
de energía contaminante— no les convence. La ven como un agravio, una muestra
más de la desconexión de la Francia de las ciudades globalizadas, la Francia
donde el medio de transporte es el metro, la bicicleta (o hasta el patinete).
En definitiva: la Francia de Macron.
Pero el movimiento ahora plantea un abanico de
reivindicaciones variopintas, que van desde la bajada de todas las tasas hasta
la dimisión del presidente. Desde hace dos semanas, lo chalecos amarillos no
han dejado de bloquear, con distinta intensidad, rotondas y accesos viarios en
todo el país. Por tercer sábado consecutivo, ayer también se manifestaron en
París y otras ciudades. Y, por segundo sábado consecutivo, la violencia empañó
las convocatorias.
Las autoridades habían decidido que, al contrario que
el 24 de noviembre, restringirían el acceso a los Campos Elíseos, escenario de
enfrentamientos la semana pasada. Para entrar en la avenida había que superar
controles policiales. El resultado es que quedó casi vacía. Todo se concentró en
las calles y avenidas de los alrededores y en la plaza Charles de Gaulle, donde
se ubica el Arco del Triunfo, símbolo nacional de la República francesa. La
batalla, con intensidad variable, se prolongó toda la jornada, desde las ocho
de la mañana hasta el anochecer.
A mediodía la avenida Hoche, que desde el Arco del
Triunfo conduce al señorial Parc Monceau, y las callejuelas que bordean los
Campos Elíseos olían a gases lacrimógenos. Evacuados de la plaza de Charles de
Gaulle a media mañana, los manifestantes regresaron por la tarde a la misma
plaza. Llevaban máscaras y, la mayoría, chalecos amarillos. Por los suelos se
veían los restos de los cartuchos de los gases. Alguien había escrito grafitis
en el monumento: “Macron, dimisión” o “Por menos que esto hemos cortado
cabezas”, se leía. “La voluntad declarada y asumida de atacar a nuestras
fuerzas del orden, a los símbolos de nuestros países, son un insulto a la
República”, dijo el ministro del Interior, Christophe Castaner. La tumba del
soldado desconocido, bajo el arco, fue la única parte protegida.
Al caer la noche, varios vehículos ardieron en la
avenida Kléber, que conduce a Charles de Gaulle, también conocida como place de
l'Étoile. Hubo incendios en edificios y comercios vandalizados. No era el único
punto de tensión, lo que agravó la impresión de caos. Un periodista de la
cadena BFMTV vio a violentos armados con hachas. La policía habla también de
martillos. Las televisiones proyectaban la imagen de una ciudad en guerra. La
policía informó de que 275 personas fueron detenidas. Hubo al menos 110
heridos, 17 de ellos agentes del orden.
El mensaje de Macron, hasta ahora, ha sido doble. Por
un lado, dice comprender el malestar de los chalecos amarillos por la erosión
del poder adquisitivo y las desigualdades sociales y territoriales. Del otro,
se reafirma en sus reformas y se niega a ceder. El Gobierno cruza los dedos
para que el movimiento se agote o que al menos la violencia acabe
desacreditándolo. Los grafitis en el mismo Arco del Triunfo pueden entenderse
como una forma de profanación de un símbolo republicano.
Toda la cuestión consiste en saber hasta qué punto
son responsables los chalecos amarillos de los disturbios. La inmensa mayoría
asistía a ellos entre atónita y asustada. Algunos de los chalecos amarillos y
políticos que simpatizan con ellos denuncian a los violentos como grupos
externos. Culpan al Gobierno de poner el foco en los violentos para
demonizarlos a todos en su conjunto. El problema es que, al ser un movimiento
tan heterogéneo y sin la organización propia de un sindicato o un partido,
cualquier violento puede reclamar que forma parte de él. Para ser chaleco
amarillo solo hace falta ponerse uno.
EL PAÍS